LECCION DEL DIA

DESPERTAR AL AMOR

lunes, 24 de septiembre de 2018

24 SEPTIEMBRE: Mi corazón late en la paz de Dios.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS


LECCIÓN 267


Mi corazón late en la paz de Dios.


1. Lo que me rodea es la vida que Dios creó en Su Amor. 2Me llama con cada latido y con cada aliento; con cada acción y con cada pensamiento. 3La paz llena mi corazón e inunda mi cuerpo con el propósito del perdón. 4Ahora mi mente ha sanado, y se me concede todo lo que necesito para salvar al mundo. 5Cada latido de mi corazón me inunda de paz; cada aliento me infunde fuerza. 6Soy un mensajero de Dios, guiado por Su Voz, apoyado por Su amor y amparado eternamente en la quietud y en la paz de Sus amorosos Brazos. 7Cada latido de mi corazón invoca Su Nombre, y cada uno es contestado por Su Voz, que me asegura que en Él estoy en mi hogar.


2. Que preste atención sólo a Tu Respuesta, no a la mía. 2Padre, mi corazón late en la paz que el Corazón del Amor creó. 3Y es ahí y sólo ahí donde estoy en mi hogar.





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Ésta es una lección corta, pero muy poderosa. Es una de esas lecciones muy positivas que dice cosas maravillosas acerca de nosotros. Si os parecéis a mí, y estoy seguro de que en cierto modo sí, a menudo al leer una lección como ésta, hay como una especie de filtro mental actuando. La lección dice: “Ahora mi mente ha sanado”, e inmediatamente la corriges: “Bueno, ha sanado en parte” o “Algún día sanará” o “Mi mente está en el proceso de ser sanada”. Quitamos valor al significado. Cuando dice: “La paz llena mi corazón e inunda mi cuerpo con el propósito del perdón”, nos sentimos tentados a negar que es así y pensamos: “La paz no llena mi corazón”. El ego está continuamente intentando negar la verdad acerca de nosotros.

Lo que el Curso está diciendo acerca de nosotros no encaja con la imagen que tenemos en nuestra mente. La opinión tan mala acerca de nosotros mismos que continuamente intentamos mantener es uno de nuestros problemas más importantes. Cuando hacemos una meditación del Libro de Ejercicios, abandonar esa pobre imagen es lo que necesitamos practicar durante un rato. El Curso nos dice constantemente que activamente impedimos que llegue a nuestra consciencia una idea verdadera de Quien somos y de Lo Que somos. Las meditaciones del Libro de Ejercicios son parte de nuestro entrenamiento en abandonar la imagen que nos hemos inventado acerca de nosotros mismos, y en lugar de ella aceptar el Pensamiento que Dios tiene de nosotros. En algún lugar dentro de cada uno de nosotros hay un ligero resplandor de reconocimiento de que este párrafo habla de nosotros y no sobre un santo muy lejano. Es esa pequeña chispa, como el Curso la llama, que el Espíritu Santo quiere convertir en una llama.

De eso trata el Curso. Nuestra valoración de nosotros es increíblemente mala, nos menospreciamos. “Soy un mensajero de Dios”. De verdad lo soy. Puede que me sienta mucho menos que eso, pero siempre soy ese mensajero. Siempre tengo todo lo que necesito para salvar al mundo.

Hoy, al leer esta lección, intenta no corregir la lección en tu mente. Cuando dice: “Ahora mi mente ha sanado”, deja que eso sea verdad para ti ahora. No te preocupes por cómo pasaste ayer todo el día. No te preocupes por cómo estará tu mente después de la meditación. Deja que sea verdad en este momento. Estate de acuerdo con la manera en que Cristo te ve, y respóndele: “Sí. Ahora mi mente ha sanado”.

Lee despacio, para darte tiempo a absorber cada frase. Necesitamos tiempo, principalmente para localizar las respuestas negativas que la mente del ego inventará, y simplemente ¡no le hagas caso! No luches ni discutas con el ego. Únicamente decide, durante estos pocos minutos, no escucharle. Únicamente decide, durante estos pocos minutos, escuchar la Voz que habla en favor de Dios.



¿Qué es el cuerpo? (Parte 7)

L.pII.5.4:1-2

¡Qué cambio hay desde que empieza el párrafo cuatro! Se nos ha dicho que el cuerpo es una cerca para separar partes de nuestro Ser de otras partes (1:1), que no durará (2:1, 3), que su muerte es la “prueba” de que el eterno Hijo de Dios puede ser destruido (2:9), y que es un sueño hecho de miedo y para ser temeroso (3:1,4). Ahora, con un cambio de propósito, todo cambia de repente: “El cuerpo es el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura” (4:1).

Merece la pena parar y repetirme a mí mismo: “El cuerpo es el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura”. Con todas las cosas aparentemente negativas que el Curso dice del cuerpo, ésta es una afirmación sorprendente. A la mayoría de nosotros, a mí ciertamente, nos sientan bien pensamientos positivos de este estilo sobre nuestro cuerpo. Hacerlos personales me ayuda a sentirlos más vivamente: “Mi cuerpo es el medio por el que el Hijo de Dios recobra la cordura”.

En lugar de la actitud negativa y aborrecible hacia el cuerpo de algunas religiones, actitudes que hacen desear deshacerse del cuerpo y dejarlo de lado, esta afirmación del Curso nos da una actitud positiva hacia el cuerpo. “¡Este cuerpo es mi vehículo para regresar al hogar!” ¿Cómo puede el cuerpo ser el medio para recobrar la cordura?

Se convierte en eso cuando cambiamos su propósito. Sustituimos la “meta del infierno” por la “meta del Cielo” (4:2). Empezamos a usar el cuerpo para expresar y extender el amor que el cuerpo pretendía dejar afuera y para lo que se inventó. Está claro que esto supone una actividad física en el mundo, ya que todo lo relacionado con el cuerpo es físico. Recuerda lo que Jesús nos dijo antes en el Quinto Repaso:

Pues esto es lo único que necesito: que oigas mis palabras y que se las ofrezcas al mundo. Tú eres mi voz, mis ojos, mis pies y mis manos, con los cuales llevo la salvación al mundo. (L.rV.In.9:2-3)

Así es como el cuerpo se convierte en “el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura”. Cuando ofrecemos nuestro cuerpo para que sirva a los propósitos del Espíritu Santo en este mundo, usando nuestra voz, nuestros ojos, nuestras manos y nuestros pies, para dar las palabras de Jesús al mundo (quizá con palabras, o con el ejemplo, o a través de ayuda física, ayudando y sanando), nuestra mente sana junto con la mente de aquellos a nuestro alrededor. En este sueño físico, Dios necesita mensajeros físicos. Y tú y yo somos esos mensajeros.






TEXTO



II. Las leyes del caos


1. Puedes llevar las "leyes" del caos ante la luz, pero nunca las podrás entender. 2Las leyes caóticas no tienen ningún significado y, por lo tanto, se encuentran fuera de la esfera de la razón. 3No obstante, aparentan ser un obstáculo para la razón y para la ver­dad. 4Contemplémoslas, pues, detenidamente, para que poda­mos ver más allá de ellas y entender lo que son, y no lo que quieren probar. 5Es esencial que se entienda cuál es su propósito porque su fin es crear caos y atacar la verdad. 6Éstas son las leyes que rigen el mundo que tú fabricaste. 7Sin embargo, no gobiernan nada ni necesitan violarse: necesitan simplemente contemplarse y transcenderse.

2. La primera ley caótica es que la verdad es diferente para cada persona. 2Al igual que todos estos principios, éste mantiene que cada cual es un ente separado, con su propia manera de pensar que lo distingue de los demás. 3Este principio procede de la creen­cia en una jerarquía de ilusiones: de que algunas son más impor­tantes que otras, y, por lo tanto, más reales. 4Cada cual establece esto para sí mismo, y le confiere realidad atacando lo que otro valora. 5Y el ataque se justifica porque los valores difieren, y los que tienen distintos valores parecen ser diferentes, y, por ende, enemigos.

3. Observa cómo parece ser esto un impedimento para el primer principio de los milagros, 2pues establece grados de verdad entre las ilusiones, haciendo que algunas parezcan ser más difíciles de superar que otras. 3Si uno pudiese darse cuenta de que todas ellas son la misma ilusión y de que todas son igualmente falsas, sería fácil entender entonces por qué razón los milagros se apli­can a todas ellas por igual. 4Cualquier clase de error puede ser corregido precisamente porque no es cierto. 5Cuando se lleva ante la verdad en vez de ante otro error, simplemente desaparece. 6Ninguna parte de lo que no es nada puede ser más resistente a la verdad que otra.

4. La segunda ley del caos, muy querida por todo aquel que venera el pecado, es que no hay nadie que no peque, y, por  lo tanto, todo el mundo merece ataque y muerte. 2Este principio, estrechamente vinculado al primero, es la exigencia de que el error merece castigo y no corrección. 3Pues la destrucción del que comete el error lo pone fuera del alcance de la corrección y del perdón. 4De este modo, interpreta lo que ha hecho como una sen­tencia irrevocable contra sí mismo que ni siquiera Dios Mismo puede revocar. 5Los pecados no pueden ser perdonados, al ser la creencia de que el Hijo de Dios puede cometer errores por los cuales su propia destrucción se vuelve inevitable.

5. Piensa en las consecuencias que esto parece tener en la relación entre Padre e Hijo. 2Ahora parece que nunca jamás podrán ser uno de nuevo. 3Pues uno de ellos no puede sino estar por siem­pre condenado, y por el otro. 4Ahora son diferentes y, por ende, enemigos. 5su relación es una de oposición, de la misma forma en que los aspectos separados del Hijo convergen únicamente para entrar en conflicto, pero no para unirse. 6Uno de ellos se debilita y el otro se fortalece con la derrota del primero. 7Y su temor a Dios y el que se tienen entre sí parece ahora razonable, pues se ha vuelto real por lo que el Hijo de Dios se ha hecho a sí mismo y por lo que le ha hecho a su Creador.

6. En ninguna otra parte es más evidente la arrogancia en la que se basan las leyes del caos que como sale a relucir aquí. 2He aquí el principio que pretende definir lo que debe ser el Creador de la realidad; lo que debe pensar y lo que debe creer; y, creyéndolo, cómo debe responder. 3Ni siquiera se considera necesario pre­guntarle si eso que se ha decretado que son Sus creencias es ver­dad. 4Su Hijo le puede decir lo que ésta es, y la única alternativa que le queda es aceptar la palabra de Su Hijo o estar equivocado. 5Esto conduce directamente a la tercera creencia descabellada que hace que el caos parezca ser eterno. 6Pues si Dios no puede estar equivocado, tiene entonces que aceptar la creencia que Su Hijo tiene de sí mismo y odiarlo por ello.

7. Observa cómo se refuerza el temor a Dios por medio de este tercer principio. 2Ahora se hace imposible recurrir a Él en momentos de tribulación, 3pues Él se ha convertido en el "ene­migo" que la causó y no sirve de nada recurrir a Él. 4La salvación tampoco puede encontrarse en el Hijo, ya que cada uno de sus aspectos parece estar en pugna con el Padre y siente que su ata­que está justificado. 5Ahora el conflicto se ha vuelto inevitable e inaccesible a la ayuda de Dios. 6Pues ahora la salvación jamás será posible, ya que el salvador se ha convertido en el enemigo.

8No hay manera de liberarse o escapar. 2La Expiación se con­vierte en un mito, y lo que la Voluntad de Dios dispone es la venganza, no el perdón. 3Desde allí donde todo esto se origina, no se ve nada que pueda ser realmente una ayuda. 4Sólo la destruc­ción puede ser el resultado final. 5Dios Mismo parece estar poniéndose de parte de ello para derrotar a Su Hijo. 6No pienses que el ego te va a ayudar a escapar de lo que él desea para ti. 7Ésa es la función de este curso, que no le concede ningún valor a lo que el ego estima.

9. El ego atribuye valor únicamente a aquello de lo que se apro­pia. 2Esto conduce a la cuarta ley del caos, que, si las demás son aceptadas, no puede sino ser verdad. 3Esta supuesta ley es la creencia de que posees aquello de lo que te apropias. 4De acuerdo con esa ley, la pérdida de otro es tu ganancia y, por consiguiente, no reconoce el hecho de que nunca puedes quitarle nada a nadie, excepto a ti mismo. 5Mas las otras tres leyes no pueden sino con­ducir a esto. 6Pues los que son enemigos no se conceden nada de buen grado el uno al otro, ni procuran compartir las cosas que valoran. 7Y lo que tus enemigos ocultan de ti debe ser algo que vale la pena poseer, ya que lo mantienen oculto de ti.

10Todos los mecanismos de la locura se hacen patentes aquí: el "enemigo” que se fortalece al mantener oculto el valioso legado que debería ser tuyo; la postura que adoptas y el ataque que infli­ges, los cuales están justificados por razón de lo que se te ha negado; y la pérdida inevitable que el enemigo debe sufrir para que tú te puedas salvar. 2Así es como los culpables declaran su inocencia. 3Si el comportamiento inescrupuloso del enemigo no los forzara a este vil ataque, sólo responderían con bondad. 4Pero en un mundo despiadado los bondadosos no pueden sobrevivir, de modo que tienen que apropiarse de todo cuanto puedan o dejar que otros se apropien de lo que es suyo.

11. Y ahora queda una vaga pregunta por contestar, que aún no ha sido "explicada". 2¿Qué es esa cosa tan preciada, esa perla de inestimable valor, ese tesoro oculto, que con justa indignación debe arrebatársele a éste el más pérfido y astuto de los enemigos? 3Debe de ser lo que siempre has anhelado, pero nunca hallaste. 4ahora "entiendes" la razón de que nunca lo encontraras. 5Este enemigo te lo había arrebatado y lo ocultó donde jamás se te habría ocurrido buscar. 6Lo ocultó en su cuerpo, haciendo que éste sirviese de refugio para su culpabilidad, de escondrijo de lo que es tuyo. 7Ahora su cuerpo se tiene que destruir y sacrificar para que tú puedas tener lo que te pertenece. 8La traición que él ha cometido exige su muerte para que tú puedas vivir. 9Y así, sólo atacas en defensa propia.


domingo, 23 de septiembre de 2018

23 SEPTIEMBRE: Mi santo Ser mora en ti, Hijo de Dios.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS


LECCIÓN 266


Mi santo Ser mora en ti, Hijo de Dios.


1. Padre, mediste todos Tus Hijos para que fuesen mis salvadores y mis consejeros de visión; los heraldos de Tu santa Voz. 2En ellos Tú te ves reflejado y en ellos Cristo me contempla desde mi Ser. 3No permitas que Tu Hijo se olvide de Tu santo Nombre. 4No permitas que Tu Hijo se olvide de su santo Origen. 5No permitas que Tu Hijo se olvide de que su nombre es el Tuyo.


2. En este día entramos al paraíso, invocando el Nombre de Dios y el nuestro, reconociendo nuestro Ser en cada uno de nosotros y unidos en el santo Amor de Dios. 2¡Cuántos salvadores nos ha dado Dios! 3¿Cómo podríamos perdernos en nuestro trayecto hacia Él, cuando Él ha poblado el mundo con aquellos que seña­lan hacia Él, y nos ha dado la vista para poder contemplarlos?




Instrucciones para la práctica


Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Estas palabras no se las digo a Jesús o a Cristo como un ser abstracto. Estas palabras se las digo a la persona que está sentada a mi lado, a mi jefe, a las personas de mi familia, a cualquiera que esté en frente de mí o en mi mente. “Mi santo Ser mora en ti, Hijo de Dios”.

Si mi mente está iluminada, todo el mundo es mi salvador. Todos señalan el camino a Dios (2:2-3). Jesús aquí está diciendo: “¡Despierta! No puedes perderte. El mundo está lleno de personas, y cada uno te señala el camino a Dios. Cada uno refleja a Su Hijo. Tu Ser está en cada uno de ellos. Únicamente abre los ojos y yo te daré la visión para que Le veas”.

La Voluntad de Dios es que tú encuentres la salvación. ¿Cómo, entonces, no te iba a haber proporcionado los medios para encontrarla? Si Su Voluntad es que te salves, tiene que haber dispuesto que alcanzar la salvación fuese posible y fácil. Tienes hermanos por todas partes. No tienes que buscar la salvación en parajes remotos. Cada minuto y cada segundo te brinda una oportunidad más para salvarte. (T.9.VII.1:1-6)

Nada muestra tan claramente lo deformada que está nuestra percepción como nuestra reacción a esta lección. Quizá en este momento estás pensando: “¡Sí, seguro! ¡A mí no me parecen salvadores y portadores de la Voz de Dios!”. Si somos honestos, la mayoría de nosotros reconoceremos que percibimos a nuestros hermanos como obstáculos y barreras en el camino a Dios, o como claros enemigos. Entonces, pensemos en la posibilidad de que la razón por la que los vemos así no tiene nada que ver con ellos o con la verdad. Pensemos que quizá hemos puesto nuestros pecados sobre ellos, y los vemos devolviéndonos esa forma de mirar (L.265.1:1). Empecemos a darnos cuenta de que nuestra forma de ver todas las cosas está al revés, y necesita ser corregida.

Que hoy abra los ojos. Que hoy me recuerde a mi mismo que cada persona con la que me encuentro o en la que pienso “es mi salvador, mi consejero para la visión, y mi portador de la Voz de Dios”. Que yo pida: “Dios, dame la visión para reconocer a mi Ser en esta persona”. Que reconozca que si veo algo distinto a lo que Dios dice que es su realidad, es mi propia enfermedad mental, mi propia manera deformada de ver, y que le lleve esas percepciones al Espíritu Santo para que Él las sane.


¿Qué es el cuerpo? (Parte 6)

L.pII.5.3:4-5

Nuestra mente eligió inventar el cuerpo. Lo hicimos con miedo, y lo hicimos para ser temeroso. Una vez que comienza ese propósito, continuará a menos que se cambie de propósito. El cuerpo debe “cumplir el propósito que le fue asignado” (3:4), y continuará sirviendo al miedo mientras no pongamos en duda la base sobre la que se fabricó. Continuará protegiendo la separación, aislándonos, defendiendo nuestro pequeño ser contra el amor.

Sin embargo, nuestra mente tiene un gran poder. Nuestra mente puede elegir cambiar el propósito del cuerpo. Nuestra mente no está al servicio de nuestro cuerpo, sino que es el cuerpo el que sirve a la mente. Si en nuestra mente cambiamos lo que pensamos acerca de para qué es el cuerpo, el cuerpo empezará a servir a ese nuevo propósito. En lugar de usar el cuerpo para mantener alejado al amor, podemos empezar a usar el cuerpo para extender amor, para expresar amor, para sanar en lugar de hacer daño, para comunicarnos en lugar de separarnos, para unir en lugar de dividir. En lugar de ser una cerca, puede ser un medio de comunicación, el instrumento mediante el cual el Amor de Dios puede verse y oírse y tocarse en este mundo. Ésta es nuestra función aquí.

No dejes de llevar a cabo tu función de amar en un lugar falto de amor que fue engendrado de las tinieblas y el engaño, pues así es como se deshacen las tinieblas y el engaño. (T.14.IV.4:10)

Estamos aquí para manifestar el Amor de Dios, para ser el Amor de Dios en este lugar sombrío y sin amor. El Amor sin forma de Dios toma forma en nuestro perdón, y en nuestro reconocimiento misericordioso y agradecido del Cristo en todos nuestros hermanos (L.186.14:2), mientras extendemos nuestra mano para ayudarles en su camino (L.pII.5.4:3).




sábado, 22 de septiembre de 2018

22 SEPTIEMBRE: Lo único que veo es la mansedumbre de la creación.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS


LECCIÓN 265


Lo único que veo es la mansedumbre de la creación.


1. Ciertamente no he comprendido el mundo, ya que proyecté sobre él mis pecados y luego me vi siendo el objeto de su mirada: 2¡Qué feroces parecían! 3¡Y cuán equivocado estaba al pensar que aquello que temía se encontraba en el mundo en vez de en mi propia mente! 4Hoy veo el mundo en la mansedumbre celestial con la que refulge la creación. 5En él no hay miedo. 6No permitas que ninguno de mis aparentes pecados nuble la luz celestial que refulge sobre el mundo. 7Lo que en él se refleja se encuentra en la Mente de Dios. 8Las imágenes que veo son un reflejo de mis pen­samientos. 9Pero mi mente es una con la de Dios. 10Por lo tanto, puedo percibir la mansedumbre de la creación.


2. En la quietud quiero contemplar el mundo, el cual refleja únicamente Tus Pensamientos, así como los míos. 2Concédaseme recordar que son lo mismo, y veré la mansedumbre de la creación.





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Esta lección afirma muy claramente cómo aparentemente el mundo viene a atacarnos:

Ciertamente no he comprendido el mundo, ya que proyecté sobre él mis pecados y luego me vi siendo el objeto de su mirada: ¡Qué feroces parecían! ¡Y cuán equivocado estaba al pensar que aquello que temía se encontraba en el mundo en vez de en mi propia mente! (1:1-3)

Me siento culpable por algo en mí. Proyecto esa culpa fuera, pongo mis pecados sobre el mundo y luego lo veo devolviéndome esa misma mirada. “La proyección da lugar a la percepción” (T.21.In.1:1). Hay más de un sitio donde el Curso dice que nunca veo los pecados de otro sino los míos (por ejemplo, T.31.III.1:5). El mundo que veo es el reflejo externo de un estado interno (T.21.In.1:5). La Canción de la Oración dice:

Es imposible perdonar a otro, pues son únicamente tus pecados los que ves en él. Quieres verlos allí y no en ti. Es por eso que el perdón a otro es una ilusión. Sin embargo, es el único sueño feliz en todo el mundo, el único que no conduce a la muerte. Únicamente en otro puedes perdonarte a ti mismo, pues le has declarado culpable de tus pecados, y en él debe buscarse ahora tu inocencia. ¿Quiénes sino los pecadores necesitan ser perdonados? Y nunca pienses que puedes ver pecado en nadie excepto en ti mismo. (Canción 2.I.4:2-8)

“Nunca pienses que puedes ver pecado en otro, sino en ti mismo”. ¡Ah! ¡Qué afirmación más poderosa! “Son sólo tus propios pecados lo que ves en él”. Muchas personas, y yo también, tenemos problemas con esta idea. Verdaderamente pienso que nuestro ego lucha contra esto, y usa cualquier medio a su alcance para no aceptarlo.

Ante frases como ésta, una reacción frecuente es: “¡Imposible! Nunca he pegado a mi esposa. Nunca he matado o violado o traicionado como ha hecho él”. Donde creo que nos equivocamos es al mirar a las acciones concretas y decir: “Ellos hacen eso. Yo no”, pensando que hemos demostrado que el pecado que vemos no es el nuestro.

La acción no es el pecado. La culpa sí. La idea es más extensa que las acciones concretas. La idea de ataque es ésta: “Es el juicio que una mente hace contra otra de que es indigna de amor y merecedora de castigo” (T.13.In.1:2). La acción de la persona que estamos juzgando no es importante; estamos viendo a otra persona como “indigna de amor y merecedora de castigo” porque primero nos hemos visto a nosotros mismos de esa manera. Sentimos que somos indignos, no nos gusta ese sentimiento, y lo proyectamos sobre otros. Encontramos determinadas acciones que asociamos con ser indignas y que nosotros no cometemos (aunque a veces están en nosotros, sólo que reprimidas o enterradas), ¡ésta es la manera exacta en que intentamos deshacernos de la culpa!

La proyección y la disociación (separación de ello) continúan en nuestra propia mente así como afuera. Cuando me condeno a mí mismo por, digamos, comer en exceso, y pienso que me siento culpable por comer en exceso, estoy haciendo lo mismo que cuando condeno a un hermano por mentir o por cualquier otra cosa. En unos casos pongo la culpa fuera de mí; en otros casos la pongo en una parte oscura de mí que rechazo. “No sé por qué hago eso, yo sé hacer cosas mejores”.

Cuando me siento culpable, estoy rechazando una parte de mi propia mente. Hay una parte de mí que siente la necesidad de comer en exceso, o de enfadarme con mi madre, o de fastidiar mi profesión, o de abusar de mi cuerpo con alguna droga. Hago estas cosas porque me siento culpable y pienso que merezco castigo. La culpa básica no viene de estas cosas insignificantes, sino de mi profunda creencia de que realmente he conseguido separarme de Dios, de que he hecho de mí mismo algo diferente a la creación de Dios, de que soy mi propio creador. Y puesto que Dios es bueno, yo debo ser malo. Pensamos que el mal está en nosotros, que somos el mal. No podemos soportar esa idea, y por eso apartamos una parte de nuestra mente y de nuestro comportamiento y ponemos la culpa a sus pies.

El mismo proceso funciona cuando veo pecado en un hermano. Pero desde el punto de vista del ego, ver culpa en otro es mucho más atrayente y funciona mejor para esconder la culpa que quiere que conservemos; aleja completamente la culpa de mi vista. En realidad mi hermano es una parte de mi mente tanto como la parte oscura forma parte de mi mente. Todo el mundo es mi mente, mi mente es todo lo que existe.

¡Y cuán equivocado estaba al pensar que aquello que temía se encontraba en el mundo en vez de en mi propia mente! (1:3)

(En su propia identificación con el ego) siempre percibe este mundo como algo externo a él, pues esto es crucial para su propia adaptación. No se da cuenta de que él es el autor de este mundo, pues fuera de sí mismo no existe ningún mundo. (T.12.III.6:6-7)

Quítate las mantas de encima y hazle frente a lo que te da miedo. (T.12.II.5:2)

Necesitamos mirar a aquello que nos da miedo y darnos cuenta de que todo ello está en nuestra propia mente. Finalmente, cuando nos damos cuenta de la verdad de todo esto, podremos hacer algo para solucionarlo. Hasta entonces somos víctimas indefensas.

Vemos pecado en otros porque creemos que necesitamos ver pecado en otros para no verlo en nosotros mismos. Creemos en la idea de que algunas personas no son dignas de amor y que merecen castigo. Dentro de nosotros sabemos que nosotros mismos somos uno de los que condenamos, pero el ego nos dice que si podemos ver la culpa en otros de fuera, verlos como peores que nosotros, podemos escaparnos del juicio. Por eso proyectamos la culpa.

Lo que esta lección dice es que si le quitamos al mundo la mancha de nuestra propia culpa, veremos su “mansedumbre celestial” (1:4). Si puedo recordar que mis pensamientos y los de Dios son lo mismo, no veré pecado en el mundo porque no lo veo en mí mismo.

Por lo tanto, el mundo a nuestro alrededor nos ofrece miles de oportunidades de perdonarnos a nosotros mismos. “Únicamente en otro puedes perdonarte a ti mismo, pues le has declarado culpable de tus pecados, y en él debe buscarse ahora tu inocencia” (Canción 2.I.4:6). Cuando alguien aparece en nuestra vida como pecador, tenemos una oportunidad de perdonarnos a nosotros en él. Tenemos una oportunidad de abandonar la idea fija de que lo que esa persona ha hecho le hace culpable de un pecado. Tenemos la oportunidad de dejar a un lado sus acciones perjudiciales y ver la inocencia que sigue estando en él. Dejamos a un lado nuestro juicio condicionado y permitimos que el Espíritu Santo nos muestre algo diferente.

Parece que estamos trabajando en perdonar a otra persona. En realidad siempre nos estamos perdonando a nosotros mismos. Cuando descubrimos la inocencia en esa otra persona, de repente estamos más seguros de nuestra propia inocencia. Cuando vemos lo que han hecho como una petición de amor, podemos igualmente ver nuestra propia conducta equivocada como una petición de amor. Descubrimos una inocencia compartida, una inocencia total y completa, sin que haya cambiado desde que Dios nos creó.



¿Qué es el cuerpo? (Parte 5)

L.pII.5.3:1-3

El cuerpo es un sueño. (3:1)

Este melodrama de atacar y ser atacado, de vencedor y presa, de asesino y víctima, es un sueño en el que el cuerpo juega el papel principal. Piensa en lo que supone que mi cuerpo es un sueño. En un sueño todo parece completamente real. He tenido sueños terribles y aterradores acerca de mi cuerpo. Una vez soñé que mis dientes se estaban deshaciendo y cayéndose. Pero cuando me desperté, nada de eso estaba sucediendo. Estaba todo en mi mente mientras dormía.

Al decir que el cuerpo es “un sueño”, el Curso está diciendo que lo que le sucede a nuestro cuerpo aquí en realidad no está sucediendo, no es una cosa real. Realmente no estamos aquí como creemos, estamos soñando que estamos aquí. Mi hijo, que trabaja con ordenadores en el terreno de la realidad virtual, fue conectado a un robot a través de un ordenador, viendo a través de los ojos del robot y sintiendo a través de sus manos.

Tuvo la extraña sensación de sentirse a sí mismo al otro lado del laboratorio del ordenador, mientras que su cuerpo estaba en este lado, incluso miró a lo largo del laboratorio y “vio” su propio cuerpo llevando el casco de Realidad Virtual que le habían puesto. Nuestra mente se siente a sí misma como estando “aquí” en la tierra dentro, de un cuerpo; pero no está aquí. Aquí no es aquí. Todo ello está dentro de la mente.

Los sueños pueden reflejar felicidad, y luego repentinamente convertirse en miedo, la mayoría hemos sentido eso en sueños probablemente. Y lo hemos sentido en nuestras “vidas” aquí en el cuerpo. Los sueños nacen del miedo (3.2), y el cuerpo como es un sueño, ha nacido también del miedo. El amor no crea sueños, crea de verdad (3:3). Y el amor no creó el cuerpo:

El cuerpo no es el fruto del amor. Aun así, el amor no lo condena y puede emplearlo amorosamente, respetando lo que el Hijo de Dios engendró y utilizándolo para salvar al Hijo de sus propias ilusiones. (T.18.VI.4:7-8)

El cuerpo es fruto del miedo, y los sueños que son su resultado siempre terminan en miedo.

El cuerpo fue hecho por el miedo y para el miedo, sin embargo “el amor puede usarlo con ternura”. Cuando entregamos al Espíritu Santo nuestro cuerpo para Su uso, cambiamos el sueño. Pues ahora el cuerpo tiene un propósito diferente, dirigido por el amor.