DESPERTAR AL AMOR

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viernes, 1 de noviembre de 2019

1 NOVIEMBRE.: Hay una paz que Cristo nos concede.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.


1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.






Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Hoy siento una cierta resistencia a la lección. La juzgo, no es “bastante inspiradora”, o no me dice nada nuevo. Habla de una paz maravillosa, “una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inalterable, que no hay nada en el mundo que sea comparable” (1:1). Esta mañana no la estoy sintiendo. No estoy tenso de ansiedad ni nada por el estilo, pero sólo tengo una paz limitada, no parece imperturbable, pienso que podría ser alterada. Por ejemplo, sé que la soledad está ahí, atacando mi paz. Parece que no se necesitaría mucho para alterarme, y mi paz desaparecería. Pienso que esto es algo que la mayoría de nosotros siente a veces cuando lee el Curso.

Recuerdo una mañana cuando estaba haciendo la lección, quizá esta misma lección, y todo lo que fue preciso para “destruir” mi aparente paz, fue que en la misma habitación en la que yo estaba alguien entrase ¡dos veces!

La lección dice que la paz de Dios es un regalo, “concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos” (2:3). Nos ofrece una oración: “Ayúdanos hoy a… no juzgarla” (2:2). ¿Cómo juzgamos la paz de Dios?

Juzgo que la paz no es adecuada debido a mis circunstancias. La paz de Dios está aquí, ahora, y parte de mi mente lo cree, pero me niego a aceptarla y sentirla porque mi mente la considera no adecuada debido a alguna circunstancia externa: “No puedo estar en paz hasta que esto cambie, hasta que aquello cambie, hasta que eso suceda”. Es una afirmación de la creencia de que existe una voluntad distinta a la de Dios, algo que tiene poder para quitarme la paz. Dios da paz; algo distinto y aparentemente más poderoso la quita. No hay otra voluntad, no hay nada más poderoso que Dios, pero mi rechazo de la paz está afirmando la creencia de que lo hay.

Ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté. (T.25.III.1:3)

El Curso enseña que no tengo paz porque no quiero paz. ¡El primer obstáculo a la paz es mi deseo de deshacerme de ella! (T.19.IV (A)). Ésa es la única razón. Puesto que no hay nada que pueda quitar la paz de Dios, mi insistencia en que existe tal cosa es un engaño elegido como excusa para mi rechazo del regalo de Dios. Puedo gritar: “¡No es culpa mía! Esta persona, o circunstancia, me la ha quitado. Yo quiero Tu paz, pero ellos me la han quitado”. Estoy proyectando mi rechazo a la paz sobre alguna otra cosa.

Hay otro modo en que juzgo la paz de Dios, la juzgo como débil y fácil de ser atacada y alterada.

¿Por qué quiero deshacerme de la paz? ¿Por qué quiero rechazar el regalo de Dios? En T.19.IV. (A).2, el Texto hace las mismas preguntas:

¿Por qué querrías dejar a la paz sin hogar? ¿Qué es lo que crees que tendría que desalojar para poder morar contigo? ¿Cuál parece ser el costo que tanto te resistes a pagar?

Jesús dice que hay algo que pienso que perderé si acepto la paz. ¿Qué es?

Es la capacidad de justificar el ataque contra mis hermanos, lo razonable de encontrar culpa en ellos (T.19.IV(B).1:1-2:3). Quiero poder echar la culpa a alguien o algo. Si aceptara la paz, tendría que renunciar para siempre a la idea de que puedo culpar a alguien por mi infelicidad. Tendría que renunciar a todo ataque, y detrás de eso está el hecho de que para renunciar al ataque, necesito renunciar a la culpa, necesito renunciar a sentirme separado y solo, necesito renunciar a la separación. Necesito renunciar a la creencia de que estoy incompleto y me falta algo, que es la base de mi creencia en mi identidad separada.

La paz de Dios se nos ha “concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos” (2:3). Me juzgo a mí mismo como pecador, indigno e incompleto. Ese juicio está detrás de mi necesidad de aferrarme al ataque como mecanismo de defensa, mi necesidad de tener a alguien o algo a quien culpar por la insuficiencia que veo en mí mismo.

Si acepto la paz de Dios como paz incondicional, me parece estar renunciando a la esperanza de tener cosas y otras personas del modo que yo las quiero. Parece como si estuviera diciendo: “Está bien si no me amas y me dejas solo. Está bien si me quitas el dinero. Está bien si me ignoras o me maltratas. Nada de eso altera mi paz”. Incondicional significa que no importa cuáles sean las condiciones. ¡Y yo no quiero eso! ¡Quiero las condiciones tal como las quiero!

¡Paz incondicional! La idea misma le da pánico al ego. Todo el mundo busca la paz, por supuesto que sí. Pero queremos alcanzar la paz arreglando las condiciones según nuestra propia idea de lo que traerá la paz. Jesús nos ofrece paz sin que importen las condiciones. Él nos dice: “Olvida las condiciones. Yo puedo darte paz en cualquier circunstancia”. No queremos la paz incondicional, queremos la paz a nuestra manera. Preguntamos: “¿Paz? ¿Y qué hay de las condiciones?” No queremos oír que no importan.

La verdad es que nuestro mundo refleja nuestra mente. Vemos un mundo en conflicto porque nuestra mente no está en paz. Pensamos que el mundo es la causa, y que nuestra paz o la falta de ella es el efecto. Jesús dice que nuestra mente es la causa, y el mundo el efecto. Él nos lo plantea a nivel de la causa, no del efecto. Él no va a cambiar las condiciones para darnos paz, Él va a darnos paz y eso cambiará las condiciones. La paz de Dios debe venir primero. Tenemos que llegar al punto de decir de todo corazón: “La paz de Dios es todo lo que yo quiero”. Tenemos que abandonar todas las otras metas, metas relacionadas con las condiciones. Acepta la paz, y el mundo proyectado desde nuestra mente cambiará, pero ésa no es la meta. Ésa no es la sanación que buscamos, es sólo el efecto de la sanación de nuestra mente.

Padre, ayúdame hoy a aceptar el regalo de tu paz y a no juzgarlo. Que vea, detrás de mi rechazo a la paz, mi juicio sobre mí mismo como indigno de ella, y mi deseo de atacar algo fuera de mí y echarle la culpa. En la eterna cordura del Espíritu Santo en mi mente, yo quiero la paz. Ayúdame a identificarme con esa parte de mi mente. Que vea la locura de aferrarme a los resentimientos en contra de alguien o de algo. Háblame de mi estado de plenitud y de que nada me falta. Que entienda que lo que veo que contradice la paz, no es real y no importa. Es sólo mi propio juicio (que no es real). Sana mi mente, Padre mío. “Que mi mente esté en paz y que todos mis pensamientos se aquieten” (L.221). Yo estoy en mi hogar, soy amado, estoy a salvo.


¿Qué es el Segundo Advenimiento? (Parte 5)

L.pII.9.3:1

El Segundo Advenimiento marca el fin de las enseñanzas del Espíritu Santo, allanando así el camino para el Juicio Final, en el que el aprendizaje termina con un último resumen que se extenderá más allá de sí mismo hasta llegar a Dios. (3:1)

Entonces, la secuencia que el Curso ve como el final del mundo empieza con nuestra mente individual pasando por el proceso de la corrección de la percepción, o perdón, hasta que el perdón abarque a todo el mundo. Más o menos, cada uno de nosotros llega a ver el mundo real, hasta que todas las mentes hayan sido restauradas a la cordura, que es el Segundo Advenimiento. Esto devuelve la condición en la que la realidad puede ser reconocida de nuevo. Ya no hay más lecciones. El Segundo Advenimiento prepara el camino para el Juicio Final (que es el tema de la siguiente sección “¿Qué es?”, que empieza con la Lección 311).

El Texto ya ha tratado el Juicio Final con cierta extensión (T.2.VIII y T.3.VI), trataremos de ellos en la siguiente sección “¿Qué es?”. Sin embargo, esta frase da unos avances interesantes. El Juicio Final se llama “un último resumen” que es la cumbre de todo el aprendizaje. Para el Curso, el Juicio Final es algo que hace la Filiación, no Dios. Quizá la mejor descripción de él es un fragmento en el que ni siquiera aparecen las palabras “Juicio Final”. Está en la Sección “El Mundo Perdonado” (T.17.II), que habla de cómo aparecerá el mundo real ante nosotros, y luego habla de la última valoración del mundo que emprenderá la Filiación unida, guiada por el Espíritu Santo.

El mundo real se alcanza simplemente mediante el completo perdón del viejo mundo, aquel que contemplas sin perdonar. El Gran Transformador de la percepción emprenderá contigo un examen minucioso de la mente que dio lugar a ese mundo, y te revelará las aparentes razones por las que lo construiste. A la luz de la auténtica razón que le caracteriza te darás cuenta, a medida que lo sigas, de que ese mundo está totalmente desprovisto de razón. Cada punto que Su razón toque florecerá con belleza, y lo que parecía feo en la oscuridad de tu falta de razón, se verá transformado de repente en algo hermoso. (T.17.II.5:1-4)

Éste es el momento en que, por fin, la constante pregunta que todos nos hacemos (¿Por qué inventamos el mundo?) será contestada y veremos que “aquí no hay ninguna razón”. Bajo Su tierna dirección, buscaremos “las aparentes razones para inventarlo”. Por fin estaremos listos para mirar a ese “terrible” instante del pensamiento original de la separación. Lo que nos parecía irremediablemente feo desde nuestro miedo, crecerá lleno de vida y de belleza, y se nos restaurará y devolverá a nuestra consciencia la hermosura de nuestra mente unida. La culpa primaria se deshará finalmente, y una vez más conoceremos de nuevo nuestra inocencia.

El Juicio Final, que sigue al Segundo Advenimiento, será una última y gran lección resumen de perdón. Esta lección “se extenderá más allá de sí misma” pues eliminará finalmente y para siempre el último obstáculo de la culpa, nuestra culpa colectiva por haber intentado usurpar el trono de Dios. Se extenderá “hasta Dios”, pues devolverá completamente el recuerdo de Dios a nuestra mente unida. El camino estará completamente libre y despejado para que Dios se extienda hasta nosotros y nos recoja en Sus amorosos brazos, en el hogar por fin.





TEXTO

 

II. El temor a sanar


1. ¿Es atemorizante sanar? 2Sí, para muchos lo es. 3Pues la acusa­ción es un obstáculo para el amor, y los cuerpos enfermos son ciertamente acusadores. 4Obstruyen completamente el camino de la confianza y de la paz, proclamando que los débiles no pueden tener confianza y que los lesionados no tienen motivos para gozar de paz. 5¿Quién que haya sido herido por su hermano podría amarlo aún y confiar en él? 6Pues su hermano lo atacó y lo volverá a hacer. 7No lo protejas, ya que tu cuerpo lesionado demuestra que es a ti a quien se debe proteger de él. 8Tal vez perdonarlo sea un acto de caridad, pero no es algo que él se merezca. 9Se le puede compadecer por su culpabilidad, pero no puede ser eximido. 10Y si le perdonas sus transgresiones, no haces sino añadir otro fardo más a la culpabilidad que realmente ya ha acumulado.

2. Los que no han sanado no pueden perdonar. 2Pues son los tes­tigos de que el perdón es injusto. 3Prefieren conservar las conse­cuencias de la culpabilidad que no reconocen. 4No obstante, nadie puede perdonar un pecado que considere real. 5Y lo que tiene consecuencias tiene que ser real porque lo que ha hecho está ahí a la vista. 6El perdón no es piedad, la cual no hace sino tratar de perdonar lo que cree que es verdad. 7No se puede devolver bondad por maldad, pues el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. 8Nadie que esté hablando en serio diría: "Hermano, me has herido. aSin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado". 9Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposi­ble, pues ambas cosas no pueden coexistir. 10Una niega a la otra y hace que sea falsa.

3. Ser testigo del pecado y, al mismo tiempo, perdonarlo es una paradoja que la razón no puede concebir. 2Pues afirma que lo que se te ha hecho no merece perdón. 3Y si lo concedes, eres clemente con tu hermano, pero conservas la prueba de que él no es real­mente inocente. 4Los enfermos siguen siendo acusadores. 5No pueden perdonar a sus hermanos, ni perdonarse a sí mismos. 6Nadie sobre quien el verdadero perdón descanse puede sufrir, 7pues ya no exhibe la prueba del pecado ante los ojos de su her­mano. 8Por lo tanto, debe haberlo pasado por alto y haberlo eli­minado de su propia vista. 9El perdón no puede ser para uno y no para el otro. 10El que perdona se cura. 11Y en su curación radica la prueba de que ha perdonado verdaderamente y de que no guarda traza alguna de condenación que todavía pudiese uti­lizar contra sí mismo o contra cualquier cosa viviente.

4. El perdón no es real a menos que os brinde curación a tu her­mano y a ti. 2Debes dar testimonio de que sus pecados no tienen efecto alguno sobre ti, y demostrar así que no son reales. 3¿De qué otra manera podría ser él inocente? 4¿Y cómo podría estar justificada su inocencia a menos que sus pecados careciesen de los efectos que confirmarían su culpabilidad? 5Los pecados están más allá del perdón simplemente porque entrañarían efectos que no podrían cancelarse ni pasarse por alto completamente. 6En el hecho de que puedan cancelarse radica la prueba de que son sim­plemente errores. 7Permite ser curado para que de este modo puedas perdonar y ofrecer salvación a tu hermano y a ti.

5. Un cuerpo enfermo demuestra que la mente no ha sanado. 2Un milagro de curación prueba que la separación no tiene efectos. 3Creerás en aquello que le quieras probar a tu hermano. 4El poder de tu testimonio procede de tus creencias. 5Y todo lo que dices, haces o piensas no hace sino dar testimonio de lo que le enseñas a él. 6Tu cuerpo puede ser el medio para demostrar que nunca ha sufrido por causa de él. 7Y al sanar puede ofrecerle un mudo testimonio de su inocencia. 8Este testimonio es el que puede hablar con más elocuencia que mil lenguas juntas, 9pues le prueba que ha sido perdonado.

6. Un milagro no le puede ofrecer menos a él de lo que te ha dado a ti. 2De esta manera, tu curación demuestra que tu mente ha sanado y que ha perdonado lo que tu hermano no hizo. 3Y así, él se convence de que jamás perdió su inocencia y sana junto con­tigo. 4El milagro deshace de este modo todas las cosas que, según el mundo, jamás podrían deshacerse. 5Y la desesperanza y la muerte no pueden sino desaparecer ante el ancestral clarín que llama a la vida. 6Esta llamada es mucho más poderosa que las débiles y miserables súplicas de la muerte y la culpabilidad. 7La ancestral llamada que el Padre le hace a Su Hijo, y el Hijo a los suyos, será la última trompeta que el mundo jamás oirá. 8Hermano, la muerte no existe. 9Y aprenderás esto cuando tu único deseo sea mostrarle a tu hermano que él jamás te hirió. 10Él cree que tiene las manos manchadas de tu sangre, y, por lo tanto, que está condenado. 11Mas se te ha concedido poder mostrarle, mediante tu curación, que su culpabilidad no es sino la trama de un sueño absurdo.

7. ¡Cuán justos son los milagros! 2Pues os otorgan a ti y a tu her­mano el mismo regalo de absoluta liberación de la culpabilidad. 3Tu curación os evita dolor a ti y a él, y sanas porque le deseaste el bien. 4Ésta es la ley que el milagro obedece: la curación no ve diferencias en absoluto. 5No procede de la compasión, sino del amor. 6Y el amor quiere probar que todo sufrimiento no es sino una vana imaginación, un absurdo deseo sin consecuencia alguna. 7Tu salud es uno de los resultados de tu deseo de no ver a tu hermano con las manos manchadas de sangre, ni de ver culpabilidad en su corazón apesadumbrado por la prueba del pecado. 8lo que deseas se te concede para que lo puedas ver.

8. El "costo" de tu serenidad es la suya. 2Este es el "precio" que el Espíritu Santo y el mundo interpretan de manera diferente. 3El mundo lo percibe como una afirmación del "hecho" de que con tu salvación se sacrifica la suya. 4El Espíritu Santo sabe que tu curación da testimonio de la suya y de que no puede hallarse aparte de ella en absoluto. 5Mientras tu hermano consienta sufrir, tú no podrás sanar. 6Mas tú le puedes mostrar que su sufrimiento no tiene ningún propósito ni causa alguna. 7Muéstrale que has sanado, y él no consentirá sufrir por más tiempo. 8Pues su inocencia habrá quedado clara ante sus propios ojos y ante los tuyos. 9Y la risa reemplazará a vuestros lamentos, pues el Hijo de Dios habrá recordado que él es el Hijo de Dios.


9. ¿Quién tiene, entonces, miedo de sanar? 2Sólo aquellos para quienes el sacrificio y el dolor de su hermano representan su pro­pia serenidad. 3Su propia impotencia y debilidad sirven de base para justificar el dolor de su hermano. 4El constante aguijón de culpabilidad que su hermano experimenta sirve para probar que él es un esclavo, pero que ellos son libres. 5El constante dolor que sufren es la prueba de que ellos son libres porque pueden mantener cautivo a su hermano. 6Y desean la enfermedad para evitar que la balanza del sacrificio se incline a favor de aquél. 7¿Cómo se podría persuadir al Espíritu Santo para que se detuviese por un instante, o incluso menos, a razonar con semejantes argumentos en favor de la enfermedad? 8¿Y es acaso menester demorar tu curación porque te detengas a escuchar a la demencia?









jueves, 1 de noviembre de 2018

1 NOVIEMBRE. Hay una paz que Cristo nos concede.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.


1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.






Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Hoy siento una cierta resistencia a la lección. La juzgo, no es “bastante inspiradora”, o no me dice nada nuevo. Habla de una paz maravillosa, “una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inalterable, que no hay nada en el mundo que sea comparable” (1:1). Esta mañana no la estoy sintiendo. No estoy tenso de ansiedad ni nada por el estilo, pero sólo tengo una paz limitada, no parece imperturbable, pienso que podría ser alterada. Por ejemplo, sé que la soledad está ahí, atacando mi paz. Parece que no se necesitaría mucho para alterarme, y mi paz desaparecería. Pienso que esto es algo que la mayoría de nosotros siente a veces cuando lee el Curso.

Recuerdo una mañana cuando estaba haciendo la lección, quizá esta misma lección, y todo lo que fue preciso para “destruir” mi aparente paz, fue que en la misma habitación en la que yo estaba alguien entrase ¡dos veces!

La lección dice que la paz de Dios es un regalo, “concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos” (2:3). Nos ofrece una oración: “Ayúdanos hoy a… no juzgarla” (2:2). ¿Cómo juzgamos la paz de Dios?

Juzgo que la paz no es adecuada debido a mis circunstancias. La paz de Dios está aquí, ahora, y parte de mi mente lo cree, pero me niego a aceptarla y sentirla porque mi mente la considera no adecuada debido a alguna circunstancia externa: “No puedo estar en paz hasta que esto cambie, hasta que aquello cambie, hasta que eso suceda”. Es una afirmación de la creencia de que existe una voluntad distinta a la de Dios, algo que tiene poder para quitarme la paz. Dios da paz; algo distinto y aparentemente más poderoso la quita. No hay otra voluntad, no hay nada más poderoso que Dios, pero mi rechazo de la paz está afirmando la creencia de que lo hay.

Ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté. (T.25.III.1:3)

El Curso enseña que no tengo paz porque no quiero paz. ¡El primer obstáculo a la paz es mi deseo de deshacerme de ella! (T.19.IV (A)). Ésa es la única razón. Puesto que no hay nada que pueda quitar la paz de Dios, mi insistencia en que existe tal cosa es un engaño elegido como excusa para mi rechazo del regalo de Dios. Puedo gritar: “¡No es culpa mía! Esta persona, o circunstancia, me la ha quitado. Yo quiero Tu paz, pero ellos me la han quitado”. Estoy proyectando mi rechazo a la paz sobre alguna otra cosa.

Hay otro modo en que juzgo la paz de Dios, la juzgo como débil y fácil de ser atacada y alterada.

¿Por qué quiero deshacerme de la paz? ¿Por qué quiero rechazar el regalo de Dios? En T.19.IV. (A).2, el Texto hace las mismas preguntas:

¿Por qué querrías dejar a la paz sin hogar? ¿Qué es lo que crees que tendría que desalojar para poder morar contigo? ¿Cuál parece ser el costo que tanto te resistes a pagar?

Jesús dice que hay algo que pienso que perderé si acepto la paz. ¿Qué es?

Es la capacidad de justificar el ataque contra mis hermanos, lo razonable de encontrar culpa en ellos (T.19.IV(B).1:1-2:3). Quiero poder echar la culpa a alguien o algo. Si aceptara la paz, tendría que renunciar para siempre a la idea de que puedo culpar a alguien por mi infelicidad. Tendría que renunciar a todo ataque, y detrás de eso está el hecho de que para renunciar al ataque, necesito renunciar a la culpa, necesito renunciar a sentirme separado y solo, necesito renunciar a la separación. Necesito renunciar a la creencia de que estoy incompleto y me falta algo, que es la base de mi creencia en mi identidad separada.

La paz de Dios se nos ha “concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos” (2:3). Me juzgo a mí mismo como pecador, indigno e incompleto. Ese juicio está detrás de mi necesidad de aferrarme al ataque como mecanismo de defensa, mi necesidad de tener a alguien o algo a quien culpar por la insuficiencia que veo en mí mismo.

Si acepto la paz de Dios como paz incondicional, me parece estar renunciando a la esperanza de tener cosas y otras personas del modo que yo las quiero. Parece como si estuviera diciendo: “Está bien si no me amas y me dejas solo. Está bien si me quitas el dinero. Está bien si me ignoras o me maltratas. Nada de eso altera mi paz”. Incondicional significa que no importa cuáles sean las condiciones. ¡Y yo no quiero eso! ¡Quiero las condiciones tal como las quiero!

¡Paz incondicional! La idea misma le da pánico al ego. Todo el mundo busca la paz, por supuesto que sí. Pero queremos alcanzar la paz arreglando las condiciones según nuestra propia idea de lo que traerá la paz. Jesús nos ofrece paz sin que importen las condiciones. Él nos dice: “Olvida las condiciones. Yo puedo darte paz en cualquier circunstancia”. No queremos la paz incondicional, queremos la paz a nuestra manera. Preguntamos: “¿Paz? ¿Y qué hay de las condiciones?” No queremos oír que no importan.

La verdad es que nuestro mundo refleja nuestra mente. Vemos un mundo en conflicto porque nuestra mente no está en paz. Pensamos que el mundo es la causa, y que nuestra paz o la falta de ella es el efecto. Jesús dice que nuestra mente es la causa, y el mundo el efecto. Él nos lo plantea a nivel de la causa, no del efecto. Él no va a cambiar las condiciones para darnos paz, Él va a darnos paz y eso cambiará las condiciones. La paz de Dios debe venir primero. Tenemos que llegar al punto de decir de todo corazón: “La paz de Dios es todo lo que yo quiero”. Tenemos que abandonar todas las otras metas, metas relacionadas con las condiciones. Acepta la paz, y el mundo proyectado desde nuestra mente cambiará, pero ésa no es la meta. Ésa no es la sanación que buscamos, es sólo el efecto de la sanación de nuestra mente.

Padre, ayúdame hoy a aceptar el regalo de tu paz y a no juzgarlo. Que vea, detrás de mi rechazo a la paz, mi juicio sobre mí mismo como indigno de ella, y mi deseo de atacar algo fuera de mí y echarle la culpa. En la eterna cordura del Espíritu Santo en mi mente, yo quiero la paz. Ayúdame a identificarme con esa parte de mi mente. Que vea la locura de aferrarme a los resentimientos en contra de alguien o de algo. Háblame de mi estado de plenitud y de que nada me falta. Que entienda que lo que veo que contradice la paz, no es real y no importa. Es sólo mi propio juicio (que no es real). Sana mi mente, Padre mío. “Que mi mente esté en paz y que todos mis pensamientos se aquieten” (L.221). Yo estoy en mi hogar, soy amado, estoy a salvo.


¿Qué es el Segundo Advenimiento? (Parte 5)

L.pII.9.3:1

El Segundo Advenimiento marca el fin de las enseñanzas del Espíritu Santo, allanando así el camino para el Juicio Final, en el que el aprendizaje termina con un último resumen que se extenderá más allá de sí mismo hasta llegar a Dios. (3:1)

Entonces, la secuencia que el Curso ve como el final del mundo empieza con nuestra mente individual pasando por el proceso de la corrección de la percepción, o perdón, hasta que el perdón abarque a todo el mundo. Más o menos, cada uno de nosotros llega a ver el mundo real, hasta que todas las mentes hayan sido restauradas a la cordura, que es el Segundo Advenimiento. Esto devuelve la condición en la que la realidad puede ser reconocida de nuevo. Ya no hay más lecciones. El Segundo Advenimiento prepara el camino para el Juicio Final (que es el tema de la siguiente sección “¿Qué es?”, que empieza con la Lección 311).

El Texto ya ha tratado el Juicio Final con cierta extensión (T.2.VIII y T.3.VI), trataremos de ellos en la siguiente sección “¿Qué es?”. Sin embargo, esta frase da unos avances interesantes. El Juicio Final se llama “un último resumen” que es la cumbre de todo el aprendizaje. Para el Curso, el Juicio Final es algo que hace la Filiación, no Dios. Quizá la mejor descripción de él es un fragmento en el que ni siquiera aparecen las palabras “Juicio Final”. Está en la Sección “El Mundo Perdonado” (T.17.II), que habla de cómo aparecerá el mundo real ante nosotros, y luego habla de la última valoración del mundo que emprenderá la Filiación unida, guiada por el Espíritu Santo.

El mundo real se alcanza simplemente mediante el completo perdón del viejo mundo, aquel que contemplas sin perdonar. El Gran Transformador de la percepción emprenderá contigo un examen minucioso de la mente que dio lugar a ese mundo, y te revelará las aparentes razones por las que lo construiste. A la luz de la auténtica razón que le caracteriza te darás cuenta, a medida que lo sigas, de que ese mundo está totalmente desprovisto de razón. Cada punto que Su razón toque florecerá con belleza, y lo que parecía feo en la oscuridad de tu falta de razón, se verá transformado de repente en algo hermoso. (T.17.II.5:1-4)

Éste es el momento en que, por fin, la constante pregunta que todos nos hacemos (¿Por qué inventamos el mundo?) será contestada y veremos que “aquí no hay ninguna razón”. Bajo Su tierna dirección, buscaremos “las aparentes razones para inventarlo”. Por fin estaremos listos para mirar a ese “terrible” instante del pensamiento original de la separación. Lo que nos parecía irremediablemente feo desde nuestro miedo, crecerá lleno de vida y de belleza, y se nos restaurará y devolverá a nuestra consciencia la hermosura de nuestra mente unida. La culpa primaria se deshará finalmente, y una vez más conoceremos de nuevo nuestra inocencia.

El Juicio Final, que sigue al Segundo Advenimiento, será una última y gran lección resumen de perdón. Esta lección “se extenderá más allá de sí misma” pues eliminará finalmente y para siempre el último obstáculo de la culpa, nuestra culpa colectiva por haber intentado usurpar el trono de Dios. Se extenderá “hasta Dios”, pues devolverá completamente el recuerdo de Dios a nuestra mente unida. El camino estará completamente libre y despejado para que Dios se extienda hasta nosotros y nos recoja en Sus amorosos brazos, en el hogar por fin.




TEXTO

 

II. El temor a sanar


1. ¿Es atemorizante sanar? 2Sí, para muchos lo es. 3Pues la acusa­ción es un obstáculo para el amor, y los cuerpos enfermos son ciertamente acusadores. 4Obstruyen completamente el camino de la confianza y de la paz, proclamando que los débiles no pueden tener confianza y que los lesionados no tienen motivos para gozar de paz. 5¿Quién que haya sido herido por su hermano podría amarlo aún y confiar en él? 6Pues su hermano lo atacó y lo volverá a hacer. 7No lo protejas, ya que tu cuerpo lesionado demuestra que es a ti a quien se debe proteger de él. 8Tal vez perdonarlo sea un acto de caridad, pero no es algo que él se merezca. 9Se le puede compadecer por su culpabilidad, pero no puede ser eximido. 10Y si le perdonas sus transgresiones, no haces sino añadir otro fardo más a la culpabilidad que realmente ya ha acumulado.

2. Los que no han sanado no pueden perdonar. 2Pues son los tes­tigos de que el perdón es injusto. 3Prefieren conservar las conse­cuencias de la culpabilidad que no reconocen. 4No obstante, nadie puede perdonar un pecado que considere real. 5Y lo que tiene consecuencias tiene que ser real porque lo que ha hecho está ahí a la vista. 6El perdón no es piedad, la cual no hace sino tratar de perdonar lo que cree que es verdad. 7No se puede devolver bondad por maldad, pues el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. 8Nadie que esté hablando en serio diría: "Hermano, me has herido. aSin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado". 9Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposi­ble, pues ambas cosas no pueden coexistir. 10Una niega a la otra y hace que sea falsa.

3. Ser testigo del pecado y, al mismo tiempo, perdonarlo es una paradoja que la razón no puede concebir. 2Pues afirma que lo que se te ha hecho no merece perdón. 3Y si lo concedes, eres clemente con tu hermano, pero conservas la prueba de que él no es real­mente inocente. 4Los enfermos siguen siendo acusadores. 5No pueden perdonar a sus hermanos, ni perdonarse a sí mismos. 6Nadie sobre quien el verdadero perdón descanse puede sufrir, 7pues ya no exhibe la prueba del pecado ante los ojos de su her­mano. 8Por lo tanto, debe haberlo pasado por alto y haberlo eli­minado de su propia vista. 9El perdón no puede ser para uno y no para el otro. 10El que perdona se cura. 11Y en su curación radica la prueba de que ha perdonado verdaderamente y de que no guarda traza alguna de condenación que todavía pudiese uti­lizar contra sí mismo o contra cualquier cosa viviente.

4. El perdón no es real a menos que os brinde curación a tu her­mano y a ti. 2Debes dar testimonio de que sus pecados no tienen efecto alguno sobre ti, y demostrar así que no son reales. 3¿De qué otra manera podría ser él inocente? 4¿Y cómo podría estar justificada su inocencia a menos que sus pecados careciesen de los efectos que confirmarían su culpabilidad? 5Los pecados están más allá del perdón simplemente porque entrañarían efectos que no podrían cancelarse ni pasarse por alto completamente. 6En el hecho de que puedan cancelarse radica la prueba de que son sim­plemente errores. 7Permite ser curado para que de este modo puedas perdonar y ofrecer salvación a tu hermano y a ti.

5. Un cuerpo enfermo demuestra que la mente no ha sanado. 2Un milagro de curación prueba que la separación no tiene efectos. 3Creerás en aquello que le quieras probar a tu hermano. 4El poder de tu testimonio procede de tus creencias. 5Y todo lo que dices, haces o piensas no hace sino dar testimonio de lo que le enseñas a él. 6Tu cuerpo puede ser el medio para demostrar que nunca ha sufrido por causa de él. 7Y al sanar puede ofrecerle un mudo testimonio de su inocencia. 8Este testimonio es el que puede hablar con más elocuencia que mil lenguas juntas, 9pues le prueba que ha sido perdonado.

6. Un milagro no le puede ofrecer menos a él de lo que te ha dado a ti. 2De esta manera, tu curación demuestra que tu mente ha sanado y que ha perdonado lo que tu hermano no hizo. 3Y así, él se convence de que jamás perdió su inocencia y sana junto con­tigo. 4El milagro deshace de este modo todas las cosas que, según el mundo, jamás podrían deshacerse. 5Y la desesperanza y la muerte no pueden sino desaparecer ante el ancestral clarín que llama a la vida. 6Esta llamada es mucho más poderosa que las débiles y miserables súplicas de la muerte y la culpabilidad. 7La ancestral llamada que el Padre le hace a Su Hijo, y el Hijo a los suyos, será la última trompeta que el mundo jamás oirá. 8Hermano, la muerte no existe. 9Y aprenderás esto cuando tu único deseo sea mostrarle a tu hermano que él jamás te hirió. 10Él cree que tiene las manos manchadas de tu sangre, y, por lo tanto, que está condenado. 11Mas se te ha concedido poder mostrarle, mediante tu curación, que su culpabilidad no es sino la trama de un sueño absurdo.

7. ¡Cuán justos son los milagros! 2Pues os otorgan a ti y a tu her­mano el mismo regalo de absoluta liberación de la culpabilidad. 3Tu curación os evita dolor a ti y a él, y sanas porque le deseaste el bien. 4Ésta es la ley que el milagro obedece: la curación no ve diferencias en absoluto. 5No procede de la compasión, sino del amor. 6Y el amor quiere probar que todo sufrimiento no es sino una vana imaginación, un absurdo deseo sin consecuencia alguna. 7Tu salud es uno de los resultados de tu deseo de no ver a tu hermano con las manos manchadas de sangre, ni de ver culpabilidad en su corazón apesadumbrado por la prueba del pecado. 8lo que deseas se te concede para que lo puedas ver.

8. El "costo" de tu serenidad es la suya. 2Este es el "precio" que el Espíritu Santo y el mundo interpretan de manera diferente. 3El mundo lo percibe como una afirmación del "hecho" de que con tu salvación se sacrifica la suya. 4El Espíritu Santo sabe que tu curación da testimonio de la suya y de que no puede hallarse aparte de ella en absoluto. 5Mientras tu hermano consienta sufrir, tú no podrás sanar. 6Mas tú le puedes mostrar que su sufrimiento no tiene ningún propósito ni causa alguna. 7Muéstrale que has sanado, y él no consentirá sufrir por más tiempo. 8Pues su inocencia habrá quedado clara ante sus propios ojos y ante los tuyos. 9Y la risa reemplazará a vuestros lamentos, pues el Hijo de Dios habrá recordado que él es el Hijo de Dios.


9. ¿Quién tiene, entonces, miedo de sanar? 2Sólo aquellos para quienes el sacrificio y el dolor de su hermano representan su pro­pia serenidad. 3Su propia impotencia y debilidad sirven de base para justificar el dolor de su hermano. 4El constante aguijón de culpabilidad que su hermano experimenta sirve para probar que él es un esclavo, pero que ellos son libres. 5El constante dolor que sufren es la prueba de que ellos son libres porque pueden mantener cautivo a su hermano. 6Y desean la enfermedad para evitar que la balanza del sacrificio se incline a favor de aquél. 7¿Cómo se podría persuadir al Espíritu Santo para que se detuviese por un instante, o incluso menos, a razonar con semejantes argumentos en favor de la enfermedad? 8¿Y es acaso menester demorar tu curación porque te detengas a escuchar a la demencia?









martes, 1 de noviembre de 2016

1 NOVIEMBRE: Hay una paz que Cristo nos concede.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.


1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.





TEXTO 

VIII. La inminencia de la salvación


1. El único problema pendiente es que todavía ves un intervalo entre el momento en que perdonas y el momento en que recibes los beneficios que se derivan de confiar en tu hermano. 2Esto tan sólo refleja la pequeña distancia que aún deseas interponer entre vosotros para que os mantenga un poco separados. 3Pues el tiempo y el espacio son la misma ilusión, pero se manifiestan de forma diferente. 4Si se ha proyectado más allá de tu mente, pien­sas que es el tiempo. 5Cuanto más cerca se trae a tu mente, más crees que es el espacio.

2. Quieres conservar cierta distancia entre vosotros para que os mantenga separados, y percibes ese espacio como el tiempo por­que aún crees que eres algo externo a tu hermano. 2Eso hace que la confianza sea imposible. 3no puedes creer que la confianza podría resolver cualquier problema ahora mismo. 4Crees, por lo tanto, que es más seguro seguir siendo un poco cauteloso y conti­nuar vigilando lo que percibes como tus intereses separados. 5Desde esta perspectiva te es imposible concebir que puedas obte­ner lo que el perdón te ofrece ahora mismo. 6En el intervalo que crees que existe entre dar el regalo y recibirlo parece que tienes que sacrificar algo y perder por ello. 7Ves la salvación como algo que tendrá lugar en el futuro, pero no ves resultados inmediatos.

3. Sin embargo, la salvación es inmediata. 2A no ser que la perci­bas así, tendrás miedo de ella, creyendo que, entre el momento en que aceptas su propósito como el tuyo propio y el momento en que sus efectos llegan hasta ti, el riesgo de pérdida es inmenso. 3De esta manera, el error que da lugar al miedo sigue oculto. 4La salvación eliminaría la brecha que todavía percibes entre vosotros y permitiría que os convirtieseis en uno instantáneamente. 5Y es ésto lo que crees que supondría una pérdida. 6No proyectes este temor en el tiempo, pues el tiempo no es el enemigo que tú perci­bes. 7El tiempo es tan neutral como el cuerpo, salvo en lo que respecta al propósito que le asignas. 8Mientras todavía quieras conservar un pequeño espacio entre vosotros, querrás tener un poco más de tiempo en el que aún puedas negar el perdón. 9Y esto no podrá sino hacer que el intervalo que transcurre entre el momento en que niegas el perdón y el momento en que lo otor­gas parezca peligroso, y el terror, justificado.

4. Mas el espacio que hay entre vosotros es evidente sólo en el presente, ahora mismo, y no se puede percibir en el futuro. 2Tam­poco es posible pasarlo por alto, excepto en el presente. 3No es lo que puedas perder en el futuro lo que temes. 4Lo que te aterroriza es unirte en el presente. 5¿Quién puede sentir desolación, excepto en el momento presente? 6Una causa futura aún no tiene efectos. 7Por lo tanto, eso quiere decir que si sientes temor, su causa se encuentra en el presente. 8Y es esa causa la que necesita correc­ción, no un estado futuro.

5. Todos los planes que haces para tu seguridad están centrados en el futuro, donde no puedes planear. 2Todavía no se le ha asig­nado ningún propósito al futuro, y lo que va a ocurrir aún no tiene causa. 3¿Quién puede predecir efectos que no tienen causa? 4¿Y quién podría tener miedo de dichos efectos a no ser que pen­sase que éstos ya han sido causados y los juzgase como desastro­sos ahora? 5La creencia en el pecado da lugar al miedo, y, al igual que su causa, mira hacia adelante y hacia atrás, pero pasa por alto lo que se encuentra aquí y ahora. 6Su causa, sin embargo, sólo puede estar aquí y ahora si sus efectos ya se han juzgado como temibles. 7Mas cuando se pasa esto por alto se protege la causa y se la mantiene alejada de la curación. 8Pues el milagro es algo que es ahora. 9Se encuentra ya aquí, en gracia presente, dentro del único intervalo de tiempo que el pecado y el miedo han pasado por alto, pero que, sin embargo, es el único tiempo que hay.

6. Llevar a cabo la corrección en su totalidad no requiere tiempo en absoluto. 2Pero aceptar que la corrección se puede llevar a cabo parece prolongarse una eternidad. 3El cambio de propósito que el Espíritu Santo le brindó a tu relación encierra en sí todos los efectos que verás. 4Éstos se pueden ver ahora. 5¿Por qué espe­rar a que se manifiesten en el transcurso del tiempo, temiendo que tal vez no se den, cuando ya se encuentran aquí? 6Se te ha dicho que todo lo que procede de Dios es para el bien. 7Sin embargo, parece como si no fuera así. 8No es fácil dar crédito de antemano al bien que se presenta en forma de desastre, 9ni es ésta una idea que tenga sentido.

7. ¿Por qué habría de aparecer el bien en forma de mal? 2¿Y no sería un engaño si lo hiciese? 3Su causa está aquí, si es que apa­rece en absoluto. 4¿Por qué, entonces, no son evidentes sus efec­tos? 5¿Por qué razón se ven en el futuro? 6Y procuras contentarte con suspirar y "razonar" que no entiendes esto ahora, pero que algún día lo entenderás 7que su significado te resultará claro entonces. 8Esto no es razonar, pues es injusto, y alude claramente al castigo hasta que el momento de la liberación sea inminente. 9Pero puesto que el propósito de la relación ha cambiado ahora para el bien, no hay razón para un intervalo en que azote el desastre, el cual se percibirá algún día como algo "bueno", aun­que ahora se perciba como doloroso. 10Esto es un sacrificio del ahora, que no puede ser el precio que el Espíritu Santo exige por lo que ha dado gratuitamente.

8Esta ilusión, no obstante, tiene una causa que, aunque falsa, tiene que estar en tu mente ahora. 2esta ilusión es tan sólo un efecto que tu mente engendra y una forma de percibir su resul­tado. 3Este intervalo de tiempo, en el que se percibe la represalia como la forma en la que se presenta el "bien", es sólo un aspecto de la diminuta brecha que hay entre vosotros, la cual todavía no se ha perdonado.

9. No te contentes con la idea de una felicidad futura. 2Eso no significa nada ni es tu justa recompensa. 3Pues hay causa para ser libre ahora. 4¿De qué sirve la libertad en forma de aprisiona­miento? 5¿Por qué habría de disfrazarse de muerte la liberación? 6La demora no tiene sentido, y el "razonamiento" que mantiene que los efectos de una causa presente se tienen que posponer hasta un momento futuro, es simplemente una negación del hecho de que causa y consecuencia tienen que darse simultánea­mente. 7No es del tiempo de lo que te tienes que liberar, sino de la diminuta brecha que existe entre vosotros. 8Y no dejes que ésta se disfrace de tiempo, y que de este modo se perpetúe, ya que al haber cambiado de forma no se puede reconocer como lo que es. 9El propósito del Espíritu Santo es ahora el tuyo. 10¿No debería ser Su felicidad igualmente tuya?

domingo, 1 de noviembre de 2015

1 NOVIEMBRE: Hay una paz que Cristo nos concede.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.


1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.




sábado, 1 de noviembre de 2014

1 NOVIEMBRE: Hay una paz que Cristo nos concede.

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EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.


1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.




viernes, 1 de noviembre de 2013

1 NOVIEMBRE: Hay una paz que Cristo nos concede.

AUDIOLIBRO


EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.

1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.




TEXTO

 

X. El fin de la injusticia



1. ¿Qué es, entonces, lo que aún hay que deshacer para que pue­das darte cuenta de Su Presencia? 2Solamente esto: la distinción que todavía haces con respecto a cuando está justificado atacar y cuando es injusto y no se debe permitir. 3Cuando percibes un ataque como injusto, crees que reaccionar con ira está justificado. 4Y así, ves lo que es lo mismo como si fuese diferente. 5La confu­sión no es parcial. 6Si se presenta, es total. 7Y su presencia, en la forma que sea, ocultará la Presencia de Ellos, 8pues a Ellos o se les conoce claramente o no se les conoce en absoluto. 9Una per­cepción confusa obstruye el conocimiento. 10Y no es cuestión de cuán grande es la confusión o de cuánto interfiere. 11Su mera pre­sencia impide la de Ellos y los mantiene afuera donde no se les puede conocer.

2. ¿Qué puede significar el hecho de que percibes algunas formas de ataque como si fuesen injusticias contra ti? 2Significa que tiene que haber otras que tú consideras justas. 3Pues de otro modo, ¿cómo se podrían juzgar algunas como injustas? 4Por lo tanto, a algunas se les atribuye significado y se perciben como sensatas. 5Y sólo otras se consideran insensatas. 6Y esto niega el hecho de que todas carecen de sentido, de que están desprovistas por igual de causa o consecuencias y de que no pueden tener efectos de ninguna clase. 7Su Presencia se nubla con cualquier velo que se interponga entre Su radiante inocencia y tu conciencia de que dicha inocencia es la tuya propia y de que le pertenece por igual a toda cosa viviente junto contigo. 8Dios no pone límites. 9Y lo que tiene límites no puede ser el Cielo. 10Por lo tanto, tiene que ser el infierno.

3. La injusticia y el ataque son el mismo error, y están tan estre­chamente vinculados que donde uno se percibe el otro se ve tam­bién. 2Tú no puedes ser tratado injustamente. 3La creencia de que puedes serlo es sólo otra forma de la idea de que es otro, y no tú, quien te está privando de algo. 4La proyección de la causa del sacrificio es la raíz de todo lo que percibes como injusto y no como tu justo merecido. 5Sin embargo, eres tú quien se exige esto a sí mismo, cometiendo así una profunda injusticia contra el Hijo de Dios. 6Tú eres tu único enemigo, y eres en verdad enemigo del Hijo de Dios porque no reconoces que él es lo que tú eres. 7¿Qué podría ser más injusto que privarlo de lo que él es, negarle el derecho a ser él mismo y pedirle que sacrifique el Amor de su Padre y el tuyo por ser algo que no le corresponde?

4. Cuídate de la tentación de percibirte a ti mismo como que se te está tratando injustamente. 2Desde este punto de vista, tratas de encontrar inocencia únicamente en ti y no en ellos, a expensas de la culpabilidad de otro. 3¿Puedes acaso comprar la inocencia des­cargando tu culpabilidad sobre otro? 4¿Y no es acaso la inocencia lo que tratas de conseguir cuando lo atacas? 5¿No será la represa­lia por tu propio ataque contra el Hijo de Dios lo que buscas? 6¿No te hace sentir más seguro creer que eres inocente con res­pecto a eso, y que has sido una víctima a pesar de tu inocencia? 7No importa cómo se juegue el juego de la culpabilidad, alguien siempre tiene que salir perdiendo. 8Y alguien siempre tiene que perder su inocencia para que otro pueda apropiarse de ella, y hacerla suya.

5. Crees que tu hermano es injusto contigo porque crees que uno de vosotros tiene que ser injusto para que el otro pueda ser ino­cente. 2Y en ese juego percibes el único propósito que le adscribes a tu relación. 3Y eso es lo que le quieres añadir al propósito que ya se le ha asignado. 4El propósito del Espíritu Santo es que la Presencia de tus santos Invitados te sea conocida. 5A ese propó­sito no se le puede añadir nada, pues el mundo no tiene otro propósito que ése. 6Añadirle o quitarle algo a esa única finalidad es privar al mundo y privarte a ti mismo de todo propósito. 7Y toda injusticia que el mundo parezca cometer contra ti, tú la has cometido contra el mundo al privarlo de su propósito y de la función que el Espíritu Santo ve en él. 8Y de este modo, se le ha negado la justicia a toda cosa viviente sobre la faz de la tierra.

6. No puedes ni siquiera imaginarte los efectos que esa injusticia tiene sobre ti que juzgas injustamente y que ves tal como has juzgado. 2El mundo se vuelve sombrío y amenazante, y no pue­des percibir ni rastro de la feliz chispa que la salvación brinda para alumbrar tu camino. 3Y así, te ves a ti mismo privado de la luz, abandonado en las tinieblas e injustamente desposeído de todo propósito en un mundo fútil. 4El mundo es justo porque el Espíritu Santo ha llevado la injusticia ante la luz interna, y ahí toda injusticia ha quedado resuelta y reemplazada con justicia y amor. 5Si percibes injusticias en cualquier parte, sólo necesitas decir:

6Con esto niego la Presencia del Padre y la del Hijo. 7Mas prefiero conocerlos a Ellos que ver injusticias, las cuales se desvanecen ante la luz de Su Presencia.

jueves, 1 de noviembre de 2012

1 NOVIEMBRE: Hay una paz que Cristo nos concede.

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS  



LECCIÓN 305


Hay una paz que Cristo nos concede.

1. El que sólo utiliza la visión de Cristo encuentra una paz tan profunda y serena, tan imperturbable y completamente inaltera­ble, que no hay nada en el mundo que sea comparable. 2Las com­paraciones cesan ante esa paz. 3Y el mundo entero parte en silencio a medida que esta paz lo envuelve y lo transporta dulce­mente hasta la verdad, para ya nunca volver a ser la morada del temor. 4Pues el amor ha llegado, y ha sanado al mundo al conce­derle la paz de Cristo.

2. Padre, la paz de Cristo se nos concede porque Tu Voluntad es que nos salvemos. 2Ayúdanos hoy a aceptar únicamente Tu regalo y a no juz­garlo. 3Pues se nos ha concedido para que podamos salvarnos del juicio que hemos emitido acerca de nosotros mismos.


TEXTO

 
 Capítulo 27


LA CURACIÓN DEL SUEÑO


I. El cuadro de la crucifixión


1. El deseo de ser tratado injustamente es un intento de querer transigir combinando el ataque con la inocencia. 2¿Quién podría combinar lo que es totalmente incompatible y formar una unidad de lo que jamás puede unirse? 3Si recorres el camino de la bon­dad, no tendrás miedo del mal ni de las sombras de la noche. 4Mas no pongas símbolos de terror en tu senda, pues, de lo con­trario, tejerás una corona de espinas de la que ni tu hermano ni tú os podréis escapar. 5No puedes crucificarte sólo a ti mismo. 6Y si eres tratado injustamente, tu hermano no puede sino pagar por la injusticia que tú percibes. 7No puedes sacrificarte sólo a ti mismo, 8pues el sacrificio es total. 9Si de alguna manera el sacrifi­cio fuese posible, incluiría a toda la creación de Dios y al Padre junto con Su Hijo bienamado.

2. En tu liberación del sacrificio se pone de manifiesto la de tu hermano, haciéndose así evidente que tu liberación es la suya. 2Mas cada vez que sufres ves en ello la prueba de que él es culpa­ble por haberte atacado. 3De esta manera, te conviertes en la prueba de que él ha perdido su inocencia y de que sólo necesita contemplarte para darse cuenta de que ha sido condenado. 4Mas la justicia se encargará de que él pague por todas las injusticias cometidas contra ti. 5La injusta venganza por la que tú estás pagando ahora es él quien debería pagar por ella, y cuando recaiga sobre él, tú te liberarás. 6No desees hacer de ti mismo un símbolo viviente de su culpabilidad, pues no te podrás escapar de la sentencia de muerte a la que lo condenes. 7Mas en su ino­cencia hallarás la tuya.

3. Siempre que consientes sufrir, sentir privación, ser tratado injustamente o tener cualquier tipo de necesidad, no haces sino acusar a tu hermano de haber atacado al Hijo de Dios. 2Presentas ante sus ojos el cuadro de tu crucifixión, para que él pueda ver que sus pecados están escritos en el Cielo con tu sangre y con tu muerte, y que van delante de él, cerrándole el paso a la puerta celestial y condenándolo al infierno. 3Mas esto sólo está escrito así en el infierno, no en el Cielo, donde te encuentras a salvo del ataque y eres la prueba de su inocencia. 4La imagen que de ti le ofreces, te la muestras a ti mismo y le impartes toda tu fe. 5El Espíritu Santo, en cambio, te ofrece una imagen de ti mismo en la que no hay dolor ni reproche alguno para que se la ofrezcas a tu hermano. 6Y aquello de lo que se hizo un mártir para que diese testimonio de su culpabilidad se convierte ahora en el perfecto testigo de su inocencia.

4. El poder de un testigo transciende toda creencia debido a la convicción que trae consigo. 2Se le cree porque apunta más allá de sí mismo hacia lo que representa. 3Tu sufrimiento y tus enferme­dades no reflejan otra cosa que la culpabilidad de tu hermano, y son los testigos que le presentas no sea que se olvide del daño que te ocasionó, del que juras jamás escapará. 4Aceptas esta lamenta­ble y enfermiza imagen siempre que sirva para castigarlo. 5Los enfermos no sienten compasión por nadie e intentan matar por contagio. 6La muerte les parece un precio razonable si con ello pueden decir: "Mírame hermano, por tu culpa muero". 7Pues la enfermedad da testimonio de la culpabilidad de su hermano, y la muerte probaría que sus errores fueron realmente pecados. 8La enfermedad no es sino una "leve" forma de muerte, una forma de venganza que todavía no es total. 9No obstante, habla con certeza en nombre de lo que representa. 10La amarga y desolada imagen que le has presentado a tu hermano, tú la has contemplado con pesar. 11Y has creído todo lo que dicha imagen le mostró porque daba testimonio de su culpabilidad, la cual tú percibiste y amaste.

5. Ahora el Espíritu Santo deposita, en las manos que mediante su contacto con Él se han vuelto mansas, una imagen de ti muy dife­rente. 2Sigue siendo la imagen de un cuerpo, pues lo que real­mente eres no se puede ver ni imaginar. 3No obstante, esta imagen no se ha usado para atacar, y, por lo tanto, jamás ha experimen­tado sufrimiento alguno. 4Da testimonio de la eterna verdad de que nada te puede herir, y apunta más allá de sí misma hacia tu inocencia y la de tu hermano. 5Muéstrale esto, y él se dará cuenta de que toda herida ha sanado y de que todas las lágrimas han sido enjugadas felizmente y con amor. 6Y tu hermano contemplará su propio perdón allí, y con ojos que han sanado mirará más allá de la imagen hacia la inocencia que ve en ti. 7He aquí la prueba de que nunca pecó; de que nada de lo que su locura le ordenó hacer jamás ocurrió ni tuvo efectos de ninguna clase; 8de que ningún reproche que haya albergado en su corazón estuvo jamás justifi­cado y de que ningún ataque podrá jamás hacerle sentir el vene­noso e inexorable aguijón del temor.

6. Sé un testigo de su inocencia y no de su culpabilidad. 2Tu cura­ción es su consuelo y su salud porque demuestra que las ilusiones no son reales. 3El factor motivante de este mundo no es la volun­tad de vivir, sino el deseo de morir. 4El único propósito que tiene es probar que la culpabilidad es real. 5Ningún pensamiento, acto o sentimiento mundano tiene otra motivación que ésa. 6Éstos son los testigos que se convocan para que se crea en ellos y para que corroboren el sistema que representan y en favor del cual hablan. 7Y cada uno de ellos tiene muchas voces, y os hablan a ti y a tu hermano en diferentes lenguas. 8Sin embargo, el mensaje que os dan a ambos es el mismo. 8Engalanar el cuerpo es una forma de mostrar cuán hermosos son los testigos de la culpabilidad. 10Preo­cuparte por el cuerpo demuestra cuán frágil y vulnerable es tu vida; cuán fácilmente puede quedar destruido lo que amas. 11La depresión habla de muerte, y la vanidad, de tener un gran interés por lo que no es nada.

7. La enfermedad, no importa en qué forma se manifieste, es el testigo más convincente de la futilidad y el que refuerza a todos los demás y les ayuda a pintar un cuadro en el que el pecado está justificado. 2Los enfermos creen que todas sus extrañas necesida­des y todos sus deseos antinaturales están justificados. 3Pues ¿quién podría amar una vida que queda truncada tan pronto, y no atribuirle valor a los gozos pasajeros? 4¿Qué placer hay que sea duradero? 5¿No tienen los débiles el derecho de creer que cada migaja de placer robado constituye su justa retribución por la bre­vedad de sus vidas? 6Pues pagarán con su muerte por todos sus placeres tanto si disfrutan de ellos como si no. 7A la vida siempre le llega su final, sea cual sea la forma en que ésta se viva. 8Por lo tanto, se deleitan con lo pasajero y con lo efímero.

8. Nada de esto es un pecado, sino un testigo de la absurda creencia de que el pecado y la muerte son reales, y de que tanto la inocencia como el pecado acabarán igualmente en la tumba. 2Si esto fuese cierto, tendrías ciertamente motivos para contentarte con ir en pos de gozos pasajeros y disfrutar de cada pequeño placer siempre que tuvieses la oportunidad. 3No obstante, en este cuadro no se percibe al cuerpo como algo neutral y desprovisto de un objetivo intrínseco. 4Pues se convierte en el símbolo del reproche y en la prueba de la culpabilidad, cuyas consecuencias aún están ahí a la vista, de modo que la causa jamás se pueda negar.

9. Tu función consiste en mostrarle a tu hermano que el pecado carece de causa. 2¡Cuán fútil tiene que ser verte a ti mismo como la prueba fehaciente de que lo que tu función es, jamás tendrá lugar! 3La imagen que te ofrece el Espíritu Santo no convierte al cuerpo en algo que éste no es. 4Lo único que hace es purificarlo de todo vestigio de acusación y reproche. 5Al representársele como algo carente de propósito, no se le puede considerar ni enfermo ni saludable, ni bueno ni malo. 6No da lugar a que se le pueda juzgar en modo alguno. 7No tiene vida, pero tampoco está muerto. 8Cualquier experiencia de amor o de miedo le es ajena. 9Pues ahora no da testimonio de nada, al no tener ningún propósito y al encontrarse la mente libre otra vez para determinar cuál debe ser su propósito. 10Ahora el cuerpo no está condenado, sino en espera de que se le confiera un propósito de modo que pueda llevar a cabo la función que se le encomiende.

10. En este espacio vacío, del que el objetivo del pecado ha sido erradicado, se puede recordar el Cielo. 2Ahora su paz puede des­cender hasta aquí y la perfecta curación reemplazar a la muerte. 3El cuerpo puede convertirse en un símbolo de vida, en una pro­mesa de redención y en un hálito de inmortalidad para aquellos que están cansados de respirar el fétido hedor de la muerte. 4Deja que su propósito sea sanar. 5De esta manera, pregonará el men­saje que recibió y, mediante su salud y belleza, proclamará la verdad y el valor de lo que representa. 6Deja que reciba el poder de representar la vida eterna, por siempre a salvo del ataque. 7Y deja que su mensaje para tu hermano sea: "Contémplame her­mano, gracias a ti vivo".

11. La manera más fácil de dejar que esto se logre es simplemente ésta: no permitas que el cuerpo tenga ningún propósito proce­dente del pasado, cuando estabas seguro de que sabías que su propósito era fomentar la culpabilidad. 2Pues esto -afirma tu imagen enfermiza- es un símbolo duradero de lo que el cuerpo representa. 3Y ello impide que se le pueda conferir una perspec­tiva diferente, un propósito distinto. 4Tú no sabes cuál es su pro­pósito. 4No hiciste sino darle la ilusión de un propósito a una cosa que concebiste para ocultar de ti mismo tu función. 6Esta cosa sin propósito no puede ocultar la función que el Espíritu Santo te encomendó. 7Deja, pues, que el propósito del cuerpo y tu función se reconcilien finalmente y se consideren la misma cosa.