LECCION DEL DIA

DESPERTAR AL AMOR

sábado, 19 de agosto de 2017

19 AGOSTO: Padre, mi voluntad es únicamente recordarte.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS

2. ¿Qué es la salvación?

1. La salvación es la promesa que Dios te hizo de que finalmente encontrarás el camino que conduce a Él. 2Y Él no puede dejar de cumplirla. 3Garantiza que al tiempo le llegará su fin, al igual que a todos los pensamientos que se originaron en él. 4La Palabra de Dios se le concede a toda mente que cree tener pensamientos separados, a fin de reemplazar, esos pensamientos de conflicto con el Pensamiento de la paz.

2. El Pensamiento de la paz le fue dado al Hijo en el mismo ins­tante en que su mente concibió el pensamiento de la guerra. 2Antes de eso no había necesidad de ese Pensamiento, pues la paz se había otorgado sin opuestos y simplemente era. 3Una mente dividida, no obstante, tiene necesidad de curación. 4Y así, el Pen­samiento que tiene el poder de subsanar la división pasó a formar parte de cada fragmento de la mente que seguía siendo una, pero no reconocía su unidad. 5Al no conocerse a sí misma, pensó que había perdido su Identidad.

3. La salvación es un des-hacer en el sentido de que no hace nada, al no apoyar el mundo de sueños y de malicia. 2De esta manera, las ilusiones desaparecen. 3Al no prestarles apoyo, deja que sim­plemente se conviertan en polvo. 4Y lo que ocultaban queda ahora revelado: un altar al santo Nombre de Dios donde Su Palabra está escrita, con las ofrendas de tu perdón depositadas ante él, y tras ellas, no mucho más allá, el recuerdo de Dios.

4. Acudamos diariamente a este santo lugar y pasemos un rato juntos. 2Ahí compartimos nuestro sueño final. 3Es éste un sueño en el que no hay pesares, pues contiene un atisbo de toda la glo­ria que Dios nos ha dado. 4En él se ve brotar la hierba, los árboles florecer y los pájaros hacer sus nidos en su ramaje. 5La tierra nace de nuevo desde una nueva perspectiva. 6La noche ya pasó, y ahora nos hemos unido en la luz.

5. Desde ahí le extendemos la salvación al mundo, pues ahí fue donde la recibimos. 2El himno que llenos de júbilo entonamos le proclama al mundo que la libertad ha retornado, que al tiempo casi le ha llegado su fin y que el Hijo de Dios tan sólo tiene que esperar un instante antes de que su Padre sea recordado, los sue­ños hayan terminado, la eternidad haya disuelto al mundo con su luz y el Cielo sea lo único que exista.




AUDIOLIBRO


EJERCICIOS


LECCIÓN 231


Padre, mi voluntad es únicamente recordarte.



1. ¿Qué puedo buscar, Padre, sino Tu Amor? 2Tal vez crea que lo que busco es otra cosa; algo a lo que le he dado muchos nombres. 3Mas lo único que busco, o jamás busqué, es Tu Amor. 4Pues no hay nada más que jamás quisiera realmente encontrar. 5Quiero recordarte. 6¿ Qué otra cosa podría desear sino la verdad acerca de mí mismo?

2. Ésa es tu voluntad, hermano mío. 2Y compartes esa voluntad conmigo así como con Aquel que es nuestro Padre. 3Recordarlo a Él es el Cielo. 4Esto es lo que buscamos. 5Y esto es lo único que nos será dado hallar.


Instrucciones para la práctica

Propósito: Dar los últimos pasos a Dios. Esperar a que Él dé el último paso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Tanto tiempo como sea necesario.
Lee la lección.
Utiliza la idea y la oración para dar comienzo al tiempo de quietud. No dependas de las palabras. Utilízalas como una sencilla invitación a Dios para que venga a ti.

·         Siéntate en silencio y espera a Dios. Espera en quieta expectación a que Él se revele a Sí Mismo a ti. Busca únicamente la experiencia de Dios directa, profunda y sin palabras. Estate seguro de Su llegada, y no tengas miedo. Pues Él ha prometido que cuando Le invites, vendrá. Únicamente pides que cumpla Su antigua promesa, que Él quiere cumplir. Estos momentos de quietud son tu regalo a Él.

Recordatorios cada hora: No te olvides.
Da gracias a Dios por haber permanecido contigo y porque siempre estará ahí para contestar tu llamada a Él.

Recordatorios frecuentes: Tan a menudo como sea posible, incluso cada minuto.
Recuerda la idea. Permanece con Dios, deja que Él te ilumine.

Respuesta a la tentación: Cuando te sientas tentado a olvidarte de tu objetivo.
Utiliza la idea del día como una llamada a Dios y desaparecerán todas las tentaciones.

Lectura: Antes de uno de los momentos de práctica del día.

·         Lee lentamente la sección “¿Qué es?”.
·         Piensa en ella durante un rato.

Observaciones generales: Ahora, en esta parte final del año que tú y Jesús habéis pasado juntos, empiezas a alcanzar el objetivo de las prácticas, que es el objetivo del Curso. Jesús está tan cerca que no puedes fracasar. Has recorrido una gran parte del camino. No mires hacia atrás. Fija la mirada en el final del camino. No habrías podido llegar tan lejos si no te hubieses dado cuenta de que quieres conocer a Dios. Y eso es todo lo que se necesita para que Él venga a ti.


Comentario

Esta lección trata de nuestra voluntad. Cuando el Curso utiliza la palabra “voluntad” en este sentido, está hablando de una parte fundamental y que nunca cambia en nosotros, la meta constantemente fija de nuestro Ser. No se refiere a nuestros deseos y caprichos, sino a nuestra voluntad. Jesús nos habla directamente en el segundo párrafo y nos dice: “Ésa es tu voluntad, hermano mío” (2:1). Es una voluntad que compartimos con Él, y también con Dios nuestro Padre.

¿Cuál es nuestra voluntad? Recordar a Dios, conocer Su Amor. Eso es todo. Cuando empezamos a leer el Curso, no muchos de nosotros habría respondido a esta pregunta: ¿Qué quieres conseguir en la vida? Con las palabras: “Recordar a Dios y conocer Su Amor”. Muchos probablemente no sentimos que esas palabras se refieran a nosotros incluso ahora. La lección reconoce que: “Tal vez crea que lo que busco es otra cosa” (1:2).

¿Qué es esa “otra cosa” que estás buscando? Podría ser salud o fama. Podría ser algún tipo de seguridad mundana. Podría ser un romance amoroso. Podría ser sexo ardiente. O pasarlo bien. O una tranquila vida familiar, según la tradición de tu país. Lo hemos llamado de muchas maneras. Pensamos que lo que estamos buscando son estas cosas. Sin embargo, no importa lo que podamos pensar, estas cosas no son lo que verdaderamente queremos para nosotros. Todas son formas, formas que pensamos que nos darán algo. No es la forma lo que verdaderamente estamos buscando, sino el contenido, es lo que pensamos que estas cosas nos ofrecen.

¿Y qué es eso? Paz interior. Satisfacción. Una sensación de estar completos y que nada nos falta. Una sensación de ser valioso. Un conocimiento interno de que somos buenos, amados y amorosos. Una sensación de pertenencia, de nuestra valía. A la larga estas cosas proceden de recordar a Dios. Y de conocer Su Amor. Estas cosas son algo que está dentro de nosotros, no fuera de nosotros. Únicamente cuando recordemos la verdad acerca de nosotros mismos, únicamente cuando recordemos nuestra unión con el Amor Mismo, encontraremos lo que estamos buscando. Y descubriremos que nuestro Ser es lo que siempre hemos estado buscando.

“Recordarlo a Él es el Cielo. Esto es lo que buscamos. Y esto es lo único que nos será dado hallar” (2:3-5). Esto es lo que buscamos. Recordar a Dios es lo único que realmente estoy buscando. Que hoy, entonces, dedique el tiempo por la mañana y por la noche a recordarme a mí mismo este hecho: “Padre, mi voluntad es únicamente recordarte”. Que cada hora me pare brevemente a recordárselo a mi mente. Y cada vez que descubra que estoy pensando en “otra cosa”, que me corrija tiernamente a mí mismo: Recordar a Dios es todo lo que yo quiero.



¿Qué es la salvación? (Parte 1)

L.pII.2.1:1-3

Para empezar, ayuda entender que el Curso no le da a la palabra “salvación” el mismo significado que la religión tradicional. Para la mayoría de nosotros, “salvación” significa alguna forma de impedir el desastre del que se nos “salva”. Del infierno, por ejemplo. De algún terrible castigo. De las consecuencias de que hayamos obrado mal. La imagen que se usa a menudo en el cristianismo tradicional es la de un hombre que se está ahogando a quien se le echa un salvavidas. El Curso niega esta idea:

Tu Ser no necesita salvación, pero tu mente necesita aprender lo que es la salvación. No se te salva de nada, sino que se te salva para la gloria. (T.11.IV.1:3-4)

En el Curso, la salvación es un “salvavidas”, pero no en el mismo sentido. No nos salva de la muerte, nos conserva en la vida. Es una garantía de que la muerte nunca nos tocará: “La salvación es la promesa que Dios te hizo de que finalmente encontrarás el camino que conduce a Él” (1:1). No estamos en peligro de destrucción, nunca lo hemos estado, y nunca lo estaremos. La versión del Curso de la salvación no cambia un desastre, impide que suceda el desastre.


Antes del comienzo del tiempo, Dios hizo Su promesa que “Él no puede dejar de cumplirla” (1:2). Esa promesa garantizó que al tiempo le llegaría su fin, y con él a todos los líos que parecemos haber hecho en el tiempo, y que no tendrían ningún efecto en absoluto. Garantizó que nunca podría ser más que una ilusión de separación y un sueño de sufrimiento y de muerte. Prometió que el ego nunca podría ser real, que nunca podría haber una voluntad diferente a la de Dios. Decidió el final en el mismísimo comienzo, y lo hizo completamente seguro. Finalmente encontraremos el camino a Dios, porque Dios prometió que así será.




viernes, 18 de agosto de 2017

18 AGOSTO: Ahora buscaré y hallaré la paz de Dios.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS

LECCIÓN 230

Ahora buscaré y hallaré la paz de Dios.

1. Fui creado en la paz. 2Y en la paz permanezco. 3No me ha sido dado poder cambiar mi Ser. 4¡Cuán misericordioso es Dios mi Padre, que al crearme me dio la paz para siempre! 5Ahora sólo pido ser lo que soy. 6¿Y podría negárseme eso cuando es eterna­mente verdad?

2. Padre, busco la paz que Tú me diste al crearme. 2Lo que se me dio entonces tiene que encontrarse aquí ahora, pues mi creación fue algo aparte del tiempo y aún sigue siendo inmune a todo cambio. 3La paz en la que Tu Hijo nació en Tu Mente aún resplandece allí sin haber cam­biado. 4Soy tal como Tú me creaste. 5Sólo necesito invocarte para hallar la paz que Tú me diste. 6Es Tu Voluntad la que se la dio a Tu Hijo.



Instrucciones para la práctica

Propósito: Dar los últimos pasos a Dios. Esperar a que Él dé el último paso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Tanto tiempo como sea necesario.
Lee la lección.
Utiliza la idea y la oración para dar comienzo al tiempo de quietud. No dependas de las palabras. Utilízalas como una sencilla invitación a Dios para que venga a ti.

·   Siéntate en silencio y espera a Dios. Espera en quieta expectación a que Él se revele a Sí Mismo a ti. Busca únicamente la experiencia de Dios directa, profunda y sin palabras. Estate seguro de Su llegada, y no tengas miedo. Pues Él ha prometido que cuando Le invites, vendrá. Únicamente pides que cumpla Su antigua promesa, que Él quiere cumplir. Estos momentos de quietud son tu regalo a Él.

Recordatorios cada hora: No te olvides.
Da gracias a Dios por haber permanecido contigo y porque siempre estará ahí para contestar tu llamada a Él.

Recordatorios frecuentes: Tan a menudo como sea posible, incluso cada minuto.
Recuerda la idea. Permanece con Dios, deja que Él te ilumine.

Respuesta a la tentación: Cuando te sientas tentado a olvidarte de tu objetivo.
Utiliza la idea del día como una llamada a Dios y desaparecerán todas las tentaciones.

Lectura: Antes de uno de los momentos de práctica del día.

·         Lee lentamente la sección “¿Qué es?”.
·         Piensa en ella durante un rato.


Observaciones generales: Ahora, en esta parte final del año que tú y Jesús habéis pasado juntos, empiezas a alcanzar el objetivo de las prácticas, que es el objetivo del Curso. Jesús está tan cerca que no puedes fracasar. Has recorrido una gran parte del camino. No mires hacia atrás. Fija la mirada en el final del camino. No habrías podido llegar tan lejos si no te hubieses dado cuenta de que quieres conocer a Dios. Y eso es todo lo que se necesita para que Él venga a ti.

Comentario

“Fui creado en la paz. Y en la paz permanezco” (1:1-2). En este Curso, Jesús nunca se cansa de recordarnos que seguimos siendo tal como Dios nos creó. Lo repite a menudo porque está claro que no lo creemos. Podemos creer que Dios nos creó en la paz. Por supuesto, ¿cómo podríamos creer otra cosa? ¿Nos habría creado un Dios de Amor en el sufrimiento y la agonía, en la agitación y confusión, en conflicto y lucha? Así que la primera frase no es realmente un problema para nosotros, podemos aceptar que Dios nos creó en la paz.

El problema surge en nuestra mente con la segunda frase: “Y en la paz permanezco”. Sinceramente, no lo creemos. De hecho estamos convencidos de saber lo contrario. Tal vez esta mañana estoy angustiado por algo que sucedió ayer, o preocupado por algo que puede suceder hoy o la semana que viene. En mi experiencia, puedo mirar a toda una vida en la que ha habido muy poca paz, si es que la ha habido. Algunos días parece como si la vida estuviese conspirando contra mí para robarme la paz. Parece como si en la mayoría de los días en que estoy ocupado, raramente tengo un momento de paz. Así que, ¿cómo puedo aceptar esta frase: “Y en la paz permanezco”?

Me parece increíble cuando el Curso insiste en que puesto que Dios me creó en la paz, todavía debo permanecer en la paz. La lección dice que mi creación por Dios tuvo lugar “aparte del tiempo y aún sigue siendo inmune a todo cambio” (2:2). Me dice: “No me ha sido dado poder cambiar mi Ser” (1:3). Mi experiencia de la vida en este mundo me dice lo contrario.

La pregunta es: ¿A cuál voy a creer? ¿A la Voz de Dios o a mi experiencia? Una de ellas debe ser falsa. Echa por tierra y es alucinante que toda mi experiencia de este mundo ha sido una mentira, un error y una alucinación. Sin embargo, ¿cuál es la alternativa? En su lugar, ¿voy a creer que Dios es un mentiroso? ¿Voy a creer que su creación estaba llena de imperfecciones, y capaz de corromperse? ¿Voy a creer que lo que Él quiso para mí fue derrotado por mi voluntad? Sin embargo, esto es lo que debo estar creyendo si insisto en que no estoy en paz en este momento.

Si Dios no es un mentiroso y Su creación no tiene ninguna imperfección, entonces lo que debe ser cierto es que mi propia mente me ha engañado y se ha inventado toda una vida de experiencias falsas. Si estoy dispuesto a escuchar, esto no es tan exagerado como suena al principio. De hecho, si observo mi mente, puedo cazarla haciendo precisamente eso. Puedo cazarla y observar que veo lo que espero ver. Puedo darme cuenta de que diferentes personas ven los mismos acontecimientos de maneras diferentes. Recuerdo momentos en que creía entender las cosas muy bien, y luego ver la situación dar la vuelta completamente con algún hecho nuevo que se me había pasado por alto. Sólo necesito ver salir al sol, moverse por el cielo, y ponerse, para darme cuenta de que mi percepción falla. No es el sol el que se mueve, soy yo según la tierra da vueltas. Cuando la noche llega y el sol se ha “ido” en mi percepción, el sol sigue brillando, es el mundo que le ha dado la espalda a la luz.

¿Y si mi aparente falta de paz no significa lo que pienso? ¿Y si la paz de Dios nunca me ha abandonado, sino que sigue brillando, mientras que yo le he dado la espalda? En el instante santo puedo descubrir que esto es la verdad. Sólo con apartar mi mente de sus locas creencias en el malestar, puedo descubrir la paz de Dios brillando dentro de mí ahora.




¿Qué es el perdón? (Parte 10)

L.pII.1.5:3

Hay otro aspecto del perdón. Puesto que el Espíritu Santo ya me ha perdonado, cumpliendo Su función, ahora yo debo “compartir Su función y perdonar a aquel que Él ha salvado” (5:3).

Piensa en el modo en que el Espíritu Santo actúa con nosotros, podemos venir a Él con nuestros pensamientos más negros y encontrar que desaparecen en Su Amor. La total falta de juicios, Su ternura con nosotros, Su aceptación de nosotros, Su conocimiento de nuestra inocencia, Su honrarnos como Hijo de Dios, sin ningún cambio a pesar de nuestros alocados pensamientos de pecado. Ahora tenemos que compartir Su función con el mundo. Ahora somos Sus representantes, Su manifestación en las vidas de aquellos a nuestro alrededor. A ellos les ofrecemos esta misma ternura, esta misma seguridad de la santidad interna de cada uno con los que nos relacionamos, esta misma callada despreocupación por los pensamientos de condena a sí mismos en cada uno de los que vemos, o con los que hablamos, o en los que pensamos. “Perdonar es el privilegio de los perdonados” (T.1.I.27:2).


Lo que reflejamos en el mundo es lo que creemos de nosotros mismos. Cuando juzgamos, condenamos y echamos la culpa a los de nuestro alrededor, reflejamos lo que creemos que Dios hace con nosotros. Cuando sentimos el dulce perdón en la Presencia amorosa del Espíritu Santo, reflejamos eso mismo al mundo. Que entre en Su Presencia, permitiéndole contemplarme, para descubrir que Él no hace nada, sino únicamente mirar, esperar y no juzgar. Que Le oiga hablarme de Su confianza en que finalmente triunfaré. Y que luego que regrese y comparta esta bendición con el mundo, dando lo que he recibido. Sólo al darlo, sabré que es mío.





TEXTO


D. El cuarto obstáculo: El temor a Dios

 

1. ¿Qué verías si no tuvieses miedo de la muerte? 2¿Qué sentirías y pensarías si la muerte no te atrajese? 3Simplemente recordarías a tu Padre. 4Recordarías al Creador de la vida, la Fuente de todo lo que vive, al Padre del universo y del universo de los universos, así como de todo lo que se encuentra más allá de ellos. 5con­forme esta memoria surja en tu mente, la paz tendrá todavía que superar el obstáculo final, tras el cual se consuma la salvación y al Hijo de Dios se le restituye completamente la cordura. 6Pues ahí acaba tu mundo.

2. El cuarto obstáculo a superar pende como un denso velo ante la faz de Cristo. 2No obstante, a medida que Su faz se revela tras él, radiante de júbilo porque Él mora en el Amor de Su Padre, la paz descorrerá suavemente el velo y se apresurará a encontrarse con Él y a unirse finalmente a Él. 3Pues este velo oscuro, que hace que la faz de Cristo se asemeje a la de un leproso y que los radiantes rayos del Amor de Su Padre que iluminan Su rostro con gloria parezcan chorros de sangre, se desvanecerá ante la deslumbrante luz que se encuentra más allá de él una vez que el miedo a la muerte haya desaparecido.

3. Este velo, que la creencia en la muerte mantiene intacto y que su atracción protege, es el más tenebroso de todos. 2La dedicación a la muerte y a su soberanía no es más que el voto solemne, la promesa que en secreto le hiciste al ego de jamás descorrer ese velo, de no acercarte a él y de ni siquiera sospechar que está ahí. 3Éste es el acuerdo secreto al que llegaste con el ego para mante­ner eternamente en el olvido lo que se encuentra más allá del velo. 4He aquí tu promesa de jamás permitir que la unión te haga aban­donar la separación; la profunda amnesia en la que el recuerdo de Dios parece estar totalmente olvidado; la brecha entre tu Ser y tú: el temor a Dios, el último paso de tu disociación.

4. Observa cómo la creencia en la muerte parece "salvarte". 2Pues si ésta desapareciese, ¿a qué le podrías temer, sino a la vida? 3La atracción de la muerte es lo que hace que la vida parezca ser algo feo, cruel y tiránico. 4Tu miedo a la muerte no es mayor que el que le tienes al ego. 5Ambos son los amigos que tú has elegido, ya que en tu secreta alianza con ellos has acordado no permitir que jamás se revoque el temor a Dios, de modo que pudieses contem­plar la faz de Cristo y unirte a Él en Su Padre.

5. Cada obstáculo que la paz debe superar se salva de la misma manera: el miedo que lo originó cede ante el amor que se encuen­tra detrás, y así desaparece el miedo. 2lo mismo ocurre con este último obstáculo. 3El deseo de deshacerte de la paz y de ahuyen­tar el Espíritu Santo se desvanece en presencia del sereno recono­cimiento de que amas a Dios. 4La exaltación del cuerpo se abandona en favor del espíritu, al que amas como jamás podrías haber amado al cuerpo. 5la atracción de la muerte desaparece para siempre a medida que la atracción del amor despierta en ti y te llama. 6Desde más allá de cada uno de los obstáculos que te impiden amar, el Amor Mismo ha llamado. 7Y cada uno de ellos ha sido superado mediante el poder de atracción que ejerce lo que se encuentra tras ellos. 8El hecho de que deseases el miedo era lo que hacía que pareciesen insuperables. 9Mas cuando oíste la Voz del Amor tras ellos, contestaste y ellos desaparecieron.

6. Y ahora te encuentras aterrorizado ante lo que juraste no vol­ver a mirar nunca más. 2Bajas la vista, al recordar la promesa que les hiciste a tus "amigos". 3La "belleza" del pecado, la sutil atrac­ción de la culpabilidad, la "santa" imagen encerada de la muerte y el temor de la venganza del ego a quien le juraste con sangre que no lo abandonarías, se alzan todos, y te ruegan que no levan­tes la mirada. 4Pues te das cuenta de que si miras ahí y permites que el velo se descorra, ellos desaparecerán para siempre. 5Todos tus "amigos", tus "protectores" y tu "hogar" se desvanecerían. 6No recordarías nada de lo que ahora recuerdas.



7. Te parece que el mundo te abandonaría por completo sólo con que alzases la mirada. 2Sin embargo, lo único que ocurriría es que serías tú quien lo abandonaría para siempre. 3En esto consiste el re-establecimiento de tu voluntad. 4Mira con los ojos bien abiertos a eso que juraste no mirar, y nunca más creerás que estás a merced de cosas que se encuentran más allá de ti, de fuerzas que no puedes controlar o de pensamientos que te asaltan en contra de tu voluntad. 5Tu voluntad es mirar ahí. 6Ningún deseo desqui­ciado, ningún impulso trivial de volverte a olvidar, ninguna pun­zada de miedo, ni el frío sudor de lo que aparenta ser la muerte pueden oponerse a tu voluntad. 7Pues lo que te atrae desde detrás del velo es algo que se encuentra en lo más recóndito de tu ser, algo de lo que no estás separado y con lo que eres completa­mente uno.





jueves, 17 de agosto de 2017

17 AGOSTO: El Amor, que es lo que me creó, es lo que soy.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS

LECCIÓN 229



El Amor, que es lo que me creó, es lo que soy.



1. Busco mi verdadera Identidad, y la encuentro en estas pala­bras: "Soy Amor, pues el Amor fue lo que me creó". 2Ahora no necesito buscar más. 3El Amor ha prevalecido. 4Ha esperado tan quedamente mi regreso a casa, que ya no me volveré a apartar de la santa faz de Cristo. 5Y lo que contemple dará testimonio de la verdad de la Identidad que procuré perder, pero que mi Padre conservó a salvo para mí.

2. Padre, te doy gracias por lo que soy, por haber conservado mi Identi­dad inalterada e impecable en medio de todos los pensamientos de pecado que mi alocada mente inventó. 2Y te doy gracias también por haberme salvado de ellos. 3Amén.



Instrucciones para la práctica

Propósito: Dar los últimos pasos a Dios. Esperar a que Él dé el último paso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Tanto tiempo como sea necesario.
Lee la lección.
Utiliza la idea y la oración para dar comienzo al tiempo de quietud. No dependas de las palabras. Utilízalas como una sencilla invitación a Dios para que venga a ti.

·   Siéntate en silencio y espera a Dios. Espera en quieta expectación a que Él se revele a Sí Mismo a ti. Busca únicamente la experiencia de Dios directa, profunda y sin palabras. Estate seguro de Su llegada, y no tengas miedo. Pues Él ha prometido que cuando Le invites, vendrá. Únicamente pides que cumpla Su antigua promesa, que Él quiere cumplir. Estos momentos de quietud son tu regalo a Él.

Recordatorios cada hora: No te olvides.
Da gracias a Dios por haber permanecido contigo y porque siempre estará ahí para contestar tu llamada a Él.

Recordatorios frecuentes: Tan a menudo como sea posible, incluso cada minuto.
Recuerda la idea. Permanece con Dios, deja que Él te ilumine.

Respuesta a la tentación: Cuando te sientas tentado a olvidarte de tu objetivo.
Utiliza la idea del día como una llamada a Dios y desaparecerán todas las tentaciones.

Lectura: Antes de uno de los momentos de práctica del día.

·         Lee lentamente la sección “¿Qué es?”.
·         Piensa en ella durante un rato.


Observaciones generales: Ahora, en esta parte final del año que tú y Jesús habéis pasado juntos, empiezas a alcanzar el objetivo de las prácticas, que es el objetivo del Curso. Jesús está tan cerca que no puedes fracasar. Has recorrido una gran parte del camino. No mires hacia atrás. Fija la mirada en el final del camino. No habrías podido llegar tan lejos si no te hubieses dado cuenta de que quieres conocer a Dios. Y eso es todo lo que se necesita para que Él venga a ti.

Comentario

Muchas de estas lecciones en la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, mientras las leo, parecen expresar un estado mental que está más allá de donde yo estoy. En realidad, hablan de mi verdadero estado mental, el estado de mi mente recta. Éste es el estado mental que podemos alcanzar en el instante santo. La mente recta no es un estado futuro que estoy intentando alcanzar. Hay un aspecto de mi mente que ya conoce estas cosas y las cree. Ésta es la parte de mi mente que me está llevando al Hogar. “Ahora no necesito buscar más” (1:2), es la verdad en este mismo instante. La que no es real es la parte de mi mente que las pone en duda y las niega.

El Amor es lo que soy, el Amor es mi Identidad. Que mire honestamente a lo que creo que soy en Su lugar, porque al descubrir lo que no es Amor, llegaré a conocer el Amor.

El amor no es algo que se pueda aprender. Su significado reside en sí mismo. Y el aprendizaje finaliza una vez que has reconocido todo lo que no es amor. Ésa es la interferencia, eso es lo que hay que eliminar. (T.18.IX.12:1-4)

El Amor me ha esperado “tan quedamente” (1:4). El Amor es tranquilo porque eso es lo que hace el perdón, “es tranquilo y sosegado, y no hace nada” (L.pII.4:1). Mi propio Amor espera para perdonarme todo lo que creo haber hecho, todo lo que he creído que era, diferente al Amor. Verdaderamente “procuré perder” mi Identidad (1:5), pero Dios ha guardado esa Identidad a salvo para mí, dentro de mí, como lo que yo soy. “En medio de todos los pensamientos de pecado que mi alocada mente inventó” (2:1), mi Padre ha mantenido mi Identidad intacta y sin pecado. Que me concentre en esa Identidad ahora. Que dé gracias y exprese mi agradecimiento a Dios por no haber perdido mi Identidad, aunque yo estaba seguro de haberla perdido. No puedo ser otra cosa distinta de lo que 



¿Qué es el perdón? (Parte 9)

L.pII.1.5:1-2

Enfrentado al contraste total entre el perdón y la falta de perdón, entonces ¿qué tenemos que hacer? “No hagas nada, pues” (5:1). No se nos pide que hagamos, se nos pide que dejemos de hacer, porque no es necesario hacer nada. Para el ego hacer significa juzgar, y es al juicio a lo que tenemos que renunciar. Si sentimos que hay que hacer algo, es un juicio que afirma que nos falta algo dentro, y no nos falta nada. Eso es lo que tenemos que recordar. Creer que tenemos que hacer algo es negar nuestra plenitud, que nunca ha disminuido.

“Deja que el perdón te muestre lo que debes hacer a través de Aquel que es tu Guía” (5:1). Perdonarnos a nosotros mismos significa quitar las manos del volante de nuestra vida, dejar de intentar “arreglar las cosas”, lo que afirma que algo anda mal. Perdonar a otros significa que dejamos de pensar que es cosa nuestra corregirles. El Espíritu Santo es el Único Que conoce lo que tenemos que hacer, si fuera necesario, y Su dirección a menudo nos sorprenderá. Sí, puede que tengamos que “hacer” algo, pero no seremos nosotros los que lo decidiremos. Lo que hacemos es muy a menudo desastroso, apagando el espíritu en lugar de afirmarlo, alimentando la culpa en lugar de quitarla.

El Espíritu Santo es mi Guía, Salvador y Protector. En cada situación en la que me sienta tentado a hacer algo, que me pare y recuerde que mi juicio no es de fiar, que lo abandone y lo ponga en Sus Manos. Él está “lleno de esperanza, está seguro de que finalmente triunfarás” (5:1). ¿Con qué frecuencia, cuando me juzgo a mí mismo o a otro, estoy seguro de que finalmente triunfaré? Que entonces ponga la situación al cuidado de Uno que está seguro. Él me enseñará qué hacer.


“Él ya te ha perdonado, pues ésa es la función que Dios le encomendó” (5:2). Cada vez que Le traigo algo terrible que creo haber hecho, que recuerde que “Él ya me ha perdonado”. No tengo por qué tener miedo de entrar en Su Presencia. Su función, Su razón de ser, es perdonarme. No juzgarme, ni castigarme, ni hacerme sentir mal, sino perdonar. ¿Por qué voy a permanecer alejado un instante más? Que ahora descanse agradecido en Sus amorosos brazos y Le oiga decir: “Lo que crees no es verdad” (L.134.7:5). Él aquietará las inquietas aguas de mi mente, y me traerá paz.



TEXTO



C. El tercer obstáculo: La atracción de la muerte


1. A ti y a tu hermano, en cuya relación especial el Espíritu Santo entró a formar parte, se os ha concedido liberar -y ser libera­dos- del culto a la muerte. 2Pues esto fue lo que se os ofreció, y vosotros lo aceptasteis. 3No obstante, tenéis que aprender más acerca de este extraño culto, pues encierra el tercer obstáculo que la paz debe superar. 4Nadie puede morir a menos que elija la muerte. 5Lo que parece ser el miedo a la muerte es realmente su atracción. 6La culpabilidad es asimismo algo temido y temible. 7Mas no ejerce ningún poder, excepto sobre aquellos que se sien­ten atraídos por ella y la buscan. 8Y lo mismo ocurre con la muerte. 9Concebida por el ego, su tenebrosa sombra se extiende sobre toda cosa viviente porque el ego es el "enemigo" de la vida.

2. Mas una sombra no puede matar. 2¿Qué es una sombra para los que viven? 3Basta con que la pasen de largo para que desapa­rezca. 4¿Y qué ocurre con aquellos cuya consagración no es a la vida; los "pecadores" enlutados, el lúgubre coro del ego, quienes se arrastran penosamente en dirección contraria a la vida, tirando de sus cadenas y marchando en lenta procesión en honor de su sombrío dictador, señor y amo de la muerte? 5Toca a cual­quiera de ellos con las dulces manos del perdón, y observa cómo desaparecen sus cadenas, junto con las tuyas. 6Ve cómo se des­poja del ropaje de luto con el que iba vestido a su propio funeral y óyele reírse de la muerte. 7Gracias a tu perdón puede escapar de la sentencia que el pecado quería imponerle. 8Esto no es arro­gancia. 9Es la Voluntad de Dios. 10¿Qué podría ser imposible para ti que elegiste que Su Voluntad fuese la tuya? 11¿Qué significado podría tener la muerte para ti? 12Tu dedicación no es a la muerte ni a su amo. 13Cuando aceptaste el glorioso propósito del Espíritu Santo en vez del ego, renunciaste a la muerte y la substituiste por la vida. 14Ya sabemos que ninguna idea abandona su fuente. 15la muerte es el resultado del pensamiento al que llamamos ego, tan inequívocamente como la vida es el resultado del Pensa­miento de Dios.

i. El cuerpo incorruptible

3. El pecado, la culpabilidad y la muerte se originaron en el ego, en clara oposición a la vida, a la inocencia y a la Voluntad de Dios Mismo. 2¿Dónde puede hallarse semejante oposición, sino en las mentes enfermizas de los desquiciados, que se han consagrado a la locura y se oponen firmemente a la paz del Cielo? 3Pero una cosa es segura: Dios, que no creó ni el pecado ni la muerte, no dispone que tú estés aprisionado por ellos. 4Pues Él no conoce ni el pecado ni sus resultados. 5Las figuras amortajadas que mar­chan en la procesión fúnebre no lo hacen en honor de su Creador, Cuya Voluntad es que vivan. 6No están acatando Su Voluntad, sino oponiéndose a ella.

4. ¿Y qué es ese cuerpo vestido de negro que quieren enterrar? 2Es un cuerpo que ellos consagraron a la muerte, un símbolo de corrupción, un sacrificio al pecado, ofrecido a éste para que se cebe en él y, de este modo, siga viviendo; algo condenado, malde­cido por su hacedor y lamentado por todos los miembros de la procesión fúnebre que se identifican con él. 3Tú que crees haber sentenciado al Hijo de Dios a esto eres arrogante. 4Pero tú que quieres liberarlo no haces sino honrar la Voluntad de su Creador. 5La arrogancia del pecado, el orgullo de la culpabilidad, el sepul­cro de la separación, son todos parte de tu consagración a la muerte, lo cual aún no has reconocido. 6El brillo de culpabilidad con el que revestiste al cuerpo no haría sino destruirlo. 7Pues lo que el ego ama, lo mata por haberle obedecido. 8Pero no puede matar a lo que no le obedece.

5. Tú tienes otra consagración que puede mantener al cuerpo incorrupto y en perfectas condiciones mientras sea útil para tu santo propósito. 2El cuerpo es tan incapaz de morir como de sen­tir. 3No hace nada. 4De por sí, no es ni corruptible ni incorruptible. 5No es nada. 6Es el resultado de una insignificante y descabellada idea de corrupción que puede ser corregida. 7Pues Dios ha con­testado a esta idea demente con una Suya, una Respuesta que no se ha alejado de Él, y que, por lo tanto, lleva al Creador a la conciencia de toda mente que haya oído Su Respuesta y la haya acep­tado.

6. A ti que estás dedicado a lo incorruptible se te ha concedido, mediante tu aceptación, el poder de liberar de la corrupción. 2¿Qué mejor manera puede haber de enseñarte el primer princi­pio fundamental de un curso de milagros, que mostrándote que el que parece ser más difícil se puede lograr primero? 3El cuerpo no puede hacer otra cosa que servir a tu propósito. 4Tal como lo consideres, eso es lo que te parecerá que es. 5La muerte, de ser real, supondría la ruptura final y absoluta de la comunicación, lo cual es el objetivo del ego.

7. Aquellos que tienen miedo de la muerte no ven con cuánta fre­cuencia y con cuánta fuerza claman por ella, implorándole que venga a salvarlos de la comunicación. 2Pues consideran que la muerte es un refugio: el gran salvador tenebroso que libera de la luz de la verdad, la respuesta a la Respuesta, lo que acalla la Voz que habla en favor de Dios. 3Sin embargo, abandonarte a la muerte no pone fin al conflicto. 4Sólo la Respuesta de Dios es su fin. 5El obstáculo que tu aparente amor por la muerte supone y que la paz debe superar parece ser muy grande. 6Pues en él yacen ocultos todos los secretos del ego, todas sus insólitas artimañas, todas sus ideas enfermizas y extrañas imaginaciones. 7En él radica la ruptura final de la unión, el triunfo de lo que el ego ha fabri­cado sobre la creación de Dios, la victoria de lo que no tiene vida sobre la Vida Misma.

8. Bajo el polvoriento contorno de su mundo distorsionado, el ego quiere dar sepultura al Hijo de Dios, a quien ordenó asesinar, y en cuya putrefacción reside la prueba de que Dios Mismo es impotente ante el poderío del ego e incapaz de proteger la vida que Él creó contra el cruel deseo de matar del ego. 2Hermano mío, criatura de Dios, esto no es más que un sueño de muerte. 3No hay funeral, ni altares tenebrosos, ni mandamientos siniestros, ni distorsionados ritos de condena a los que el cuerpo te pueda con­ducir. 4No pidas que se te libere de eso. 5Más bien, libera al cuerpo de las despiadadas inexorables órdenes a las que lo sometiste y perdónalo por lo que tú le ordenaste hacer. 6Al exaltarlo lo conde­naste a morir, pues sólo la muerte podía derrotar a la vida. 7¿Y qué otra cosa, sino la demencia, podría percibir la derrota de Dios y creer que es real?

9. El miedo a la muerte desaparecerá a medida que la atracción que ésta ejerce ceda ante la verdadera atracción del amor. 2El final del pecado, que anida quedamente en la seguridad de tu rela­ción, protegido por tu unión con tu hermano y listo para conver­tirse en una poderosa fuerza al servicio de Dios, está muy cerca. 3El amor protege celosamente los primeros pasos de la salvación, la resguarda de cualquier pensamiento que la pudiese atacar y la prepara silenciosamente para cumplir la imponente tarea para la que se te concedió. 4Los ángeles dan sustento a tu recién nacido propósito, el Espíritu Santo le da abrigo y Dios Mismo vela por él. 5No tienes que protegerlo, ya dispones de él. 6Pues es inmortal, y en él reside el final de la muerte.

10.¿Qué peligro puede asaltar al que es completamente inocente? 2¿Qué puede atacar al que está libre de culpa? 3¿Qué temor podría venir a perturbar la paz de la impecabilidad * misma? 4Si bien lo que se te ha concedido todavía se encuentra en su infan­cia, está en completa comunicación con Dios y contigo. 5En sus diminutas manos se encuentran, perfectamente a salvo, todos los milagros que has de obrar, y te los ofrece. 6El milagro de la vida es eterno, y aunque ha nacido en el tiempo, se le da sustento en la eternidad. 7Contempla a ese tierno infante, al que diste un lugar de reposo al perdonar a tu hermano, y ve en él la Voluntad de Dios. 8He aquí el bebé de Belén renacido. 9Y todo aquel que le dé abrigo lo seguirá, no a la cruz, sino a la resurrección y a la vida

11. Cuando alguna cosa te parezca ser una fuente de miedo, cuando una situación te llene de terror y haga que tu cuerpo se estremezca y se vea cubierto con el frío sudor del miedo, recuerda que siempre es por la misma razón: el ego ha percibido la situación como un símbolo de miedo, como un signo de pecado y de muerte. 2Recuerda entonces que ni el signo ni el símbolo se deben confundir con su fuente, pues deben repre­sentar algo distinto de ellos mismos. 3Su significado no puede residir en ellos mismos, sino que se debe buscar en aquello que representan. 4Y así, puede que no signifiquen nada o que lo signifiquen todo, dependiendo de la verdad o falsedad de la idea que reflejan. 5Cuando te enfrentes con tal aparente incertidumbre con respecto al significado de algo, no juzgues la situación. 6Recuerda la santa Presencia de Aquel que se te dio para que fuese la Fuente del juicio. 7Pon la situación en Sus manos para que Él la juzgue por ti, y di:

8Te entrego esto para que lo examines y juzgues por mí.
9No dejes que lo vea como un signo de pecado y de muerte, ni que lo use para destruir.
10Enséñame a no hacer de ello un obstáculo para la paz, sino a dejar que Tú lo uses por mí, para facilitar su llegada.