LECCION DEL DIA

DESPERTAR AL AMOR

sábado, 21 de octubre de 2017

21 OCTUBRE: Mi cuerpo es algo completamente neutro.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 294


Mi cuerpo es algo completamente neutro.


1. Soy un Hijo de Dios. 2¿Cómo iba a poder ser también otra cosa? 3¿Acaso creó Dios lo mortal y lo corruptible? 4¿De qué le sirve al bienamado Hijo de Dios lo que ha de morir? 5Sin embargo, lo que es neutro no puede ver la muerte, pues allí no se han depositado pensamientos de miedo, ni se ha hecho de ello una parodia del amor. 6La neutralidad del cuerpo lo protege mientras siga siendo útil. 7Una vez que no tenga ningún propósito, se dejará a un lado. 8No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado. 9Es que simple­mente no tiene ninguna función, es innecesario, y, por consi­guiente, se le desecha. 10Haz que hoy no vea en él más que esto: algo que es útil por un tiempo y apto para servir, que se conserva mientras pueda ser de provecho, y luego es reemplazado por algo mejor.

2. Mi cuerpo, Padre, no puede ser Tu Hijo. 2Y lo que no ha sido creado no puede ser ni pecaminoso ni inocente; ni bueno ni malo. 3Déjame, pues, valerme de este sueño para poder ser de ayuda en Tu plan de que despertemos de todos los sueños que urdimos.








Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Esta frase resume la actitud del Curso hacia el cuerpo. No es “ni bueno ni malo” (2:2), es neutro. Su valor o que sea perjudicial procede del uso que hagamos de él, del propósito al que sirve.

Hay una actitud hacia el cuerpo que lo ve como bueno, siempre merecedor de que respetemos sus deseos. Si alguien me excita sexualmente, debería satisfacer ese deseo. Si tengo hambre, debería comer; si estoy cansado, debería dormir. Toda represión de los deseos físicos está equivocada. Este punto de vista identifica incorrectamente mi cuerpo con mi ser. Convierte al cuerpo no sólo en algo bueno sino en Dios.

Hay otra actitud hacia el cuerpo que lo considera malvado. Por lo tanto, debo dominar y reprimir todos mis impulsos. Este punto de vista niega que el cuerpo es en cierto modo una expresión de mi ser. Considera al cuerpo un demonio. Produce culpa sin fin por cualquier deseo físico.

El Curso dice que el cuerpo no es ni bueno ni malo. Es neutro. No es ni pecaminoso ni inocente. Su única utilidad es la de despertar del sueño, o comunicar la salvación. Este enfoque no comete el error de identificarme con mi cuerpo. No me hace sentir mal por tener impulsos, ni por ignorar algunos de esos impulsos. Ni exalta ni condena al cuerpo. Acepta el cuerpo como un instrumento, útil para el propósito de la verdad y nada más. No ve ningún propósito en las metas corporales en sí.

La lección afirma: “Soy un Hijo de Dios” (1:1). Y no soy “otra cosa”, “mortal y corruptible” (1:2-3). Dios no creó el cuerpo mortal y corruptible, y al Hijo de Dios no le sirve de nada lo que va a morir (1:4). Sin embargo, si se ve el cuerpo como algo neutro, “no puede ver la muerte” (1:5). ¿Por qué? Porque “allí no se han depositado pensamientos de miedo, ni se ha hecho de ello una parodia del amor” (1:5). Sentimos la muerte (aparentemente) cuando consideramos al cuerpo como malvado (“pensamientos de miedo”) o como bueno (“una parodia del amor”). Considerar al cuerpo neutro “lo protege mientras siga siendo útil” (1:6). En otras palabras, para la mente que ha sanado, el cuerpo no puede morir hasta que haya hecho su trabajo. Dura tanto como sea necesario a la mente para sus propósitos de sanación en este mundo, y luego simplemente “se dejará a un lado” porque ya no tiene “ningún propósito” (1:7). Esto no es muerte sino simplemente el fin del cuerpo. Como dice “La Canción de la Oración”: “Lo llamamos muerte pero es la libertad” (C.3.II.3:1).

Cuando una mente que ha sanado ya no necesita más el cuerpo, el cuerpo simplemente se deja a un lado. “No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado. Es que simplemente no tiene ninguna función, es innecesario y, por consiguiente, se le desecha” (1:8-9). Ha habido unos pocos que han sentido esta especie de fin del cuerpo que no es muerte. Robert me dice que ha leído de un monje tibetano que un día anunció a sus seguidores que su trabajo con el cuerpo estaba casi terminado y que abandonaría el cuerpo en unos pocos meses. Incluso dio la fecha exacta. Y aquel mismo día se sentó en meditación en la postura de loto y sencillamente lo abandonó. No estaba “enfermo, viejo o lesionado”. Sencillamente su cuerpo ya no era necesario.

¿Cómo podemos alcanzar un estado tan elevado y una muerte tan dulce (si se le puede llamar “muerte”)? La lección indica que nuestro camino está en poco a poco ir considerando a nuestro cuerpo como “algo que es útil por un tiempo y apto para servir, que se conserva mientras pueda ser de provecho, y luego es reemplazado por algo mejor” (1:10). No es ni una carga ni una meta en sí mismo. Sólo es un instrumento. Lo usamos en este sueño para “ser de ayuda en Tu plan de que despertemos de todos los sueños que urdimos” (2:3), y para nada más que eso. Considerar neutro al cuerpo es lo que lo protege mientras sea útil en este plan. Cuando nuestra mente está de acuerdo con el plan de Dios, valoramos el cuerpo por su utilidad para llevar a cabo el plan, y no por sí mismo. Ni lo exaltamos ni abusamos de él. No luchamos por conservar el cuerpo ni por abandonarlo. Sólo lo usamos para llevar a cabo nuestra función.


¿Qué es el mundo real? (Parte 4)

L.pII.8.2:3-6

Cuando vemos el mundo real, “Allí sólo hay reposo” (2:3). No hay conflicto, no hay “lucha”. Pienso que cuando vea el mundo real, habrá muy poco o ninguna sensación de prisa. Hay una actitud hacia la espiritualidad que infunde lo que es casi un modo de pánico: “¡Tenemos que arreglar las cosas, tenemos que hacerlo bien, inmediatamente!”. Esto no es reposo. La visión del mundo real es una visión tranquila, que nos llena de la seguridad de que “Nada real puede ser amenazado” (T.In.2:2) y, por lo tanto, no hay necesidad de pánico.

“No se oyen gritos de dolor o de pesar, pues allí nada está excluido del perdón” (2:4). No creo que esto signifique que nos volvamos indiferentes al sufrimiento del mundo. En el Texto, el Curso nos dice: “El amor siempre responde, pues es incapaz de negar una petición de ayuda, o de no oír los gritos de dolor que se elevan hasta él desde todos los rincones de este extraño mundo que construiste, pero que realmente no deseas” (T.13.VII.4:3). Lo que pienso que esta línea significa es que los gritos de dolor y sufrimiento no se oyen como testigos del miedo, sino como peticiones de ayuda, como algo que necesita una respuesta de amor en lugar de una respuesta de terror. La mente que ha sanado y ve el mundo real no se angustia por los gritos de dolor y sufrimiento porque sabe que “nada está excluido del perdón” (2:4). Nada está sin esperanza.

Y las escenas que se ven son apacibles, pues sólo escenas y sonidos felices pueden llegar hasta la mente que se ha perdonado a sí misma. (2:5-6)

Debajo de los sonidos de miedo, la mente que se ha perdonado a sí misma oye los himnos de gratitud (L.293.2:2). La canción del amor es más alta que el canto fúnebre del miedo. Todo lo que se ve lleva la nota de la salvación.


Hay una manera de contemplarlo todo que te acerca más a Él y a la salvación del mundo. (L.193.13:1)




viernes, 20 de octubre de 2017

20 OCTUBRE: El miedo ya se acabó y lo único que hay aquí es amor.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 293


El miedo ya se acabó y lo único que hay aquí es amor.


1. El miedo ya se acabó porque su fuente ha desaparecido, y con ella, todos sus pensamientos desaparecieron también. 2El amor sigue siendo el único estado presente, cuya Fuente está aquí para siempre. 3¿Cómo iba a parecerme el mundo claro y diáfano, segu­ro y acogedor; cuando todos mis errores pasados lo oprimen y me muestran manifestaciones distorsionadas de miedo? 4Mas en el presente el amor es obvio y sus efectos evidentes. 5El mundo entero resplandece en el reflejo de su santa luz, y por fin percibo un mundo perdonado.

2. Padre no permitas que Tu santo mundo me pase desapercibido hoy, 2ni que mis oídos sean sordos a todos los himnos de gratitud que el mundo entona bajo los sonidos del miedo. 3Hay un mundo real que el presente mantiene a salvo de todos los errores del pasado. 4Y éste es el único mundo que quiero tener ante mis ojos hoy.





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Pienso en el miedo como relacionado con el futuro, sin embargo aquí dice: “El miedo ya se acabó”. Pienso que esto significa algo más que mis experiencias de miedo ya se acabaron. Entendido así, es lo que nos gustaría. Lo que parece decir realmente es que el miedo está en el pasado. El miedo viene del pasado, existe en el pasado únicamente. Cuando el pasado me parece real, “cuando todos mis errores pasados lo oprimen”, entonces tengo miedo. (Y sólo entonces). Lo que temo es que el pasado condiciona el futuro. Si mi pasado está lleno de errores y culpa, y lo considero real, esto produce mi miedo actual al futuro.

La fuente del miedo hace real el pasado en el momento presente.

El Curso nos enseña que: “El pasado que tú recuerdas jamás tuvo lugar” (T.14.IX.1:10). Al principio me resulta difícil decirme a mí mismo: “Las cosas que pienso que sucedieron en el pasado jamás sucedieron, no son reales” Quizá es más fácil decir: “El pasado nunca existió del modo en que yo pienso”. Eso parece más posible, más aceptable. Decir eso es sólo un paso hacia la verdad, pero pienso que puede ser un paso útil. Empezamos aceptando que, al menos, nuestros recuerdos del pasado están distorsionados.

Cada cual puebla su mundo de figuras procedentes de su pasado individual, y ésa es la razón de que los mundos privados difieran tanto entre sí. No obstante, las imágenes que cada cual ve jamás han sido reales, pues están compuestas únicamente de sus reacciones hacia sus hermanos, y no incluyen las reacciones de éstos hacia él. (T.13.V.2:1-2)

Más que eso, el pasado que creemos conocer está lleno de razones para la culpa y el ataque. Recordamos las ofensas que nos han hecho, y las ofensas que hemos hecho nosotros. Esa percepción debe cambiar. Si aceptamos el juicio del Espíritu Santo, la percepción de culpa desaparece. El perdón es una especie de memoria selectiva. Podemos empezar a ver el pasado y todas las cosas del pasado como una expresión de amor o como una petición de ayuda.

Ésta es una especie de posición intermedia. Todavía creemos que el pasado es (o fue) real, pero estamos decidiendo verlo de una manera diferente. La verdad última es que el tiempo no existe, el mundo no existe, los cuerpos no existen. No son nada sino la representación de los pensamientos de nuestra mente.

Una semejanza física me ayuda. ¿Existe la ola de un océano? ¿Es real una ola? En cierto sentido, sí; en otro sentido, no. Una ola no existe separada del océano. Lo que llamamos una ola no es más que la representación de la energía física del agua. El agua, el océano (en este plano físico) son lo que es real, la ola está aquí un momento y al siguiente ha desaparecido, en este momento consta de un conjunto de moléculas de agua y en el siguiente consta de un conjunto de moléculas diferentes. Una ola no existe por sí misma separada de todo lo demás.

Todo el universo físico no es más que una ola en la Mente Eterna. La Mente es todo lo que es real.

En este sentido, nada del pasado es real. Todo el pasado de una ola no existe. La ola que ha pasado ha desaparecido completamente. Donde antes estuvo, ahora todo está en calma y sereno, sin que haya sido afectado por la ola. Las olas no cambian el océano.

Algunos pueden verlo de este modo, de comprender al menos la idea de que el pasado no existe. Otros podemos necesitar la forma más sencilla de “Nunca sucedió como yo pienso. La culpa nunca fue real”. La forma más sencilla llevará finalmente a la comprensión total, así que realmente no importa.

Entonces, cuando siento miedo, lo que tengo que buscar es la creencia en el pasado que hay detrás, quizá escondida, pero está ahí sin duda. Únicamente el pasado me hace tener miedo al futuro. Por esa razón los niños pequeños no tienen miedo, no tienen recuerdos de desastres pasados que puedan provocarles miedo. Cuando sienta miedo, que recuerde que depende de mi percepción del pasado, y que afirme: “Lo que recuerdo nunca sucedió tal como yo pienso. No hay nada que temer”.

Cuando voluntariamente elijo no dejar entrar al pasado en mi presente, “en el presente el amor es obvio y sus efectos evidentes” (1:4). La carga constante del pasado, desenterrando horrores recordados, impide completamente que “me dé cuenta de la presencia del amor”. Todo nuestro aprendizaje no es más que una acumulación de ideas acerca del pasado. Por lo tanto, todo eso no es nada. Empezamos a desaprender, a olvidar voluntariamente lo que pensamos que el pasado nos ha enseñado, y en ello encontramos la percepción verdadera y finalmente el verdadero conocimiento.

El mundo que contemplamos, cuando lo vemos sin el miedo del pasado, es el mundo real. Éste es el mundo que estamos pidiendo ver en esta lección. Debajo de todas las imágenes de miedo, el mundo está cantando “himnos de gratitud” (2:2). La percepción del Espíritu Santo puede atravesar la capa de miedo que hemos puesto sobre la realidad. Cuando compartimos Su percepción, nos damos cuenta de que el pasado ha desaparecido, y vemos y oímos lo que está aquí ahora, cuando “el amor es obvio y sus efectos evidentes”.

Entonces, me uno a la oración: “Éste es el único mundo que quiero tener ante mis ojos hoy” (2:4).


¿Qué es el mundo real? (Parte 3)

L.pII.8.2:1-2

“El mundo real te ofrece una contrapartida para cada pensamiento de infelicidad que se ve reflejado en tu mundo, una corrección segura para las escenas de miedo y los clamores de batalla que pueblan tu mundo” (2:1). Si el mundo real contiene una corrección para cada pensamiento de infelicidad, entonces tiene que consistir en pensamientos felices. La diferencia está en los pensamientos sobre lo que se ve, y no en los objetos que se ven. En esta frase parece que el mundo real es como una colección de vídeos, cada uno con una interpretación diferente de alguna persona o acontecimiento de nuestra vida. Podemos elegir ver los vídeos del Espíritu Santo o los del ego. Las mismas escenas pero con un Director diferente, con un significado diferente para todo.

“El mundo real muestra un mundo que se contempla de otra manera: a través de ojos serenos y de una mente en paz” (2:2). La diferencia está en la paz de la mente que ve. Ésta es la primera de tres referencias al estado de la mente que ve. Las otras dos referencias son: “la mente que se ha perdonado a sí misma” (2:6) y “una mente que está en paz consigo misma” (3:4).

Todos suponemos que nuestras percepciones (interpretaciones) del mundo nos están contando algo real del mundo. La verdad es que nos están contando algo acerca de nuestro propio estado mental. Las imágenes de miedo y los sonidos de lucha que percibimos son únicamente reflejos del miedo y de la lucha dentro de nuestra propia mente. Cuando llevamos nuestra mente a la paz, el mundo toma una apariencia diferente porque nuestra mente está proyectando su propio estado mental sobre el mundo. Que busque la sanación de mi propia mente, y la sanación del mundo se encargará de sí misma.






TEXTO



IX. La justicia del Cielo


1. ¿Qué otra cosa sino la arrogancia podría pensar que la justicia del Cielo no puede eliminar tus insignificantes errores? 2¿Y qué podría significar eso, sino que son pecados y no errores, eterna­mente incorregibles y a los que hay que corresponder con ven­ganza y no con justicia? 3¿Estás dispuesto a que se te libere de todas las consecuencias del pecado? 4No puedes contestar esta pregunta hasta que entiendas todo lo que implica la respuesta. 5Pues si contestas "sí" significa que renuncias a todos los valores de este mundo en favor de la paz del Cielo. 6Significa también que no vas a conservar ni un solo pecado 7ni a abrigar ninguna duda de que esto es posible que le permitiese al pecado conser­var su lugar. 8Significa asimismo que ahora la verdad tiene más valor para ti que todas las ilusiones. 9Y reconoces que la verdad tiene que serte revelada, ya que no sabes lo que es.

2. Dar a regañadientes es no recibir el regalo, pues no estás dis­puesto a aceptarlo. 2Se te guarda hasta que tu renuencia a recibirlo desaparezca y estés dispuesto a que te sea dado. 3La justicia de Dios merece gratitud, no temor. 4Ni tú ni nadie puede perder nada que deis, sino que todo ello se atesora y se guarda en el Cielo, donde todos los tesoros que le han sido dados al Hijo de Dios se conservan para él y se le ofrecen a todo aquel que simplemente extiende la mano dispuesto a recibirlos. 5El tesoro no merma al ser dado. 6Cada regalo no hace sino aumentar el caudal de su riqueza, 7pues Dios es justo. 8Él no lucha contra la renuencia de Su Hijo a percibir la salvación como un regalo procedente de Él. 9Mas Su justicia no quedará satisfecha hasta que todos la reciban.

3. Puedes estar seguro de que la solución a cualquier problema que el Espíritu Santo resuelva será siempre una solución en la que nadie pierde. 2Y esto tiene que ser verdad porque Él no le exige sacrificios a nadie. 3Cualquier solución que le exija a alguien la más mínima pérdida, no habrá resuelto el problema, sino que lo habrá empeorado, haciéndolo más difícil de resolver y más injusto. 4Es imposible que el Espíritu Santo pueda ver cual­quier clase de injusticia como la solución. 5Para Él, lo que es injusto tiene que ser corregido porque es injusto. 6todo error es una percepción en la que, como mínimo, se ve a uno de los Hijos de Dios injustamente. 7De esta forma es como se priva de justicia al Hijo de Dios. 8Cuando se considera a alguien un perdedor, se le ha condenado. 9el castigo, en vez de la justicia, se convierte en su justo merecido.

4. Ver la inocencia hace que el castigo sea imposible y la justicia inevitable. 2La percepción del Espíritu Santo no da cabida al ata­que. 3Lo único que podría justificar el ataque son las pérdidas, y Él no ve pérdidas de ninguna clase. 4El mundo resuelve problemas de otra manera. 5Pues ve la solución a cualquier problema como un estado en el que se ha decidido quién ha de ganar y quién ha de perder; con cuánto se va a quedar uno de ellos y cuánto puede todavía defender el perdedor. 6Mas el problema sigue sin resol­verse, pues sólo la justicia puede establecer un estado en el que nadie pierde y en el que a nadie se le trata injustamente o se le priva de algo, lo cual le daría motivos para vengarse. 7Ningún problema se puede resolver mediante la venganza, que en el mejor de los casos no haría sino dar lugar a otro problema, en el que el asesinato no es obvio.

5. La forma en que el Espíritu Santo resuelve todo problema es la manera de solventarlo. 2El problema queda resuelto porque se ha tratado con justicia. 3Hasta que esto no se haga, seguirá repitién­dose porque aún no se habrá solventado. 4El principio según el cual la justicia significa que nadie puede perder es crucial para el objetivo de este curso. 5Pues los milagros dependen de la justicia. 6Mas no como la ve el mundo, sino como la conoce Dios y como este conocimiento se ve reflejado en la visión que ofrece el Espí­ritu Santo.

6. Nadie merece perder. 2Y es imposible que lo que supone una injusticia para alguien pueda ocurrir. 3La curación tiene que ser para todo el mundo, pues nadie merece ninguna clase de ataque. 4¿Qué orden podría haber en los milagros, si algunas personas mereciesen sufrir más y otras menos? 5¿Y sería esto justo para aquellos que son totalmente inocentes? 6Todo milagro es justo. 7No es un regalo especial que se les concede a algunos y se les niega a otros, por ser éstos menos dignos o estar más condena­dos, y hallarse, por lo tanto, excluidos de la curación. 8¿Quién puede estar excluido de la salvación, si el propósito de ésta es precisamente acabar con el especialismo? 9¿Dónde se encontraría la justicia de la salvación, si algunos errores fuesen imperdona­bles y justificasen la venganza en lugar de la curación y el retorno a la paz?

7. El propósito de la salvación no puede ser ayudar al Hijo de Dios a que sea más injusto de lo que él ya ha procurado ser. 2Si los milagros, que son el don del Espíritu Santo, se otorgasen exclusivamente a un grupo selecto y especial y se negasen a otros por ser éstos menos merecedores de ellos, entonces Él sería el aliado del especialismo. 3El Espíritu Santo no da fe de lo que no puede percibir. 4todos tienen el mismo derecho a Su don de curación, liberación y paz. 5Entregarle un problema al Espíritu Santo para que Él lo resuelva por ti, significa que quieres que se resuelva. 6Mas no entregárselo a fin de resolverlo por tu cuenta y sin Su ayuda, es decidir que el problema siga pendiente y sin resolver, haciendo así que pueda seguir dando lugar a más injusticias y ataques. 7Nadie puede ser injusto contigo, a menos que tú hayas decidido ser injusto primero. 8En ese caso, es inevitable que surjan problemas que sean un obstáculo en tu camino, y que la paz se vea disipada por los vientos del odio.

8. A menos que pienses que todos tus hermanos tienen el mismo derecho a los milagros que tú, no reivindicarás tu derecho a ellos, al haber sido injusto con otros que gozan de los mismos derechos que tú. 2Si tratas de negarle algo a otro, sentirás que se te ha negado a ti. 3Si tratas de privar a alguien de algo, te habrás pri­vado a ti mismo. 4Es imposible recibir un milagro que otro no pueda recibir. 5Sólo el perdón ofrece milagros. 6Y el perdón tiene que ser justo con todo el mundo.

9. Los pequeños problemas que ocultas se convierten en tus pecados secretos porque no elegiste que se te liberase de ellos. 2así, acumulan polvo y se vuelven cada vez más grandes hasta cubrir todo lo que percibes, impidiéndote así ser justo con nadie. 3No crees tener ni un solo derecho. 4la amargura, al haber justi­ficado la venganza y haber hecho que se pierda la misericordia, te condena irremisiblemente. 5Los irredentos no tienen misericordia para con nadie. 6Por eso es por lo que tu única responsabilidad es aceptar el perdón para ti mismo.

10Das el milagro que recibes. 2cada uno de ellos se convierte en un ejemplo de la ley en la que se basa la salvación: que si uno solo ha de sanar, se les tiene que hacer justicia a todos. 3Nadie puede perder y todos tienen que beneficiarse. 4Cada milagro es un ejem­plo de lo que la justicia puede lograr cuando se ofrece a todos por igual, 5pues se recibe en la misma medida en que se da. 6Todo milagro es la conciencia de que dar y recibir es lo mismo. 7Puesto que no hace distinciones entre los que son iguales, no ve diferen­cias donde no las hay. 8Y así, es igual con todos porque no ve diferencia alguna entre ellos. 9Su ofrecimiento es universal y sólo enseña un mensaje:



10Lo que es de Dios le pertenece a todo el mundo, y es su derecho inalienable.





jueves, 19 de octubre de 2017

19 OCTUBRE: Todo tendrá un desenlace feliz.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 292


Todo tendrá un desenlace feliz.


1. Las promesas de Dios no hacen excepciones. 2Y Él garantiza que la dicha será el desenlace final de todas las cosas. 3De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso: hasta cuándo vamos a permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya. 4Pues mientras pensemos que esa voluntad es real, no halla­remos el final que Él ha dispuesto sea el desenlace de todos los problemas que percibimos, de todas las tribulaciones que vemos y de todas las situaciones a que nos enfrentamos. 5Mas ese final es seguro. 6Pues la Voluntad de Dios se hace en la tierra, así como en el Cielo. 7Lo buscaremos y lo hallaremos, tal como dispone Su Voluntad, la Cual garantiza que nuestra voluntad se hace.

2. Te damos gracias, Padre, por Tu garantía de que al final todo tendrá un desenlace feliz. 2Ayúdanos a no interferir y demorar así el feliz de­senlace que nos has prometido para cada problema que podamos percibir y para cada prueba por la que todavía creemos que tenemos que pasar.



Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Las promesas de Dios no hacen excepciones. Y Él garantiza que la dicha será el desenlace final de todas las cosas. De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso: hasta cuándo vamos a permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya. (1:1-3)
“De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso”. Siempre volvemos a eso: Cuándo sentiremos el resultado de la dicha en todas las cosas depende de nosotros. Si siento algo que no sea dicha total se debe a mi propia elección de “permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya”. Me parece que es mi propia voluntad la que a veces se opone a la de Dios. Parece que no quiero abandonar las pequeñas comodidades, las complacencias físicas, mentales y emocionales que me concedo continuamente con la ilusión de que las necesito.

La ley de la percepción afirma: “ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté” (T.25.III.1:3). Si veo en mí una voluntad diferente a la de Dios, la veo porque creo que está ahí. Creo que mi voluntad es diferente de la de Dios. Y creo eso porque quiero creerlo. Si soy semejante a Dios en todo, Dios y yo sólo tenemos una Voluntad, y la voluntad ajena que percibo no es nada. ¡Ésa es la verdad exacta! ¡La voluntad ajena no es nada! No existe. Por eso quiero ver “mi” voluntad que se opone a la de Dios, y por eso la veo. El aparente conflicto en mi vida es el intento inútil del ego de aferrarse a su identidad que es completamente ilusoria.

La verdad del asunto es que lo que veo (mi resistencia a la Voluntad de Dios, que es mi perfecta felicidad) no existe. Lo estoy proyectando desde mi mente. Lo que veo es una ilusión de mí mismo. No es real y, por lo tanto, no trae ni pizca de culpa.

Pues mientras pensemos que esa voluntad es real, no hallaremos el final que Él ha dispuesto sea el desenlace de todos los problemas que percibimos, de todas las tribulaciones que vemos y de todas las situaciones a que nos enfrentamos. (1:4)

Nos demos cuenta de ello o no, todos nosotros vamos por ahí la mayor parte del tiempo inquietos por la contracorriente de resistencia a Dios que creemos que existe dentro de nosotros. Pensamos que es real. Leemos Un Curso de Milagros y decidimos ser más amorosos, perdonar más, y luego encontramos una profunda resistencia a esa idea, un muro aparentemente imponente que no nos va a permitir cambiar. Tenemos una adicción que no podemos romper. Descubrimos una relación en la que el perdón es imposible a pesar de todos nuestros esfuerzos. Decidimos que “Hoy no juzgaré nada de lo que suceda”, y luego, diez minutos más tarde, estallamos de ira por una pequeña injusticia. Y sentimos desesperación, sentimos que no podemos hacerlo, que en cierto modo somos incorregibles, que una parte de nosotros está fuera del alcance de la salvación, que una parte de nuestra voluntad se opondrá a Dios sin remedio.

Jesús nos dice que mientras creamos que esta parte de nosotros que parece oponerse a Dios es real, no encontraremos el mundo real. No encontraremos la manera de escaparnos. No encontraremos “el desenlace feliz de todas las cosas”.

Tenemos que llegar al punto en el que somos conscientes de ese nudo cabezota dentro de nosotros y conscientes al mismo tiempo de que no es real. Tenemos que llegar al estado en que lo vemos, lo reconocemos, y nos hacemos responsables de él y, sin embargo lo hacemos sin culpa. Mirar a la oscuridad del ego sin culpa es posible sólo si, mientras miramos, hemos abandonado toda creencia en su realidad. Eso es lo que el Espíritu Santo nos permitirá hacer. Al hacerlo, nos daremos cuenta de que el ego es una ilusión de nosotros mismos proyectada desde nuestra mente, nada más que una ilusión, y por lo tanto no es nada por lo que disgustarnos. “Sí. Veo el nudo de resistencia dentro de mí, pero lo que veo no está realmente ahí. Lo estoy viendo, pero no es real. No cambia nada la realidad. Yo soy el Hijo que Dios ama, aunque ahora no pueda verlo”.

Queremos que el nudo del ego cambie. Queremos que desaparezca ahora mismo. Y mientras creamos en su realidad, no desaparecerá. El ego es incorregible. El perdón a uno mismo supone aceptar eso acerca de nosotros. El ego siempre será el ego, ésa es la mala noticia. Pero el ego no es lo que somos, y ésa es la buena noticia.

Cuando nos damos cuenta de que estamos escuchando al ego, creyendo en la realidad de una voluntad ajena, podemos aprender a no lo tomarlo en serio. Es como si dijéramos: “Otra vez estaba soñando. Ahora elijo despertar”. Y si nos damos cuenta de que todavía no estamos preparados para despertar del todo, si la apariencia de la resistencia en nosotros todavía parece real, podemos decir: “Sí. Veo que todavía no estoy despierto y que todavía parece real, pero al menos me doy cuenta de que estoy soñando”. El ego no tiene ninguna importancia. Como Ken Wapnick dice: “No es gran cosa”. Aunque parezcamos atrapados en el sueño, no tenemos que sentirnos culpables por ello.

Mas ese final es seguro. Pues la Voluntad de Dios se hace en la tierra, así como en el Cielo. Lo buscaremos y lo hallaremos, tal como dispone Su Voluntad, la Cual garantiza que nuestra voluntad se hace. (1:5-7)

Toda la furia del ego, toda la aparente lucha: todo es un sueño. El final es seguro y la locura del ego no le afecta nada. No hay ninguna voluntad que se oponga a la de Dios y, por lo tanto, Su Voluntad y la nuestra se hará. De hecho, mi voluntad y la de Dios son la misma, lo que garantiza el resultado final. La locura del sueño del ego no tiene efectos, igual que un sueño no tiene efectos en el mundo físico. La locura del ego es únicamente un juego de imágenes en la mente, y nada más que eso. Al final no quedará nada más que pura dicha.

Te damos gracias, Padre, por Tu garantía de que al final todo tendrá un desenlace feliz. Ayúdanos a no interferir y demorar así el feliz desenlace que nos has prometido para cada problema que podamos percibir y para cada prueba por la que todavía creemos que tenemos que pasar. (2:1-2)

“Ayúdanos a no interferir”. Ésa es nuestra oración. Resistir al ego, sentirnos culpables por él, luchar por cambiarlo, o despreciarnos a nosotros por su causa, todas ellas son formas de interferencia. Todas ellas hacen que el error de creer en el ego parezca real, creyendo que realmente hay una voluntad ajena dentro de nosotros que se opone a Dios. No interferir es reconocer que el ego es sólo un sueño acerca de nosotros mismos, y que no hay que hacer nada acerca de ello. La fuerza más poderosa “en contra” del ego es el pensamiento: “No importa. No significa nada”. Únicamente llévaselo al Espíritu Santo y deja que Él se encargue. Di: “¡Vaya! Ya estoy soñando otra vez”. Y abandónalo.



¿Qué es el mundo real? (Parte 2)

L.pII.8.1:3-4

El mundo es un símbolo, de miedo o de amor. “Ves tu mundo a través de los ojos del miedo, lo cual te trae a la mente los testigos del terror” (1:3). La voz que elegimos escuchar, dentro de nuestra mente, determina lo que vemos. Si elegimos escuchar al miedo, el mundo que vemos representa al miedo, y está lleno de “los testigos del terror”. El mundo entonces nos dice lo que nosotros le hemos dicho que nos diga.

Cuando escuchamos al miedo, vemos cosas en el mundo que justifican nuestro miedo. Vemos odio, ataque, egoísmo, ira, conflicto y asesinato. Todo esto son interpretaciones de lo que estamos viendo. En cada caso siempre hay otra interpretación posible. Podemos unir nuestra percepción a la del Espíritu Santo, y Él nos permitirá ver el mundo de manera diferente.

“El mundo real sólo lo pueden percibir los ojos que han sido bendecidos por el perdón, los cuales, consecuentemente, ven un mundo donde el terror es imposible y donde no se puede encontrar ningún testigo del miedo” (1:4). Cuando escuchamos al amor o al perdón, vemos cosas en el mundo que justifican nuestro amor. Nada de lo que vemos da testimonio del terror. Imagínate un mundo en el que “el terror es imposible”, donde nada de lo que ves te dice: “¡Ten Miedo!” Ése es el mundo real tal como lo define el Curso. Todo se ve a través de “ojos que han sido bendecidos por el perdón”. La interpretación de todo lo que vemos se vuelve completamente diferente del que estamos acostumbrados.

La mente determina qué mundo vemos. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos elegir lo que queremos ver, y lo veremos. El mundo al que miramos puede haber cambiado o no, pero la interpretación que hacemos de él habrá cambiado totalmente. Ya no veremos más ninguna de las formas de miedo que el ego ha inventado, en su lugar lo único que veremos será amor o petición de amor. Nada de lo que veamos exigirá condena o castigo. Todo lo que veamos pedirá únicamente amor.





TEXTO  


9. ¿Y qué puede pedirte el Amor a ti que piensas que todo esto es verdad? 2¿Podría Él, con justicia y con amor, creer que en tu con­fusión tienes algo que dar? 3No se te pide que tengas mucha con­fianza en Él, 4sino la misma que ves que Él te ofrece y que reconoces que no podrías tener en ti mismo. 5Él ve todo lo que tú mereces a la luz de la justicia de Dios, pero también se da cuenta de que no puedes aceptarlo. 6Su función especial consiste en ofrecerte los regalos que los inocentes merecen. 7Y cada regalo que aceptas le brinda alegría a Él y a ti. 8Él sabe que el Cielo se enri­quece con cada regalo que aceptas. 9Y Dios Se alegra cuando Su Hijo recibe lo que la amorosa justicia sabe que le corresponde. 10Pues el amor y la justicia no son diferentes. 11Precisamente por­que son lo mismo la misericordia se encuentra a la derecha de Dios, y le da al Hijo de Dios el poder de perdonarse a sí mismo sus pecados.

10¿Cómo se le iba a poder privar de algo a aquel que todo lo merece? 2Pues eso sería una injusticia, y ciertamente no sería justo para con toda la santidad que hay en él, por mucho que él no la reconozca. 3Dios no sabe de injusticias. 4Él no permitiría que Su Hijo fuese juzgado por aquellos que quieren destruirlo y que no pueden ver su valía en absoluto. 5¿Qué testigos fidedig­nos podrían convocar para que hablasen en su defensa? 6¿Y quién vendría a interceder en su favor, en lugar de abogar por su muerte? 7Tú no le harías justicia. 8No obstante, Dios se aseguró de que se hiciese justicia con el Hijo que Él ama, y de que ésta lo protegiese de cualquier injusticia que tratases de cometer contra él, al creer que la venganza es su merecido.

11. De la misma manera en que al especialismo no le importa quién paga el costo del pecado con tal de que se pague, al Espí­ritu Santo le es indiferente quién es el que por fin contempla la inocencia, con tal de que ésta se vea y se reconozca. 2Pues con un sólo testigo basta. 3La simple justicia no pide nada más. 4El Espí­ritu Santo le pregunta a cada uno si quiere ser ese testigo, de forma que la justicia pueda ser restituida al amor y quede allí satisfecha. 5Cada función especial que Él asigna es sólo para que cada uno aprenda que el amor y la justicia no están separados, 6que su unión los fortalece a ambos. 7Sin amor, la justicia está llena de prejuicios y es débil. 8Y el amor sin justicia es imposible. 9Pues el amor es justo y no puede castigar sin causa. 10¿Qué causa podría haber que justificase un ataque contra los que son inocen­tes? 11El amor, entonces, corrige todos los errores con justicia, no con venganza. 12Pues eso sería injusto para con la inocencia.

12. Tú puedes ser un testigo perfecto del poder del amor y de la justicia, si comprendes que es imposible que el Hijo de Dios merezca venganza. 2No necesitas percibir que esto es verdad en toda circunstancia. 3Tampoco necesitas corroborarlo con tu expe­riencia del mundo, que no es sino una sombra de todo lo que realmente está sucediendo dentro de ti. 4El entendimiento que necesitas no procede de ti, sino de un Ser más grande, tan excelso y santo que no podría dudar de Su propia inocencia. 5Tu función especial es que lo invoques, para que te sonría a ti cuya inocencia Él comparte. 6Su entendimiento será tuyo. 7Y así, la función espe­cial del Espíritu Santo se habrá consumado. 8El Hijo de Dios ha encontrado un testigo de su inocencia y no de sus pecados. 9¡Cuán poco necesitas darle al Espíritu Santo para que simplemente se te haga justicia!

13. Sin imparcialidad no hay justicia. 2¿Cómo iba a poder ser justo el especialismo? 3No juzgues, mas no porque tú seas también un miserable pecador, sino porque no puedes. 4¿Cómo iban a poder entender los que se creen especiales que la justicia es igual para todo el mundo? 5Quitar a uno para dar a otro es una injusticia contra ambos, pues los dos son iguales ante los ojos del Espíritu Santo. 6Su Padre les dio a ambos la misma herencia. 7El que desea tener más o tener menos, no es consciente de que lo tiene todo. 8El que él se crea privado de algo no le da el derecho de ser juez de lo que le corresponde a otro. 9Pues en tal caso, no puede sino sentir envidia y tratar de apoderarse de lo que le pertenece a aquel a quien juzga. 10No es imparcial ni puede ver de manera justa los derechos de otro porque no es consciente de los suyos propios.


14. Tú tienes derecho a todo el universo, a la paz perfecta, a la completa absolución de todas las consecuencias del pecado, y a la vida eterna, gozosa y completa desde cualquier punto de vista, tal como la Voluntad de Dios dispuso que Su santo Hijo la tuviese. 2Ésta es la única justicia que el Cielo conoce y lo único que el Espíritu Santo trae a la tierra. 3Tu función especial te muestra que sólo la justicia perfecta puede prevalecer sobre ti. 4Y así, estás a salvo de cualquier forma de venganza. 5El mundo engaña, pero no puede reemplazar la justicia de Dios con su propia versión. 6Pues sólo el amor es justo y sólo él puede percibir lo que la justi­cia no puede sino concederle al Hijo de Dios. 7Deja que el amor decida, y nunca temas que, por no ser justo, te vayas a privar a ti mismo de lo que la justicia de Dios ha reservado para ti.