DESPERTAR AL AMOR

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domingo, 13 de octubre de 2019

13 OCTUBRE: La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 286


La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.


1. Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! 2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! 3Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. 4En Ti ya se han tomado todas las decisiones. 5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto. 6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas. 7La paz es mía. 8Mi corazón late tranquilo y mi mente se halla en reposo. 9Tu Amor es el Cielo y Tu Amor es mío.

2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros. 2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. 3Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él.




Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

“¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio!” (1:2) ¡Me encanta esta frase! Eso es darse cuenta, las cosas encajan perfectamente en su sitio y no hay que hacer nada.

Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. (1:3)

Hace varios años en un grupo de estudio leímos una sección que describía el estado de conocimiento. Alguien preguntó si es posible que una persona lo alcance o si tenemos que alcanzarlo todos juntos. ¿Están todos esperándome? ¿Estoy esperando yo a todos? El que dirigía el grupo (le llamaré Ted) empezó a hablar de Jesús y de que todos estamos en esto juntos.

El que hizo la pregunta dijo: “Entonces, Jesús tampoco está en este estado de conocimiento, ¿no es cierto?”

Yo me metí en la discusión: “Sí, Jesús lo ha alcanzado. Él ha pasado de la percepción al conocimiento. Y tú también”.

Estamos “en Dios en nuestro hogar, soñando con el exilio” (T.10.I.2:1). Ya estamos todos en el Cielo. (En realidad nunca nos fuimos de él). ¡La historia ya se acabó! Estamos al final, mirando hacia atrás y recordando. Alguien dijo: “Estamos reviviendo un repaso”. Ted dijo: “El hecho de que Jesús ya lo ha alcanzado es la garantía de que todos nosotros lo alcanzaremos, todos sentiremos lo que Él ha logrado porque todos nosotros somos una sola mente”.

Ésta es la razón por la que “no tengo que hacer nada”. Todos continuamos cometiendo el error de creer que tenemos que lograr algo. Pensamos que tenemos que escalar una gran montaña, la montaña de la iluminación o de la perfección. Creemos que Jesús la ha escalado junto con otros como Buda, pero pensamos que nosotros estamos todavía en la parte de abajo mirando hacia arriba. Estamos asustados por lo difícil que va a ser, sobrecogidos por todo el trabajo que hay que hacer, desanimados por el pensamiento de todo lo que todavía nos queda para llegar allí.

Estos pensamientos son la manera en que el ego trata de controlar la situación cuando finalmente alcanzas a ver la tierra prometida del reino del conocimiento en el que Dios quiere que vivas.

El ego puede aceptar la idea de que es necesario retornar porque puede, con gran facilidad, hacer que ello parezca difícil. Sin embargo, el Espíritu Santo te dice que incluso el retorno es innecesario porque lo que nunca ocurrió no puede ser difícil. Mas tú puedes hacer que la idea de retornar sea a la vez necesaria y difícil. Con todo, está muy claro que los que son perfectos no tienen necesidad de nada, y tú no puedes experimentar la perfección como algo difícil de alcanzar, puesto que eso es lo que eres. (T.6.II.11:1-4)

El ego intenta convencerte de que lo que has visto es algo que te falta en lugar de algo que ya tienes. “En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas” (1:6). Tú eres lo que has estado buscando.

La naturaleza de Cristo no es algo que tengas que desarrollar. ¡No tienes que someter al ego para convertirlo en Cristo! Eso no es posible. Si piensas que tienes que convertirte en Cristo te has puesto a ti mismo en una situación en la que “no puedes llegar allí desde aquí”. Y ahí es donde el ego quiere que estés.

¡La naturaleza de Cristo es Lo Que realmente eres! Sólo que no te acuerdas. Ya está dentro de ti. Eres tú. Crees que eres otra cosa, pero no lo eres. Ésa es la ilusión que el ego ha preparado. ¡Crees que el ego eres tú! Crees que toda esa cosa horrible, toda esa naturaleza de miserable gusano, ese pelele, ese cobarde llorón, es lo que tú eres. Eso no eres tú. Tú no eres el ego. El ego no es nada ni está en ningún sitio, es sólo un pensamiento que tienes acerca de ti, un pensamiento que es completamente falso. Cristo “es la única parte de ti que en verdad es real” (L.pII.6.3:2).

Cuando sientes que tienes que luchar, cuando sientes que tienes que hacer todo tipo de elecciones difíciles, entonces te estás viendo como un ego, en la parte de debajo de la montaña mirando hacia arriba. Cuando te ves a ti mismo como Cristo, no tienes que hacer nada.

Nuestro único problema es creer que tenemos un problema. El pensamiento de “todavía no lo tengo” es el problema. Necesitamos liberarnos del pensamiento de que necesitamos la iluminación. Todo lo que tiene que cambiar es ese pensamiento, y el pensamiento no cambia nada, no hace nada, porque ya estamos iluminados siempre, ya somos felices siempre, ya somos perfectos siempre. Dios nos creó así y no podemos cambiarlo, todo lo que podemos hacer es olvidarlo y pretender que somos otra cosa.

En los momentos de quietud de hoy podemos sentir el sabor de esa quietud en la que no hay que hacer nada ni hay que ir a ningún sitio. “La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon-trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros” (2:1). Podemos sentir la realidad del final, incluso a mitad de nuestro viaje, podemos saber que la meta es “completamente segura”, incluso inevitable.

Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. Confiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él. (2:2-3)


¿Qué es el Espíritu Santo? (Parte 6)

L.pII.7.3:2-3

¿Cuáles son “los medios que fabricaste para alcanzar lo que por siempre ha de ser inalcanzable” (3:2)? Por supuesto, lo inalcanzable es la separación o la vida separada de Dios. Los medios que inventamos para alcanzar esa meta incluyen nuestro cuerpo, las ilusiones de elecciones (alternativas a Dios y al amor), el miedo, el ataque, el conflicto, la negación, las relaciones especiales, las imágenes y sonidos, y todo el mundo que vemos. El Espíritu Santo entiende todas estas cosas perfectamente. Él sabe exactamente lo que son, cómo funcionan y por qué las inventamos.

Mas si se los ofreces a Él, Él se valdrá de esos medios que inventaste a fin de exiliarte para llevar a tu mente allí donde verdaderamente se encuentra en su hogar (3:3).

Éste es el milagro. Todo lo que inventamos para mantenernos separados de Dios puede usarse para devolver nuestra mente a su hogar real. Pero para que eso suceda “tenemos que ofrecérselos a Él”. Él es el puente entre lo que inventamos y lo que somos. Él es “El Gran Transformador de la percepción” (T.17.II.5:2). Él puede cambiar completamente el propósito de todo lo que inventamos en nuestra locura y usarlo para devolvernos la cordura, si Le entregamos todas esas cosas a Él.

Por eso necesitamos llevarle todas estas cosas, pidiéndole que las use para Sus propósitos en lugar del propósito para el que las inventamos. Entreguémosle nuestro cuerpo. Entreguémosle nuestras relaciones especiales. Entreguémosle nuestro poder de decisión. Entreguémosle nuestros pensamientos de ataque, nuestras defensas y nuestra negación. Él puede usar incluso la negación para “negar la negación de la verdad” (T.12.II.1:5). Entreguémosle nuestras percepciones, nuestros ojos y oídos. Entreguémosle todo nuestro mundo y todo lo que hay en él. Él no nos los quitará. Los tomará y los usará para devolvernos al Cielo.








sábado, 13 de octubre de 2018

13 OCTUBRE: La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 286


La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.


1. Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! 2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! 3Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. 4En Ti ya se han tomado todas las decisiones. 5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto. 6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas. 7La paz es mía. 8Mi corazón late tranquilo y mi mente se halla en reposo. 9Tu Amor es el Cielo y Tu Amor es mío.

2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros. 2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. 3Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él.




Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

“¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio!” (1:2) ¡Me encanta esta frase! Eso es darse cuenta, las cosas encajan perfectamente en su sitio y no hay que hacer nada.

Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. (1:3)

Hace varios años en un grupo de estudio leímos una sección que describía el estado de conocimiento. Alguien preguntó si es posible que una persona lo alcance o si tenemos que alcanzarlo todos juntos. ¿Están todos esperándome? ¿Estoy esperando yo a todos? El que dirigía el grupo (le llamaré Ted) empezó a hablar de Jesús y de que todos estamos en esto juntos.

El que hizo la pregunta dijo: “Entonces, Jesús tampoco está en este estado de conocimiento, ¿no es cierto?”

Yo me metí en la discusión: “Sí, Jesús lo ha alcanzado. Él ha pasado de la percepción al conocimiento. Y tú también”.

Estamos “en Dios en nuestro hogar, soñando con el exilio” (T.10.I.2:1). Ya estamos todos en el Cielo. (En realidad nunca nos fuimos de él). ¡La historia ya se acabó! Estamos al final, mirando hacia atrás y recordando. Alguien dijo: “Estamos reviviendo un repaso”. Ted dijo: “El hecho de que Jesús ya lo ha alcanzado es la garantía de que todos nosotros lo alcanzaremos, todos sentiremos lo que Él ha logrado porque todos nosotros somos una sola mente”.

Ésta es la razón por la que “no tengo que hacer nada”. Todos continuamos cometiendo el error de creer que tenemos que lograr algo. Pensamos que tenemos que escalar una gran montaña, la montaña de la iluminación o de la perfección. Creemos que Jesús la ha escalado junto con otros como Buda, pero pensamos que nosotros estamos todavía en la parte de abajo mirando hacia arriba. Estamos asustados por lo difícil que va a ser, sobrecogidos por todo el trabajo que hay que hacer, desanimados por el pensamiento de todo lo que todavía nos queda para llegar allí.

Estos pensamientos son la manera en que el ego trata de controlar la situación cuando finalmente alcanzas a ver la tierra prometida del reino del conocimiento en el que Dios quiere que vivas.

El ego puede aceptar la idea de que es necesario retornar porque puede, con gran facilidad, hacer que ello parezca difícil. Sin embargo, el Espíritu Santo te dice que incluso el retorno es innecesario porque lo que nunca ocurrió no puede ser difícil. Mas tú puedes hacer que la idea de retornar sea a la vez necesaria y difícil. Con todo, está muy claro que los que son perfectos no tienen necesidad de nada, y tú no puedes experimentar la perfección como algo difícil de alcanzar, puesto que eso es lo que eres. (T.6.II.11:1-4)

El ego intenta convencerte de que lo que has visto es algo que te falta en lugar de algo que ya tienes. “En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas” (1:6). Tú eres lo que has estado buscando.

La naturaleza de Cristo no es algo que tengas que desarrollar. ¡No tienes que someter al ego para convertirlo en Cristo! Eso no es posible. Si piensas que tienes que convertirte en Cristo te has puesto a ti mismo en una situación en la que “no puedes llegar allí desde aquí”. Y ahí es donde el ego quiere que estés.

¡La naturaleza de Cristo es Lo Que realmente eres! Sólo que no te acuerdas. Ya está dentro de ti. Eres tú. Crees que eres otra cosa, pero no lo eres. Ésa es la ilusión que el ego ha preparado. ¡Crees que el ego eres tú! Crees que toda esa cosa horrible, toda esa naturaleza de miserable gusano, ese pelele, ese cobarde llorón, es lo que tú eres. Eso no eres tú. Tú no eres el ego. El ego no es nada ni está en ningún sitio, es sólo un pensamiento que tienes acerca de ti, un pensamiento que es completamente falso. Cristo “es la única parte de ti que en verdad es real” (L.pII.6.3:2).

Cuando sientes que tienes que luchar, cuando sientes que tienes que hacer todo tipo de elecciones difíciles, entonces te estás viendo como un ego, en la parte de debajo de la montaña mirando hacia arriba. Cuando te ves a ti mismo como Cristo, no tienes que hacer nada.

Nuestro único problema es creer que tenemos un problema. El pensamiento de “todavía no lo tengo” es el problema. Necesitamos liberarnos del pensamiento de que necesitamos la iluminación. Todo lo que tiene que cambiar es ese pensamiento, y el pensamiento no cambia nada, no hace nada, porque ya estamos iluminados siempre, ya somos felices siempre, ya somos perfectos siempre. Dios nos creó así y no podemos cambiarlo, todo lo que podemos hacer es olvidarlo y pretender que somos otra cosa.

En los momentos de quietud de hoy podemos sentir el sabor de esa quietud en la que no hay que hacer nada ni hay que ir a ningún sitio. “La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon-trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros” (2:1). Podemos sentir la realidad del final, incluso a mitad de nuestro viaje, podemos saber que la meta es “completamente segura”, incluso inevitable.

Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. Confiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él. (2:2-3)


¿Qué es el Espíritu Santo? (Parte 6)

L.pII.7.3:2-3

¿Cuáles son “los medios que fabricaste para alcanzar lo que por siempre ha de ser inalcanzable” (3:2)? Por supuesto, lo inalcanzable es la separación o la vida separada de Dios. Los medios que inventamos para alcanzar esa meta incluyen nuestro cuerpo, las ilusiones de elecciones (alternativas a Dios y al amor), el miedo, el ataque, el conflicto, la negación, las relaciones especiales, las imágenes y sonidos, y todo el mundo que vemos. El Espíritu Santo entiende todas estas cosas perfectamente. Él sabe exactamente lo que son, cómo funcionan y por qué las inventamos.

Mas si se los ofreces a Él, Él se valdrá de esos medios que inventaste a fin de exiliarte para llevar a tu mente allí donde verdaderamente se encuentra en su hogar (3:3).

Éste es el milagro. Todo lo que inventamos para mantenernos separados de Dios puede usarse para devolver nuestra mente a su hogar real. Pero para que eso suceda “tenemos que ofrecérselos a Él”. Él es el puente entre lo que inventamos y lo que somos. Él es “El Gran Transformador de la percepción” (T.17.II.5:2). Él puede cambiar completamente el propósito de todo lo que inventamos en nuestra locura y usarlo para devolvernos la cordura, si Le entregamos todas esas cosas a Él.

Por eso necesitamos llevarle todas estas cosas, pidiéndole que las use para Sus propósitos en lugar del propósito para el que las inventamos. Entreguémosle nuestro cuerpo. Entreguémosle nuestras relaciones especiales. Entreguémosle nuestro poder de decisión. Entreguémosle nuestros pensamientos de ataque, nuestras defensas y nuestra negación. Él puede usar incluso la negación para “negar la negación de la verdad” (T.12.II.1:5). Entreguémosle nuestras percepciones, nuestros ojos y oídos. Entreguémosle todo nuestro mundo y todo lo que hay en él. Él no nos los quitará. Los tomará y los usará para devolvernos al Cielo.








jueves, 13 de octubre de 2016

13 OCTUBRE: La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS 


LECCIÓN 286


La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.


1. Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! 2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! 3Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. 4En Ti ya se han tomado todas las decisiones. 5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto. 6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas. 7La paz es mía. 8Mi corazón late tranquilo y mi mente se halla en reposo. 9Tu Amor es el Cielo y Tu Amor es mío.

2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros. 2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. 3Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él.




TEXTO 



Capítulo 25


LA JUSTICIA DE DIOS


Introducción


1. El Cristo en ti no habita en un cuerpo. 2Sin embargo, está en ti. 3De ello se deduce, por lo tanto, que no estás dentro de un cuerpo. 4Lo que se encuentra dentro de ti no puede estar afuera. 5es cierto que no puedes estar aparte de lo que constituye el centro mismo de tu vida. 6Lo que te da vida no puede estar alojado en la muerte, 7de la misma manera en que tú tampoco puedes estarlo. 8Cristo se encuentra dentro de un marco de santidad cuyo único propósito es permitir que Él se pueda poner de manifiesto ante aquellos que no le conocen y así llamarlos a que vengan a Él y lo vean allí donde antes creían estaban sus cuerpos. 9Sus cuerpos entonces desaparecerán, de modo que Su santidad pase a ser su marco.

2. Nadie que lleve a Cristo dentro de sí puede dejar de recono­cerlo en ninguna parte. 2Excepto en cuerpos. 3Pero mientras alguien crea estar en un cuerpo, Cristo no podrá estar donde él cree estar. 4Y así, lo llevará consigo sin darse cuenta, pero no lo pondrá de manifiesto. 5de este modo no reconocerá dónde se encuentra. 6El hijo del hombre no es el Cristo resucitado. 7El Hijo de Dios, no obstante, mora exactamente donde el hijo del hombre está, y camina con él dentro de su santidad, la cual es tan fácil de ver como lo es la manifestación de su deseo de ser especial en su cuerpo.

3. El cuerpo no tiene necesidad de curación. 2Pero la mente que cree ser un cuerpo, ciertamente está enferma. 3Y aquí es donde Cristo suministra el remedio. 4Su propósito envuelve al cuerpo en Su luz y lo llena con la santidad que irradia desde Él. 5nada que el cuerpo diga o haga deja de ponerlo a Él de manifiesto. 6De este modo, el cuerpo lleva a Cristo, dulce y amorosamente, ante aquellos que no lo conocen, para así sanar sus mentes. 7Tal es la misión que tu hermano tiene con respecto a ti. 8Y tu misión con respecto a él no puede sino ser la misma.


I. El vínculo con la verdad


1. No puede ser difícil llevar a cabo la tarea que Cristo te enco­mendó, pues es Él quien la desempeña. 2a medida que la llevas a cabo, aprendes que el cuerpo sólo aparenta ser el medio para ejecutarla. 3Pues la Mente es Suya. 4Por lo tanto, tiene que ser tuya. 5Su santidad dirige al cuerpo a través de la mente que es una con Él. 6tú te pones de manifiesto ante tu santo hermano, tal como él lo hace ante ti. 7He aquí el encuentro del santo Cristo Consigo Mismo, donde no se percibe ninguna diferencia que se interponga entre ninguno de los aspectos de Su santidad, los cua­les se encuentran, se funden y elevan a Cristo hasta Su Padre, íntegro, puro y digno de Su Amor eterno.

2. ¿De qué otra manera podrías poner de manifiesto al Cristo en ti, sino contemplando la santidad y viéndolo a Él en ella? 2La percepción te dice que tú te pones de manifiesto en lo que ves. 3Si contemplas el cuerpo, creerás que ahí es donde te encuentras tú. 4todo cuerpo que veas te recordará a ti mismo: tu pecaminosi­dad, tu maldad, pero sobre todo, tu muerte. 5¿No aborrecerías e incluso intentarías matar a quien te dijese algo así? 6El mensaje y el mensajero son uno. 7no puedes sino ver a tu hermano como te ves a ti mismo. 8Enmarcado en su cuerpo verás su pecaminosi­dad, en la que tú te alzas condenado. 9En su santidad, el Cristo en él se proclama a Sí Mismo como lo que eres tú.

3. La percepción es la elección de lo que quieres ser, del mundo en el que quieres vivir y del estado en el que crees que tu mente se encontrará contenta y satisfecha. 2La percepción elige donde crees que reside tu seguridad, de acuerdo con tu decisión. 3Te revela lo que eres tal como tú quieres ser. 4Y es siempre fiel a tu propósito, del que nunca se aparta, y no da el más mínimo testi­monio de nada que no esté de acuerdo con el propósito de tu mente. 5Lo que percibes es parte de lo que tienes como propósito contemplar, pues los medios y el fin no están nunca separados. 6así aprendes que lo que parece tener una vida aparte en realidad no tiene vida en absoluto.

4. Tú eres el medio para llegar a Dios; no estás separado ni tienes una vida aparte de la Suya. 2Su Vida se pone de manifiesto en ti que eres Su Hijo. 3Cada uno de Sus aspectos está enmarcado en santidad y pureza perfectas, y en un amor celestial tan absoluto que sólo anhela liberar todo lo que contempla para que se una a él. 4Su resplandor brilla a través de cada cuerpo que contempla, y lleva toda la oscuridad de éstos ante la luz al mirar simplemente más allá de ella hacia la luz. 5El velo se descorre mediante su ternura y nada oculta la faz de Cristo de los que la contemplan. 6Tu hermano y tú os encontráis ante Él ahora, para dejar que Él descorra el velo que parece manteneros separados y aparte.

5. Puesto que crees estar separado, el Cielo se presenta ante ti como algo separado también. 2No es que lo esté realmente, sino que se presenta así a fin de que el vínculo que se te ha dado para que te unas a la verdad pueda llegar hasta ti a través de lo que entiendes. 3El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno, de la misma manera en que todos tus hermanos están unidos en la verdad cual uno. 4Cristo y Su Padre jamás han estado separados, y Cristo mora en tu entendimiento, en aquella parte de ti que comparte la Voluntad de Su Padre. 5El Espíritu Santo es el vín­culo entre la otra parte -el demente y absurdo deseo de estar separado, de ser diferente y especial- y el Cristo, para hacer que la unicidad* le resulte clara a lo que es realmente uno. 6En este mundo esto no se entiende, pero se puede enseñar.

6. El Espíritu Santo apoya el propósito de Cristo en tu mente, de forma que tu deseo de ser especial pueda ser corregido allí donde se encuentra el error. 2Debido a que Su propósito sigue siendo el mismo que el del Padre y el del Hijo, Él conoce la Voluntad de Dios, así como lo que tú realmente quieres. 3Pero esto sólo lo puede comprender la mente que se percibe a sí misma como una, y que, consciente de que es una, lo experi­menta así. 4La función del Espíritu Santo es enseñarte cómo expe­rimentar esta unicidad, qué tienes que hacer para experimentarla y adónde debes dirigirte para lograrlo.

7. De acuerdo con esto, se considera al tiempo y al espacio como si fueran distintos, pues mientras pienses que una parte de ti está separada, el concepto de una unicidad unida cual una sola no tendrá sentido. 2Es obvio que una mente así de dividida jamás podría ser el maestro de la Unicidad que une a todas las cosas dentro de Sí. 3Y, por lo tanto, lo que está dentro de esta mente, y en efecto une a todas las cosas, no puede sino ser su Maestro. 4Él necesita, no obstante, utilizar el idioma que dicha mente entiende, debido a la condición en que esta mente cree encontrarse. 5tiene que valerse de todo lo que ella ha aprendido para transformar las ilusiones en verdad y eliminar todas tus falsas ideas acerca de lo que eres, a fin de conducirte allende la verdad que se encuentra más allá de ellas. 6Todo lo cual puede resumirse muy simple­mente de la siguiente manera:
7Lo que es lo mismo no puede ser diferente, y lo que es uno no puede tener partes separadas.

martes, 13 de octubre de 2015

13 OCTUBRE: La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS 


LECCIÓN 286


La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.


1. Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! 2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! 3Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. 4En Ti ya se han tomado todas las decisiones. 5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto. 6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas. 7La paz es mía. 8Mi corazón late tranquilo y mi mente se halla en reposo. 9Tu Amor es el Cielo y Tu Amor es mío.

2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros. 2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. 3Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él.




TEXTO 



Capítulo 25


LA JUSTICIA DE DIOS


Introducción


1. El Cristo en ti no habita en un cuerpo. 2Sin embargo, está en ti. 3De ello se deduce, por lo tanto, que no estás dentro de un cuerpo. 4Lo que se encuentra dentro de ti no puede estar afuera. 5es cierto que no puedes estar aparte de lo que constituye el centro mismo de tu vida. 6Lo que te da vida no puede estar alojado en la muerte, 7de la misma manera en que tú tampoco puedes estarlo. 8Cristo se encuentra dentro de un marco de santidad cuyo único propósito es permitir que Él se pueda poner de manifiesto ante aquellos que no le conocen y así llamarlos a que vengan a Él y lo vean allí donde antes creían estaban sus cuerpos. 9Sus cuerpos entonces desaparecerán, de modo que Su santidad pase a ser su marco.

2. Nadie que lleve a Cristo dentro de sí puede dejar de recono­cerlo en ninguna parte. 2Excepto en cuerpos. 3Pero mientras alguien crea estar en un cuerpo, Cristo no podrá estar donde él cree estar. 4Y así, lo llevará consigo sin darse cuenta, pero no lo pondrá de manifiesto. 5de este modo no reconocerá dónde se encuentra. 6El hijo del hombre no es el Cristo resucitado. 7El Hijo de Dios, no obstante, mora exactamente donde el hijo del hombre está, y camina con él dentro de su santidad, la cual es tan fácil de ver como lo es la manifestación de su deseo de ser especial en su cuerpo.

3. El cuerpo no tiene necesidad de curación. 2Pero la mente que cree ser un cuerpo, ciertamente está enferma. 3Y aquí es donde Cristo suministra el remedio. 4Su propósito envuelve al cuerpo en Su luz y lo llena con la santidad que irradia desde Él. 5nada que el cuerpo diga o haga deja de ponerlo a Él de manifiesto. 6De este modo, el cuerpo lleva a Cristo, dulce y amorosamente, ante aquellos que no lo conocen, para así sanar sus mentes. 7Tal es la misión que tu hermano tiene con respecto a ti. 8Y tu misión con respecto a él no puede sino ser la misma.


I. El vínculo con la verdad


1. No puede ser difícil llevar a cabo la tarea que Cristo te enco­mendó, pues es Él quien la desempeña. 2a medida que la llevas a cabo, aprendes que el cuerpo sólo aparenta ser el medio para ejecutarla. 3Pues la Mente es Suya. 4Por lo tanto, tiene que ser tuya. 5Su santidad dirige al cuerpo a través de la mente que es una con Él. 6tú te pones de manifiesto ante tu santo hermano, tal como él lo hace ante ti. 7He aquí el encuentro del santo Cristo Consigo Mismo, donde no se percibe ninguna diferencia que se interponga entre ninguno de los aspectos de Su santidad, los cua­les se encuentran, se funden y elevan a Cristo hasta Su Padre, íntegro, puro y digno de Su Amor eterno.

2. ¿De qué otra manera podrías poner de manifiesto al Cristo en ti, sino contemplando la santidad y viéndolo a Él en ella? 2La percepción te dice que tú te pones de manifiesto en lo que ves. 3Si contemplas el cuerpo, creerás que ahí es donde te encuentras tú. 4todo cuerpo que veas te recordará a ti mismo: tu pecaminosi­dad, tu maldad, pero sobre todo, tu muerte. 5¿No aborrecerías e incluso intentarías matar a quien te dijese algo así? 6El mensaje y el mensajero son uno. 7no puedes sino ver a tu hermano como te ves a ti mismo. 8Enmarcado en su cuerpo verás su pecaminosi­dad, en la que tú te alzas condenado. 9En su santidad, el Cristo en él se proclama a Sí Mismo como lo que eres tú.

3. La percepción es la elección de lo que quieres ser, del mundo en el que quieres vivir y del estado en el que crees que tu mente se encontrará contenta y satisfecha. 2La percepción elige donde crees que reside tu seguridad, de acuerdo con tu decisión. 3Te revela lo que eres tal como tú quieres ser. 4Y es siempre fiel a tu propósito, del que nunca se aparta, y no da el más mínimo testi­monio de nada que no esté de acuerdo con el propósito de tu mente. 5Lo que percibes es parte de lo que tienes como propósito contemplar, pues los medios y el fin no están nunca separados. 6así aprendes que lo que parece tener una vida aparte en realidad no tiene vida en absoluto.

4. Tú eres el medio para llegar a Dios; no estás separado ni tienes una vida aparte de la Suya. 2Su Vida se pone de manifiesto en ti que eres Su Hijo. 3Cada uno de Sus aspectos está enmarcado en santidad y pureza perfectas, y en un amor celestial tan absoluto que sólo anhela liberar todo lo que contempla para que se una a él. 4Su resplandor brilla a través de cada cuerpo que contempla, y lleva toda la oscuridad de éstos ante la luz al mirar simplemente más allá de ella hacia la luz. 5El velo se descorre mediante su ternura y nada oculta la faz de Cristo de los que la contemplan. 6Tu hermano y tú os encontráis ante Él ahora, para dejar que Él descorra el velo que parece manteneros separados y aparte.

5. Puesto que crees estar separado, el Cielo se presenta ante ti como algo separado también. 2No es que lo esté realmente, sino que se presenta así a fin de que el vínculo que se te ha dado para que te unas a la verdad pueda llegar hasta ti a través de lo que entiendes. 3El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno, de la misma manera en que todos tus hermanos están unidos en la verdad cual uno. 4Cristo y Su Padre jamás han estado separados, y Cristo mora en tu entendimiento, en aquella parte de ti que comparte la Voluntad de Su Padre. 5El Espíritu Santo es el vín­culo entre la otra parte -el demente y absurdo deseo de estar separado, de ser diferente y especial- y el Cristo, para hacer que la unicidad* le resulte clara a lo que es realmente uno. 6En este mundo esto no se entiende, pero se puede enseñar.

6. El Espíritu Santo apoya el propósito de Cristo en tu mente, de forma que tu deseo de ser especial pueda ser corregido allí donde se encuentra el error. 2Debido a que Su propósito sigue siendo el mismo que el del Padre y el del Hijo, Él conoce la Voluntad de Dios, así como lo que tú realmente quieres. 3Pero esto sólo lo puede comprender la mente que se percibe a sí misma como una, y que, consciente de que es una, lo experi­menta así. 4La función del Espíritu Santo es enseñarte cómo expe­rimentar esta unicidad, qué tienes que hacer para experimentarla y adónde debes dirigirte para lograrlo.

7. De acuerdo con esto, se considera al tiempo y al espacio como si fueran distintos, pues mientras pienses que una parte de ti está separada, el concepto de una unicidad unida cual una sola no tendrá sentido. 2Es obvio que una mente así de dividida jamás podría ser el maestro de la Unicidad que une a todas las cosas dentro de Sí. 3Y, por lo tanto, lo que está dentro de esta mente, y en efecto une a todas las cosas, no puede sino ser su Maestro. 4Él necesita, no obstante, utilizar el idioma que dicha mente entiende, debido a la condición en que esta mente cree encontrarse. 5tiene que valerse de todo lo que ella ha aprendido para transformar las ilusiones en verdad y eliminar todas tus falsas ideas acerca de lo que eres, a fin de conducirte allende la verdad que se encuentra más allá de ellas. 6Todo lo cual puede resumirse muy simple­mente de la siguiente manera:
7Lo que es lo mismo no puede ser diferente, y lo que es uno no puede tener partes separadas.

lunes, 13 de octubre de 2014

13 OCTUBRE: La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS 


LECCIÓN 286


La quietud del Cielo envuelve hoy mi corazón.


1. Padre, ¡qué día tan sereno el de hoy! 2¡Cuán armoniosamente cae todo en su sitio! 3Éste es el día señalado para que llegue a entender la lección de que no tengo que hacer nada. 4En Ti ya se han tomado todas las decisiones. 5En Ti ya se ha resuelto todo conflicto. 6En Ti ya se han colmado todas mis esperanzas. 7La paz es mía. 8Mi corazón late tranquilo y mi mente se halla en reposo. 9Tu Amor es el Cielo y Tu Amor es mío.

2. La quietud de hoy nos dará esperanzas de que hemos encon­trado el camino y de que ya hemos recorrido un gran trecho por él hacia una meta de la que estamos completamente seguros. 2Hoy no dudaremos del final que Dios Mismo nos ha prometido. 3Con­fiamos en Él y en nuestro Ser, el cual sigue siendo uno con Él.




TEXTO 



Capítulo 25


LA JUSTICIA DE DIOS


Introducción


1. El Cristo en ti no habita en un cuerpo. 2Sin embargo, está en ti. 3De ello se deduce, por lo tanto, que no estás dentro de un cuerpo. 4Lo que se encuentra dentro de ti no puede estar afuera. 5es cierto que no puedes estar aparte de lo que constituye el centro mismo de tu vida. 6Lo que te da vida no puede estar alojado en la muerte, 7de la misma manera en que tú tampoco puedes estarlo. 8Cristo se encuentra dentro de un marco de santidad cuyo único propósito es permitir que Él se pueda poner de manifiesto ante aquellos que no le conocen y así llamarlos a que vengan a Él y lo vean allí donde antes creían estaban sus cuerpos. 9Sus cuerpos entonces desaparecerán, de modo que Su santidad pase a ser su marco.

2. Nadie que lleve a Cristo dentro de sí puede dejar de recono­cerlo en ninguna parte. 2Excepto en cuerpos. 3Pero mientras alguien crea estar en un cuerpo, Cristo no podrá estar donde él cree estar. 4Y así, lo llevará consigo sin darse cuenta, pero no lo pondrá de manifiesto. 5de este modo no reconocerá dónde se encuentra. 6El hijo del hombre no es el Cristo resucitado. 7El Hijo de Dios, no obstante, mora exactamente donde el hijo del hombre está, y camina con él dentro de su santidad, la cual es tan fácil de ver como lo es la manifestación de su deseo de ser especial en su cuerpo.

3. El cuerpo no tiene necesidad de curación. 2Pero la mente que cree ser un cuerpo, ciertamente está enferma. 3Y aquí es donde Cristo suministra el remedio. 4Su propósito envuelve al cuerpo en Su luz y lo llena con la santidad que irradia desde Él. 5nada que el cuerpo diga o haga deja de ponerlo a Él de manifiesto. 6De este modo, el cuerpo lleva a Cristo, dulce y amorosamente, ante aquellos que no lo conocen, para así sanar sus mentes. 7Tal es la misión que tu hermano tiene con respecto a ti. 8Y tu misión con respecto a él no puede sino ser la misma.


I. El vínculo con la verdad


1. No puede ser difícil llevar a cabo la tarea que Cristo te enco­mendó, pues es Él quien la desempeña. 2a medida que la llevas a cabo, aprendes que el cuerpo sólo aparenta ser el medio para ejecutarla. 3Pues la Mente es Suya. 4Por lo tanto, tiene que ser tuya. 5Su santidad dirige al cuerpo a través de la mente que es una con Él. 6tú te pones de manifiesto ante tu santo hermano, tal como él lo hace ante ti. 7He aquí el encuentro del santo Cristo Consigo Mismo, donde no se percibe ninguna diferencia que se interponga entre ninguno de los aspectos de Su santidad, los cua­les se encuentran, se funden y elevan a Cristo hasta Su Padre, íntegro, puro y digno de Su Amor eterno.

2. ¿De qué otra manera podrías poner de manifiesto al Cristo en ti, sino contemplando la santidad y viéndolo a Él en ella? 2La percepción te dice que tú te pones de manifiesto en lo que ves. 3Si contemplas el cuerpo, creerás que ahí es donde te encuentras tú. 4todo cuerpo que veas te recordará a ti mismo: tu pecaminosi­dad, tu maldad, pero sobre todo, tu muerte. 5¿No aborrecerías e incluso intentarías matar a quien te dijese algo así? 6El mensaje y el mensajero son uno. 7no puedes sino ver a tu hermano como te ves a ti mismo. 8Enmarcado en su cuerpo verás su pecaminosi­dad, en la que tú te alzas condenado. 9En su santidad, el Cristo en él se proclama a Sí Mismo como lo que eres tú.

3. La percepción es la elección de lo que quieres ser, del mundo en el que quieres vivir y del estado en el que crees que tu mente se encontrará contenta y satisfecha. 2La percepción elige donde crees que reside tu seguridad, de acuerdo con tu decisión. 3Te revela lo que eres tal como tú quieres ser. 4Y es siempre fiel a tu propósito, del que nunca se aparta, y no da el más mínimo testi­monio de nada que no esté de acuerdo con el propósito de tu mente. 5Lo que percibes es parte de lo que tienes como propósito contemplar, pues los medios y el fin no están nunca separados. 6así aprendes que lo que parece tener una vida aparte en realidad no tiene vida en absoluto.

4. Tú eres el medio para llegar a Dios; no estás separado ni tienes una vida aparte de la Suya. 2Su Vida se pone de manifiesto en ti que eres Su Hijo. 3Cada uno de Sus aspectos está enmarcado en santidad y pureza perfectas, y en un amor celestial tan absoluto que sólo anhela liberar todo lo que contempla para que se una a él. 4Su resplandor brilla a través de cada cuerpo que contempla, y lleva toda la oscuridad de éstos ante la luz al mirar simplemente más allá de ella hacia la luz. 5El velo se descorre mediante su ternura y nada oculta la faz de Cristo de los que la contemplan. 6Tu hermano y tú os encontráis ante Él ahora, para dejar que Él descorra el velo que parece manteneros separados y aparte.

5. Puesto que crees estar separado, el Cielo se presenta ante ti como algo separado también. 2No es que lo esté realmente, sino que se presenta así a fin de que el vínculo que se te ha dado para que te unas a la verdad pueda llegar hasta ti a través de lo que entiendes. 3El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno, de la misma manera en que todos tus hermanos están unidos en la verdad cual uno. 4Cristo y Su Padre jamás han estado separados, y Cristo mora en tu entendimiento, en aquella parte de ti que comparte la Voluntad de Su Padre. 5El Espíritu Santo es el vín­culo entre la otra parte -el demente y absurdo deseo de estar separado, de ser diferente y especial- y el Cristo, para hacer que la unicidad* le resulte clara a lo que es realmente uno. 6En este mundo esto no se entiende, pero se puede enseñar.

6. El Espíritu Santo apoya el propósito de Cristo en tu mente, de forma que tu deseo de ser especial pueda ser corregido allí donde se encuentra el error. 2Debido a que Su propósito sigue siendo el mismo que el del Padre y el del Hijo, Él conoce la Voluntad de Dios, así como lo que tú realmente quieres. 3Pero esto sólo lo puede comprender la mente que se percibe a sí misma como una, y que, consciente de que es una, lo experi­menta así. 4La función del Espíritu Santo es enseñarte cómo expe­rimentar esta unicidad, qué tienes que hacer para experimentarla y adónde debes dirigirte para lograrlo.

7. De acuerdo con esto, se considera al tiempo y al espacio como si fueran distintos, pues mientras pienses que una parte de ti está separada, el concepto de una unicidad unida cual una sola no tendrá sentido. 2Es obvio que una mente así de dividida jamás podría ser el maestro de la Unicidad que une a todas las cosas dentro de Sí. 3Y, por lo tanto, lo que está dentro de esta mente, y en efecto une a todas las cosas, no puede sino ser su Maestro. 4Él necesita, no obstante, utilizar el idioma que dicha mente entiende, debido a la condición en que esta mente cree encontrarse. 5tiene que valerse de todo lo que ella ha aprendido para transformar las ilusiones en verdad y eliminar todas tus falsas ideas acerca de lo que eres, a fin de conducirte allende la verdad que se encuentra más allá de ellas. 6Todo lo cual puede resumirse muy simple­mente de la siguiente manera:
7Lo que es lo mismo no puede ser diferente, y lo que es uno no puede tener partes separadas.