LECCION DEL DIA

DESPERTAR AL AMOR

jueves, 18 de octubre de 2018

18 OCTUBRE: Éste es un día de sosiego y de paz.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


8. ¿Qué es el mundo real?


1. El mundo real es un símbolo, como todo lo demás que la per­cepción ofrece. 2No obstante, es lo opuesto a lo que tú fabricaste. 3Ves tu mundo a través de los ojos del miedo, lo cual te trae a la mente los testigos del terror. 4El mundo real sólo lo pueden perci­bir los ojos que han sido bendecidos por el perdón, los cuales, consecuentemente, ven un mundo donde el terror es imposible y donde no se puede encontrar ningún testigo del miedo.

2. El mundo real te ofrece una contrapartida para cada pensa­miento de infelicidad que se ve reflejado en tu mundo, una corrección segura para las escenas de miedo y los clamores de batalla que pueblan tu mundo. 2El mundo real muestra un mundo que se contempla de otra manera: a través de ojos serenos y de una mente en paz. 3Allí sólo hay reposo. 4No se oyen gritos de dolor o de pesar, pues allí nada está excluido del perdón. 5Y las escenas que se ven son apacibles, 6pues sólo escenas y sonidos felices pueden llegar hasta la mente que se ha perdonado a sí misma.

3. ¿Qué necesidad tiene dicha mente de pensamientos de muerte, asesinato o ataque? 2¿De qué puede sentirse rodeada sino de segu­ridad, amor y dicha? 3¿Qué podría haber que ella quisiese conde­nar? a¿Y contra qué querría juzgar? 4El mundo que ve emana de una mente que está en paz consigo misma. 5No ve peligro en nada de lo que contempla, pues es bondadosa, y lo único que ve es bondad.
4. El mundo real es el símbolo de que al sueño de pecado y cul­pabilidad le ha llegado su fin y de que el Hijo de Dios ha desper­tado. 2Y sus ojos, abiertos ahora, perciben el inequívoco reflejo del Amor de su Padre, la infalible promesa de que ha sido redi­mido. 3El mundo real representa el final del tiempo, pues cuando se percibe, el tiempo deja de tener objeto.

5. El Espíritu Santo no tiene necesidad del tiempo una vez que éste ha servido el propósito que Él le había asignado. 2Ahora espera un sólo instante más para que Dios dé el paso final y el tiempo desaparezca llevándose consigo la percepción y dejando solamente a la verdad para que sea tal como es. 3Ese instante es nuestro objetivo, pues en él yace el recuerdo de Dios. 4Y al con­templar un mundo perdonado, Él es Quien nos llama y nos viene a buscar para llevarnos a casa, recordándonos nuestra Identidad, la cual nos ha sido restituida mediante nuestro perdón.


AUDIOLIBRO



EJERCICIOS  


LECCIÓN 291


Éste es un día de sosiego y de paz.


1. Hoy la visión de Cristo contempla todo a través de mí. 2Su vista me muestra que todas las cosas han sido perdonadas y que se encuentran en paz, y le ofrece esa misma visión al mundo. 3En su nombre acepto esta visión para mí, así como para el mundo. 4¡Cuánta hermosura contemplamos en este día! 5¡Cuánta santi­dad vemos a nuestro alrededor! 6Y se nos concede reconocer que es una santidad que compartimos, pues es la Santidad de Dios Mismo.

2. Mi mente se aquieta hoy, para recibir los Pensamientos que Tú me ofreces. 2Y acepto lo que procede de Ti, en lugar de lo que procede de mí. 3No sé cómo llegar hasta Ti. 4Mas Tú lo sabes perfectamente. 5Padre, guía a Tu Hijo por el tranquilo sendero que conduce a Ti. 6Haz que mi perdón sea total y completo y que Tu recuerdo retorne a mí.




Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Escribo mis comentarios sobre esta lección al final del día (así os estará esperando en vuestro e-mail mañana1). Hoy mi día parecía ser cualquier cosa menos un día de sosiego y de paz, más bien un día de un ritmo asombroso. Iba corriendo para satisfacer las necesidades de mi cuerpo, comprando comestibles que se me habían agotado, vitaminas, cuchillas de afeitar, y otras cosas. En el fondo de mi mente tenía un librito que estaba a punto de terminar (y ya iba con retraso), un folleto sobre un cursillo que se acercaba, algunas llamadas de teléfono que tenía que hacer, un montón de correspondencia por leer y contestar. La comida a las 3:45 de la tarde y la cena a las 8:15. Mis asuntos son diferentes de los tuyos pero estoy seguro que muchos días tuyos son de estilo parecido, aunque no en contenido.

Todos tenemos las exigencias del tiempo y de las circunstancias sobre nosotros. ¿Cómo encontramos paz interior en el medio de todo esto? Esta lección habla de “la visión de Cristo” que “hoy contempla todo a través de mí” (1:1). “Su vista me muestra que todas las cosas han sido perdonadas y que se encuentran en paz, y le ofrece esa misma visión al mundo” (1:2). La paz de la que se habla aquí viene de una perspectiva diferente, es una paz interior. En otro sitio del Curso se reconoce que cuando vivimos en este mundo estamos metidos en el “ajetreo” (T.18.VII.8:3). No es que el ajetreo cese, sino que nuestra mente puede estar en paz metidos de lleno en el ajetreo, en un “tranquilo centro” desde el que actuamos (la misma referencia).

No he hecho muy bien eso de mantener hoy ese tranquilo centro, mejor dicho, recordar que estaba ahí y que podía usarlo; más bien estaba funcionando desde la superficie de mi mente. Como resultado, me he sentido frenético. Esta lección me llama al hogar original. La visión que Cristo me ofrece es de hermosura y santidad (1:4-5). Es la vista de un mundo perdonado, cuyo perdón incluye el mío propio. Es la paz de saber que aunque olvide el papel higiénico o no escriba la carta que tengo que escribir, mi Ser no ha cambiado, Dios es mi Padre, y yo comparto la santidad de Dios Mismo.

Hoy en mi exceso de actividad había una sensación de que, en cierto modo, mi salvación dependía de recordar todo lo que tenía que comprar, o terminar todas las tareas que tenía que cumplir. ¡Qué alivio saber que estaba equivocado! Incluso en mi estudio del Curso, a veces me entra ansiedad pensando que tengo que entender todo perfectamente para encontrar mi camino al Hogar. En lugar de ello, como dice esta lección, puedo relajarme:

No sé cómo llegar hasta Ti. Mas Tú lo sabes perfectamente. Padre, guía a Tu Hijo por el tranquilo sendero que conduce a Ti. Haz que mi perdón sea total y completo y que Tu recuerdo retorne a mí. (2:3-6)



¿Qué es el mundo real? (Parte 1)

L.pII.8.1:1-2

Cuando el Curso trata de las palabras “el mundo real”, es algo contradictorio. Hemos leído antes en el Libro de Ejercicios su afirmación: “¡El mundo no existe!” (L.132.6:2). Entonces, ¿cómo puede haber un mundo real? Incluso admite que hay contradicción en estas palabras (T.26.III.3:3). Y aquí se nos dice en la frase del comienzo del tema: “El mundo real es un símbolo” (1:1). Un símbolo no es la cosa que representa, sólo representa algo más, la palabra “árbol” representa al objeto que llamamos con ese nombre. El mundo real es sólo un símbolo, “como todo lo demás que la percepción ofrece” (1:1).

La palabra “árbol” no es el árbol. Del mismo modo, el mundo real no es la cosa que representa. Sólo la representa. “No obstante, es lo opuesto a lo que tú fabricaste” (1:2). Nosotros inventamos la separación, el mundo real simboliza la unión (pero no es la unión). Nosotros inventamos el miedo, el mundo real simboliza el Amor (pero no es el Amor). Nosotros inventamos el error, el mundo real simboliza la verdad (pero no es la verdad).

El mundo en sí mismo no es nada sino el símbolo de un pensamiento. Puede simbolizar el pensamiento de miedo o puede simbolizar el pensamiento de Amor. Según lo veamos puede consistir en “testigos del miedo” o “testigos del Amor” (L.pII.7.2:2). El mundo en sí mismo no es la realidad de nada, sólo representa algo que hay en la mente, como toda la percepción. Es “la imagen externa de una condición interna” (T.21.In.1:5). Lo que cambia en la transformación que hace el Espíritu Santo no es el mundo en sí mismo, sino la manera en que lo vemos, lo que simboliza para nosotros. Por eso el mensaje del Curso para nosotros es: “No trates, por lo tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él” (T.21.In.1:7).

El mundo real que buscamos, y que es la meta del Curso para nosotros, no es un mundo cambiado sino una manera diferente de ver el mundo.





TEXTO



IX. La justicia del Cielo


1. ¿Qué otra cosa sino la arrogancia podría pensar que la justicia del Cielo no puede eliminar tus insignificantes errores? 2¿Y qué podría significar eso, sino que son pecados y no errores, eterna­mente incorregibles y a los que hay que corresponder con ven­ganza y no con justicia? 3¿Estás dispuesto a que se te libere de todas las consecuencias del pecado? 4No puedes contestar esta pregunta hasta que entiendas todo lo que implica la respuesta. 5Pues si contestas "sí" significa que renuncias a todos los valores de este mundo en favor de la paz del Cielo. 6Significa también que no vas a conservar ni un solo pecado 7ni a abrigar ninguna duda de que esto es posible que le permitiese al pecado conser­var su lugar. 8Significa asimismo que ahora la verdad tiene más valor para ti que todas las ilusiones. 9Y reconoces que la verdad tiene que serte revelada, ya que no sabes lo que es.

2. Dar a regañadientes es no recibir el regalo, pues no estás dis­puesto a aceptarlo. 2Se te guarda hasta que tu renuencia a recibirlo desaparezca y estés dispuesto a que te sea dado. 3La justicia de Dios merece gratitud, no temor. 4Ni tú ni nadie puede perder nada que deis, sino que todo ello se atesora y se guarda en el Cielo, donde todos los tesoros que le han sido dados al Hijo de Dios se conservan para él y se le ofrecen a todo aquel que simplemente extiende la mano dispuesto a recibirlos. 5El tesoro no merma al ser dado. 6Cada regalo no hace sino aumentar el caudal de su riqueza, 7pues Dios es justo. 8Él no lucha contra la renuencia de Su Hijo a percibir la salvación como un regalo procedente de Él. 9Mas Su justicia no quedará satisfecha hasta que todos la reciban.

3. Puedes estar seguro de que la solución a cualquier problema que el Espíritu Santo resuelva será siempre una solución en la que nadie pierde. 2Y esto tiene que ser verdad porque Él no le exige sacrificios a nadie. 3Cualquier solución que le exija a alguien la más mínima pérdida, no habrá resuelto el problema, sino que lo habrá empeorado, haciéndolo más difícil de resolver y más injusto. 4Es imposible que el Espíritu Santo pueda ver cual­quier clase de injusticia como la solución. 5Para Él, lo que es injusto tiene que ser corregido porque es injusto. 6todo error es una percepción en la que, como mínimo, se ve a uno de los Hijos de Dios injustamente. 7De esta forma es como se priva de justicia al Hijo de Dios. 8Cuando se considera a alguien un perdedor, se le ha condenado. 9el castigo, en vez de la justicia, se convierte en su justo merecido.

4. Ver la inocencia hace que el castigo sea imposible y la justicia inevitable. 2La percepción del Espíritu Santo no da cabida al ata­que. 3Lo único que podría justificar el ataque son las pérdidas, y Él no ve pérdidas de ninguna clase. 4El mundo resuelve problemas de otra manera. 5Pues ve la solución a cualquier problema como un estado en el que se ha decidido quién ha de ganar y quién ha de perder; con cuánto se va a quedar uno de ellos y cuánto puede todavía defender el perdedor. 6Mas el problema sigue sin resol­verse, pues sólo la justicia puede establecer un estado en el que nadie pierde y en el que a nadie se le trata injustamente o se le priva de algo, lo cual le daría motivos para vengarse. 7Ningún problema se puede resolver mediante la venganza, que en el mejor de los casos no haría sino dar lugar a otro problema, en el que el asesinato no es obvio.

5. La forma en que el Espíritu Santo resuelve todo problema es la manera de solventarlo. 2El problema queda resuelto porque se ha tratado con justicia. 3Hasta que esto no se haga, seguirá repitién­dose porque aún no se habrá solventado. 4El principio según el cual la justicia significa que nadie puede perder es crucial para el objetivo de este curso. 5Pues los milagros dependen de la justicia. 6Mas no como la ve el mundo, sino como la conoce Dios y como este conocimiento se ve reflejado en la visión que ofrece el Espí­ritu Santo.

6. Nadie merece perder. 2Y es imposible que lo que supone una injusticia para alguien pueda ocurrir. 3La curación tiene que ser para todo el mundo, pues nadie merece ninguna clase de ataque. 4¿Qué orden podría haber en los milagros, si algunas personas mereciesen sufrir más y otras menos? 5¿Y sería esto justo para aquellos que son totalmente inocentes? 6Todo milagro es justo. 7No es un regalo especial que se les concede a algunos y se les niega a otros, por ser éstos menos dignos o estar más condena­dos, y hallarse, por lo tanto, excluidos de la curación. 8¿Quién puede estar excluido de la salvación, si el propósito de ésta es precisamente acabar con el especialismo? 9¿Dónde se encontraría la justicia de la salvación, si algunos errores fuesen imperdona­bles y justificasen la venganza en lugar de la curación y el retorno a la paz?

7. El propósito de la salvación no puede ser ayudar al Hijo de Dios a que sea más injusto de lo que él ya ha procurado ser. 2Si los milagros, que son el don del Espíritu Santo, se otorgasen exclusivamente a un grupo selecto y especial y se negasen a otros por ser éstos menos merecedores de ellos, entonces Él sería el aliado del especialismo. 3El Espíritu Santo no da fe de lo que no puede percibir. 4todos tienen el mismo derecho a Su don de curación, liberación y paz. 5Entregarle un problema al Espíritu Santo para que Él lo resuelva por ti, significa que quieres que se resuelva. 6Mas no entregárselo a fin de resolverlo por tu cuenta y sin Su ayuda, es decidir que el problema siga pendiente y sin resolver, haciendo así que pueda seguir dando lugar a más injusticias y ataques. 7Nadie puede ser injusto contigo, a menos que tú hayas decidido ser injusto primero. 8En ese caso, es inevitable que surjan problemas que sean un obstáculo en tu camino, y que la paz se vea disipada por los vientos del odio.

8. A menos que pienses que todos tus hermanos tienen el mismo derecho a los milagros que tú, no reivindicarás tu derecho a ellos, al haber sido injusto con otros que gozan de los mismos derechos que tú. 2Si tratas de negarle algo a otro, sentirás que se te ha negado a ti. 3Si tratas de privar a alguien de algo, te habrás pri­vado a ti mismo. 4Es imposible recibir un milagro que otro no pueda recibir. 5Sólo el perdón ofrece milagros. 6Y el perdón tiene que ser justo con todo el mundo.

9. Los pequeños problemas que ocultas se convierten en tus pecados secretos porque no elegiste que se te liberase de ellos. 2así, acumulan polvo y se vuelven cada vez más grandes hasta cubrir todo lo que percibes, impidiéndote así ser justo con nadie. 3No crees tener ni un solo derecho. 4la amargura, al haber justi­ficado la venganza y haber hecho que se pierda la misericordia, te condena irremisiblemente. 5Los irredentos no tienen misericordia para con nadie. 6Por eso es por lo que tu única responsabilidad es aceptar el perdón para ti mismo.

10Das el milagro que recibes. 2cada uno de ellos se convierte en un ejemplo de la ley en la que se basa la salvación: que si uno solo ha de sanar, se les tiene que hacer justicia a todos. 3Nadie puede perder y todos tienen que beneficiarse. 4Cada milagro es un ejem­plo de lo que la justicia puede lograr cuando se ofrece a todos por igual, 5pues se recibe en la misma medida en que se da. 6Todo milagro es la conciencia de que dar y recibir es lo mismo. 7Puesto que no hace distinciones entre los que son iguales, no ve diferen­cias donde no las hay. 8Y así, es igual con todos porque no ve diferencia alguna entre ellos. 9Su ofrecimiento es universal y sólo enseña un mensaje:



10Lo que es de Dios le pertenece a todo el mundo, y es su derecho inalienable.













miércoles, 17 de octubre de 2018

17 OCTUBRE: Lo único que veo es mi actual felicidad.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 290


Lo único que veo es mi actual felicidad.


1. A menos que contemple lo que no está ahí, lo único que veo es mi actual felicidad. 2Los ojos que comienzan a abrirse por fin pue­den ver. 3Y deseo que la visión de Cristo descienda sobre mí hoy mismo. 4Pues lo que percibo a través de mi propia vista sin la Corrección que Dios me dio para ella, es atemorizante y doloroso de contemplar. 5Mas no voy a permitir que mi mente se siga enga­ñando un solo instante más, creyendo que el sueño que inventé es real. 6Éste es el día en que voy en pos de mi actual felicidad y en el que no he de contemplar nada que no sea lo que busco.

2. Con esta resolución vengo a Ti, y te pido que me prestes tu fortaleza, mientras procuro únicamente hacer Tu Voluntad. 2No puedes dejar de oírme, Padre. 3Pues lo que pido ya me lo has dado. 4Y estoy seguro de que hoy veré mi felicidad.




Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

“A menos que contemple lo que no está ahí, lo único que veo es mi actual felicidad” (1:1). Ésa es la clave: no mirar a lo que no está aquí. Muy a menudo miramos al pasado o al futuro, como estaba haciendo esta mañana mientras estaba tumbado en la cama. Ni el pasado ni el futuro están aquí. Por definición, son “no ahora”.

Lo que Jesús dice aquí es que si podemos por un momento dejar de mirar al pasado o al futuro, lo que veremos es la felicidad actual. Como dice un gurú: “Ya eres siempre feliz”. ¿Qué tiene esto que ver con el título de esta lección que el Espíritu Santo me enseña? “Lo que percibo a través de mi propia vista sin la Corrección (del Espíritu Santo) que Dios me dio para ella, es atemorizante y doloroso de contemplar” (1:4). El futuro es temible, el pasado es doloroso. Para ver necesito las gafas correctoras del Espíritu Santo.

El mundo que veo es doloroso porque el ego lo inventó para apoyarse y reforzarse a sí mismo. Si continúo mirándolo a través de los ojos que el ego fabricó, voy a ver testigos de la maldad, del pecado, del peligro y de la culpa. Necesito verlo de una manera diferente.

No se me pide que cierre los ojos y finja que el mundo no está ahí. Se me pide que voluntariamente me ponga las gafas correctoras y vea el mundo de manera diferente: como un testigo del Amor, de la dicha y de la paz. Lo primero de todo, en esta lección se me pide que mire dentro y me dé cuenta de que dejando de lado el pasado y el futuro, yo soy feliz por naturaleza. Se me pide que deje de mirar a lo que no está ahí. Ver lo que está aquí es el siguiente paso, y no habrá ninguna dificultad porque empiezo desde un estado de felicidad.

Si ya soy feliz, nada del presente puede cambiarlo porque no me falta nada, ya estoy en la felicidad.

Ésta es una gran técnica para la meditación: cuando surgen pensamientos, si se refieren al pasado, déjalos que se vayan flotando (como una hoja arrastrada por el agua). Si haces eso, lo que siempre descubrirás es tu felicidad actual. No tienes que fabricarla porque existe siempre.



¿Qué es el Espíritu Santo? (Parte 10)

L.pII.7.5:3-4

El Espíritu Santo es el regalo de Dios mediante el cual se le restituye la quietud del Cielo al bienamado Hijo de Dios. (5:3)

Me siento tan agradecido hoy por este regalo, sin el que la quietud del Cielo estaría fuera de mi alcance para siempre. Si tuviera que responder a la pregunta que plantea esta página ¿Qué es el Espíritu Santo?, lo haría así:

El Espíritu Santo es el regalo de Dios para devolver nuestra mente (atrapada en la ilusión) a la paz y a la cordura. Él es la unión entre nuestra mente y la de Dios. Puesto que es consciente tanto de la eterna verdad de Dios como de nuestra locura, Él puede usar las mismas ilusiones que hemos inventado para hacernos regresar a la realidad. Le llevamos nuestras ilusiones, y Él las cambia de testigos del miedo a testigos del Amor, dándonos una nueva interpretación de todo lo que vemos. Esta nueva interpretación está tan de acuerdo con la verdad que permite el fin de toda interpretación y el paso de nuestra mente al estado original del conocimiento.

¿Te negarías a asumir la función de completar a Dios, cuando todo lo que Su Voluntad dispone es que tú estés completo? (5:4)

Una vez más el Curso nos pide que tomemos parte activa en este proceso y que desempeñemos la función que Dios nos dio: completarle. Ésa es una frase sorprendente, ¿verdad? En otro lugar el Curso nos dice que siempre que pongamos en duda nuestra valía, deberíamos decir: “Dios Mismo está incompleto sin mí” (T.9.VII.8:2). Un poco más tarde explica: “Dios está incompleto sin ti porque Su grandeza es total, y tú no puedes estar excluido de ella” (T.9.VIII.9:8). Nos dice: “Sin ti, a Dios le faltaría algo, el Cielo estaría incompleto y habría un Hijo sin Padre” (T.24.VI.2:1).

Por supuesto, es imposible que Dios esté incompleto: “Dios no está incompleto y sin Hijos” (T.11.I.5:6). La cuestión es que somos parte de Dios, entonces Dios estaría incompleto si no estuviésemos unidos a Él para siempre. Estamos en Dios y, por lo tanto, aceptemos la parte en Él que nos ha dado, y pongamos fin a nuestro rechazo a hacerlo. Nuestra parte en completar a Dios es estar completos: “…todo lo que Su Voluntad dispone es que tú estés completo” (5:4). Únicamente se nos pide que llevemos al Espíritu Santo nuestra ilusión de estar incompletos, de que nos falta algo (paz y felicidad), para que Él pueda deshacer esa ilusión y que nos hagamos conscientes de nuestro eterno estado de estar completos, de que nada nos falta.

El proceso de llevar nuestras ilusiones al Espíritu Santo parece a menudo temible porque, desde nuestro punto de vista, parece que supone una pérdida. Se nos pide que renunciemos a algo. Pero ese algo que se nos pide que abandonemos es nuestra ilusión de separación, nuestra ilusión de estar incompletos y que nos falta algo. Renunciamos a nuestra sensación de que algo nos falta, y recordamos nuestro estado de ser completos. Como dice la Lección 98, éste es un trato en el que no podemos perder:

Y puesto que el tiempo no tiene significado, se te está dando todo a cambio de nada. He aquí un trato en el que no puedes perder. Y lo que ganas es en verdad ilimitado. (L.98.6:3-5)






TEXTO  


9. ¿Y qué puede pedirte el Amor a ti que piensas que todo esto es verdad? 2¿Podría Él, con justicia y con amor, creer que en tu con­fusión tienes algo que dar? 3No se te pide que tengas mucha con­fianza en Él, 4sino la misma que ves que Él te ofrece y que reconoces que no podrías tener en ti mismo. 5Él ve todo lo que tú mereces a la luz de la justicia de Dios, pero también se da cuenta de que no puedes aceptarlo. 6Su función especial consiste en ofrecerte los regalos que los inocentes merecen. 7Y cada regalo que aceptas le brinda alegría a Él y a ti. 8Él sabe que el Cielo se enri­quece con cada regalo que aceptas. 9Y Dios Se alegra cuando Su Hijo recibe lo que la amorosa justicia sabe que le corresponde. 10Pues el amor y la justicia no son diferentes. 11Precisamente por­que son lo mismo la misericordia se encuentra a la derecha de Dios, y le da al Hijo de Dios el poder de perdonarse a sí mismo sus pecados.

10¿Cómo se le iba a poder privar de algo a aquel que todo lo merece? 2Pues eso sería una injusticia, y ciertamente no sería justo para con toda la santidad que hay en él, por mucho que él no la reconozca. 3Dios no sabe de injusticias. 4Él no permitiría que Su Hijo fuese juzgado por aquellos que quieren destruirlo y que no pueden ver su valía en absoluto. 5¿Qué testigos fidedig­nos podrían convocar para que hablasen en su defensa? 6¿Y quién vendría a interceder en su favor, en lugar de abogar por su muerte? 7Tú no le harías justicia. 8No obstante, Dios se aseguró de que se hiciese justicia con el Hijo que Él ama, y de que ésta lo protegiese de cualquier injusticia que tratases de cometer contra él, al creer que la venganza es su merecido.

11. De la misma manera en que al especialismo no le importa quién paga el costo del pecado con tal de que se pague, al Espí­ritu Santo le es indiferente quién es el que por fin contempla la inocencia, con tal de que ésta se vea y se reconozca. 2Pues con un sólo testigo basta. 3La simple justicia no pide nada más. 4El Espí­ritu Santo le pregunta a cada uno si quiere ser ese testigo, de forma que la justicia pueda ser restituida al amor y quede allí satisfecha. 5Cada función especial que Él asigna es sólo para que cada uno aprenda que el amor y la justicia no están separados, 6que su unión los fortalece a ambos. 7Sin amor, la justicia está llena de prejuicios y es débil. 8Y el amor sin justicia es imposible. 9Pues el amor es justo y no puede castigar sin causa. 10¿Qué causa podría haber que justificase un ataque contra los que son inocen­tes? 11El amor, entonces, corrige todos los errores con justicia, no con venganza. 12Pues eso sería injusto para con la inocencia.

12. Tú puedes ser un testigo perfecto del poder del amor y de la justicia, si comprendes que es imposible que el Hijo de Dios merezca venganza. 2No necesitas percibir que esto es verdad en toda circunstancia. 3Tampoco necesitas corroborarlo con tu expe­riencia del mundo, que no es sino una sombra de todo lo que realmente está sucediendo dentro de ti. 4El entendimiento que necesitas no procede de ti, sino de un Ser más grande, tan excelso y santo que no podría dudar de Su propia inocencia. 5Tu función especial es que lo invoques, para que te sonría a ti cuya inocencia Él comparte. 6Su entendimiento será tuyo. 7Y así, la función espe­cial del Espíritu Santo se habrá consumado. 8El Hijo de Dios ha encontrado un testigo de su inocencia y no de sus pecados. 9¡Cuán poco necesitas darle al Espíritu Santo para que simplemente se te haga justicia!

13. Sin imparcialidad no hay justicia. 2¿Cómo iba a poder ser justo el especialismo? 3No juzgues, mas no porque tú seas también un miserable pecador, sino porque no puedes. 4¿Cómo iban a poder entender los que se creen especiales que la justicia es igual para todo el mundo? 5Quitar a uno para dar a otro es una injusticia contra ambos, pues los dos son iguales ante los ojos del Espíritu Santo. 6Su Padre les dio a ambos la misma herencia. 7El que desea tener más o tener menos, no es consciente de que lo tiene todo. 8El que él se crea privado de algo no le da el derecho de ser juez de lo que le corresponde a otro. 9Pues en tal caso, no puede sino sentir envidia y tratar de apoderarse de lo que le pertenece a aquel a quien juzga. 10No es imparcial ni puede ver de manera justa los derechos de otro porque no es consciente de los suyos propios.


14. Tú tienes derecho a todo el universo, a la paz perfecta, a la completa absolución de todas las consecuencias del pecado, y a la vida eterna, gozosa y completa desde cualquier punto de vista, tal como la Voluntad de Dios dispuso que Su santo Hijo la tuviese. 2Ésta es la única justicia que el Cielo conoce y lo único que el Espíritu Santo trae a la tierra. 3Tu función especial te muestra que sólo la justicia perfecta puede prevalecer sobre ti. 4Y así, estás a salvo de cualquier forma de venganza. 5El mundo engaña, pero no puede reemplazar la justicia de Dios con su propia versión. 6Pues sólo el amor es justo y sólo él puede percibir lo que la justi­cia no puede sino concederle al Hijo de Dios. 7Deja que el amor decida, y nunca temas que, por no ser justo, te vayas a privar a ti mismo de lo que la justicia de Dios ha reservado para ti.













martes, 16 de octubre de 2018

16 OCTUBRE: El pasado ya pasó. No me puede afectar.


AUDIOLIBRO



EJERCICIOS  


LECCIÓN 289


El pasado ya pasó. No me puede afectar.


1. A menos que el pasado se haya borrado de mi mente, no podré contemplar el mundo real. 2Pues en ese caso no estaría contem­plando nada, sino viendo lo que no esta ahí. 3¿Cómo podría entonces percibir el mundo que el perdón ofrece? 4El propósito del pasado fue precisamente ocultarlo, pues dicho mundo sólo se puede ver en el ahora. 5No tiene pasado. 6Pues, ¿a qué se le puede conceder perdón sino al pasado, el cual al ser perdonado desapa­rece?

2. Padre, no me dejes contemplar un pasado que no existe. 2Pues Tú me has ofrecido Tu Propio sustituto: un mundo presente que el pasado ha dejado intacto y libre de pecado. 3He aquí el final de la culpabilidad. 4Y aquí me preparo para Tu paso final. 5¿Cómo iba a exigirte que siguieses esperando hasta que Tu Hijo encontrase la belleza que Tu dispusiste fuese el final de todos sus sueños y todo su dolor?





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

En el Curso estamos aprendiendo que la mente es la causa del mundo que vemos. Supongamos que me enfado con alguien. En lugar de suponer, como he hecho toda mi vida, que lo que he visto es real, reconozco que es una ilusión. No intento entenderlo, simplemente se lo ofrezco al Espíritu Santo. Reconozco que mis pensamientos de enfado no están causados por lo que veo, sino que están causados por mi interpretación de ello.

Mis pensamientos son anteriores a cualquier cosa que veo o que oigo. Muchas personas ven en esto lo que para mí es sólo una interpretación parcial. Piensan que nuestros pensamientos actuales no son causados por lo que está sucediendo ahora, sino que suponen que tiene que haber algo en el pasado que causó esos sentimientos. Su pregunta es: “¿Te acuerdas de algún otro momento en el que te sentiste así?” La idea es que puedes recordar algún acontecimiento pasado que provocó ese sentimiento, que puedes separar el sentimiento del de ahora. “No estoy enfadado contigo, estoy enfadado porque para mí representas a mi madre”. Ese tipo de cosas. El Curso habla acerca de estas “sombrías figuras” del pasado, pero señala que esas sombrías figuras “no son reales, y no pueden ejercer ningún dominio sobre ti, a menos que las lleves contigo” (T.13.IV.6:2). (Las secciones IV a VI del Capítulo 13 tratan de liberar el pasado). Dicho de otra manera, nuestra angustia o enfado actuales no están causados por el pasado, sino por una decisión presente de llevar su dolor al ahora. Una decisión que se toma ahora también puede deshacerse ahora.

El pasado “no me puede afectar”. Y los sentimientos del pasado tampoco pueden ser la causa de mis sentimientos. El error de relacionar emociones presentes con acontecimientos pasados, que ciertamente puede ser útil en cierto grado, es que relaciona falsamente algún acontecimiento o persona como la causa de mi sentimiento, entonces mi sentimiento es el efecto. La explicación que el Curso da es que “el pasado ya pasó”. Si veo el pasado, “estoy viendo lo que no está ahí” (1:2). El Curso dice que el único pensamiento que se puede tener del pasado es que no está aquí” (L.8.2:1). Ya no existe. Todo lo que existe es un pensamiento en mi mente que yo llamo un recuerdo, y ese recuerdo es imperfecto, desviado hacia mi interpretación y sin tener en cuenta la realidad interna de las otras personas que también estaban allí. Todo lo que recuerdo es lo que vi, lo que oí, lo que pensé, lo que sentí. Así que mi imagen del pasado es completamente inadecuada, y no puede ser la base de ningún juicio que tenga razón
.
Cuando reconozco que mi sentimiento de ahora está causado por ver acontecimientos actuales a través de un recuerdo del pasado, eso me puede servir para separar mis sentimientos de las cosas que están sucediendo ahora. Pero necesito dar un paso más. Necesito ver que mis sentimientos tampoco están causados por el pasado. El pasado no tiene poder sobre mí. El pasado no existe. El pasado que recuerdo son mis propios pensamientos acerca del pasado.

Si mis sentimientos no están causados por el presente ni por el pasado, entonces ¿qué los causa? Ciertamente el futuro no, que todavía no ha sucedido. Entonces ¿qué?

“Sólo mis propios pensamientos pueden afectarme” (L.338). Sólo mis pensamientos son la causa de mis sentimientos. Ésa es la causa. El Curso dice que finalmente tenemos que aprender que nada de fuera de nuestra mente puede afectarnos; que el pensamiento es lo único que existe. Todo lo demás es efecto del pensamiento, no la causa de nada (T.26.VII.4:9, T.10.In.1:1).

No hay nada externo a ti. Esto es lo que finalmente tienes que aprender. (T.18.VI.1:1-2)

¿Por qué tenemos pensamientos que causan malos sentimientos? Todo vuelve al pensamiento original de la separación. Pensamos que hemos robado nuestro ser a Dios, pensamos que logramos crear un ser separado, y pensamos que Dios tiene que estar enfadado. Creemos en la ira de Dios. En palabras menos teológicas, nos sentimos culpables porque nos vemos viviendo en un mundo que exige egoísmo para sobrevivir. Nos sentimos culpables porque pensamos que estamos separados y que es nuestra propia culpa.

Todos tenemos este profundo sentimiento de culpa, tan profundo que nos asusta. Ni siquiera podemos soportar mirarlo de frente. Tenemos miedo del olvido, de la muerte, y más aún del infierno. El miedo se disfraza de muchas formas: ira, depresión, celos, indiferencia. Abrimos los ojos e inmediatamente buscamos un chivo expiatorio, algo a lo que culpar por estos sentimientos terribles. Inevitablemente encontramos un culpable. “¡Tú! ¡Tú eres el que me ha robado la paz!” Inventamos el mundo para eso.

El Espíritu Santo entra en nuestra vida para “valerse de esos medios que inventaste a fin de exiliarte para llevar a tu mente allí donde verdaderamente se encuentra en su hogar” (L.pII.7.3:3). Miramos a cada acontecimiento como un posible chivo expiatorio para nuestros horribles sentimientos. El Espíritu Santo contempla cada acontecimiento como un medio para mostrarnos el Amor. Aprendemos a ver todo como Amor o como una petición de Amor. Para el ego, todo da testimonio de la separación y de la culpa. Para el Espíritu Santo, todo da testimonio de la realidad del Amor. Para ver el mundo que el perdón nos ofrece, tenemos que estar dispuestos a abandonar el pasado y a ver que no nos puede afectar ahora. El mundo perdonado únicamente se puede ver ahora. Tenemos que elegir dejar de mirar a “un pasado que ya no está aquí”.


¿Qué es el Espíritu Santo? (Parte 9)

L.pII.7.5:1-2

El Espíritu Santo es “el regalo que Tu Padre te hace. Es un llamamiento que el Amor le hace al Amor para que tan sólo sea lo que es” (L.pII.7.5:1-2). Eso es lo que hace la Llamada dentro de nosotros. Es el Amor llamándose a Sí Mismo para que sea Él Mismo. Cuando empiezo a sentir que Dios me llama a algún tipo de “rendición” que parece que estoy sometiendo mi voluntad a otra voluntad superior, me recuerdo que lo que está sucediendo es simplemente que me estoy rindiendo al Amor. Me estoy rindiendo a Mí Mismo, a lo que de verdad soy. Dios no me llama a que renuncie a mí mismo y me convierta en algo que no quiero ser, Dios me llama a que sea mi Ser. A que sea lo que fui creado y lo que todavía soy.

Me he confundido y convencido a mí mismo de que soy otra cosa, y ahora tengo miedo al oír la llamada a regresar a mí mismo, a “regresar al Amor” (como lo llama Marianne Williamson). Parece como si se me pidiera que renuncie a mí mismo, que me “rinda” a Dios a costa de mi propio ser. La verdad es justamente todo lo contrario. Se me pide que me rinda a lo que de verdad soy. Se me llama al Amor, porque Amor es lo que yo soy.






TEXTO 



VIII. La restitución de la justicia al amor



1. El Espíritu Santo puede usar todo lo que le ofreces para tu salvación. 2Pero no puede usar lo que te niegas a darle, ya que no puede quitártelo sin tu consentimiento. 3Pues si lo hiciera, cree­rías que te lo arrebató en contra de tu voluntad. 4Y así, no apren­derías que tu voluntad es no tenerlo. 5Él no necesita que estés completamente dispuesto a entregárselo, pues si ese fuese el caso, no tendrías ninguna necesidad de Él. 6Pero sí necesita que prefieras que Él lo tome a que tú te lo quedes sólo para ti, y que reconozcas que no sabes qué es lo que no supone una pérdida para nadie. 7Eso es lo único que se tiene que añadir a la idea de que nadie tiene que perder para que tú ganes. 8Nada más.

2. He aquí el único principio que la salvación requiere. 2No es necesario que tu fe en él sea firme e inquebrantable ni que esté libre del ataque de todas las creencias que se oponen a él. 3No tienes una lealtad fija. 4Pero recuerda que los que ya se han sal­vado no tienen necesidad de salvación. 5No se te pide que hagas lo que le resultaría imposible a alguien que todavía está dividido contra sí mismo. 6No esperes poder encontrar sabiduría en seme­jante estado mental. 7Pero siéntete agradecido de que lo único que se te pide es que tengas un poco de fe. 8¿Qué les puede que­dar a los que todavía creen en el pecado, sino un poco de fe? 9¿Qué podrían saber del Cielo y de la justicia de los que se han salvado?

3. Existe una clase de justicia en la salvación de la que el mundo no sabe nada. 2Para el mundo, la justicia y la venganza son lo mismo, pues los pecadores ven la justicia únicamente como el cas­tigo que merecen, por el que tal vez otro debe pagar, pero del que no es posible escapar. 3Las leyes del pecado exigen una víctima. 4Quién ha de ser esa víctima es irrelevante. 5Pero el costo no puede ser otro que la muerte, y tiene que pagarse. 6Esto no es justicia, sino demencia. 7Sin embargo, allí donde el amor significa odio, y la muerte se ve como la victoria y el triunfo sobre la eterni­dad, la intemporalidad y la vida, ¿cómo se podría definir la justi­cia sin que la demencia formase parte de ella?

4. Tú que no sabes lo que es la justicia puedes todavía inquirir lo que es y así aprenderlo. 2La justicia contempla a todos de la misma manera. 3No es justo que a alguien le falte lo que otro tiene. 4Pues eso es venganza, sea cual sea la forma que adopte. 5La justicia no exige ningún sacrificio, pues todo sacrificio se hace a fin de perpetuar y conservar el pecado. 6El sacrificio es el pago que se ofrece por el costo del pecado, pero no es el costo total. 7El resto se toma de otro y se deposita al lado de tu pequeño pago, para así "expiar" por todo lo que quieres conservar y no estás dispuesto a abandonar. 8De esta forma consideras que tú eres en parte la víctima, pero que alguien más lo es en mayor medida. 9Y en el costo total, cuanto más grande sea la parte que el otro pague, menor será la que pagues tú. 10Y la justicia, al ser ciega, queda satisfecha cuando recibe su pago, sin que le importe quién es el que paga.

5. ¿Cómo iba a ser eso justicia? 2Dios no sabe de eso. 3Pero sí sabe lo que es la justicia, y lo sabe muy bien. 4Pues Él es totalmente justo con todo el mundo. 5La venganza es algo ajeno a la Mente de Dios precisamente porque Él conoce la justicia. 6Ser justo es ser equitativo, no vengativo. 7Es imposible que la equidad y la ven­ganza puedan coexistir, pues cada una de ellas contradice a la otra y niega su realidad. 8No puedes compartir la justicia del Espíritu Santo mientras de alguna manera tu mente pueda conce­bir ser especial. 9Sin embargo, ¿sería Él justo si condenase a un pecador por los crímenes que éste no cometió aunque él crea que los cometió? 10¿Y adónde habría ido a parar la justicia si Él les exigiese a los que están obsesionados con la idea del castigo que, sin ninguna ayuda, la dejasen de lado y percibiesen que no es verdad?

6. A los que todavía creen que el pecado tiene sentido les resulta extremadamente difícil entender la justicia del Espíritu Santo. 2No pueden sino creer que Él comparte su confusión, y, por lo tanto, no pueden evadir la venganza que forzosamente comporta su propia creencia de lo que es la justicia. 3Y así, tienen miedo del Espíritu Santo y perciben en Él la "ira" de Dios. 4Y no pueden confiar en que no los va a aniquilar con rayos extraídos de las "llamas" del Cielo por la Propia Mano iracunda de Dios. 5Creen que el Cielo es el infierno, y tienen miedo del amor. 6cuando se les dice que nunca han pecado, les invade una profunda sospecha y el escalofrío del miedo. 7Su mundo depende de la estabilidad del pecado. 8Y perciben la "amenaza" de lo que Dios entiende por justicia como algo más destructivo para ellos y para su mundo que la venganza, la cual comprenden y aman.

7. Y así, piensan que perder el pecado sería una maldición. 2Y huyen del Espíritu Santo como si de un mensajero del infierno se tratase, que hubiese sido enviado desde lo alto, disfrazado de amigo y redentor, para hacer caer sobre ellos la venganza de Dios valiéndose de ardides y de engaños. 3¿Qué otra cosa podría ser Él para ellos, sino un demonio que se viste de ángel para engañar­les? 4¿Y qué escape les puede ofrecer, sino la puerta que conduce al infierno, la cual, sin embargo, parece ser la puerta al Cielo?

8. La justicia, no obstante, no puede castigar a aquellos que, aun­que claman por castigo, tienen un Juez que sabe que en realidad son completamente inocentes. 2La justicia le obliga liberarlos y a darles todo el honor que merecen y que se han negado a sí mismos al no ser justos y no poder entender que son inocentes. 3El amor no es comprensible para los pecadores porque creen que la justicia no guarda ninguna relación con el amor y que representa algo distinto. 4Y de esta manera, se percibe al amor como algo débil, y a la venganza como muestra de fortaleza. 5Pues el amor perdió cuando el juicio se separó de su lado, y ahora es demasiado débil para poder salvar a nadie del castigo. 6Pero la venganza sin amor ha cobrado más fuerza al estar sepa­rada y aparte del amor. 7¿Y qué otra cosa sino la venganza puede ser ahora lo que ayuda y salva, mientras que el amor es un espec­tador pasivo, impotente, injusto, endeble e incapaz de salvar?