DESPERTAR AL AMOR

lunes, 22 de octubre de 2018

22 OCTUBRE: El Espíritu Santo ve hoy a través de mí.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 295


El Espíritu Santo ve hoy a través de mí.


1. Hoy Cristo pide valerse de mis ojos para así redimir al mundo. 2Me pide este regalo para poder ofrecerme paz mental y eliminar todo terror y pesar. 3Y a medida que se me libra de éstos, los sueños que parecían envolver al mundo desaparecen. 4La reden­ción es una. 5Al salvarme yo, el mundo se salva conmigo. 6Pues todos tenemos que ser redimidos juntos. 7El miedo se presenta en múltiples formas, pero el amor es uno.

2. Padre mío, Cristo me ha pedido un regalo, regalo éste que doy para que se me dé a mí. 2Ayúdame a usar los ojos de Cristo hoy, y permitir así que el Amor del Espíritu Santo bendiga todo cuanto contemple, de modo que la compasión de Su Amor pueda descender sobre mí.





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Mis ojos son los de Cristo. “Hoy Cristo pide valerse de mis ojos” (1:1). Y al final de la oración, los ojos de Cristo son los míos. “Ayúdame a usar los ojos de Cristo hoy” (2:2). Dos modos de decir lo mismo: pedir que Cristo mire a través de mis ojos o pedir que yo mire a través de Sus ojos, es pedir que Su visión, Sus ojos, reemplacen a nuestra limitada visión.

Cristo pide valerse de mis ojos “para poder ofrecerme paz mental y eliminar todo terror y pesar” (1:2). Él no me pide un sacrificio, sino que me pide para darme un regalo a mí. Me ofrece tomar mi percepción que me muestra dolor y terror, y reemplazarla con Su propia visión, mostrándome paz, dicha y amor.

Al empezar a dar nuestra vida a Dios empezamos a sentir que en lugar de vivir se vive a través de nosotros. El Espíritu Santo mira a través de nuestros ojos, habla a través de nuestros labios, piensa con nuestra mente. Es una experiencia de ser tomado y llevado a través de la vida por una energía de Amor sin límite que es mucho mayor de lo que podemos contener porque incluye a todo.

A veces parezco tan lejos de eso y, sin embargo, sé que está tan cerca como mi aliento. Más cerca. Padre, esta mañana pido la gracia de rendirme a ese flujo de Amor, la gracia de rendirme al Espíritu Santo, ahora, en este instante, y en todos los instantes de este día para que pueda compartir Su visión del mundo.

En cierto modo esta lección es todo el Curso: permitir que el Espíritu Santo mire a través de mí, que inunde al mundo con los ojos del Amor. Caminar durante el día sin ningún propósito en sus cosas externas, sólo vivir con un propósito escondido, una misión secreta: seré amoroso en esta situación. De eso es de lo que se trata, y nada más importa, nada más es real. Yo soy la luz del mundo. Estoy aquí para “permitir así que el Amor del Espíritu Santo bendiga todo cuanto contemple, de modo que la compasión de Su Amor pueda descender sobre mí” (2:2). Eso es mi vida, eso es todo. 

Estoy aquí únicamente para ser lo que soy, para ser mi Ser, que es Amor.


¿Qué es el mundo real? (Parte 5)

L.pII.8.3:1-3

¿Qué necesidad tiene dicha mente de pensamientos de muerte, asesinato o ataque? (3:1)

¿Cómo es “dicha mente”? “Una mente en paz” (2:2). Una “mente que se ha perdonado a sí misma” (2:6). “Una mente que está en paz consigo misma” (3:4). ¿Puedo imaginarme cómo es mi mente en paz consigo misma? ¿Puedo imaginarme cómo me sentiría si me hubiese perdonado a mí mismo completamente, sin llevar encima arrepentimientos del pasado, ni miedo al futuro, ni culpa escondida, y ni pizca de sensación de fracaso? Tener paz y haberme perdonado completamente a mí mismo, son lo mismo. Tienen que serlo. ¿Cómo puedo estar en paz si no me he perdonado algo a mí mismo? ¿Cómo puedo perdonarme algo a mí mismo, si no estoy en paz acerca de ello?

Que mire dentro de mí y esté dispuesto a enfrentarme a mi propia condena que está escondida en los oscuros rincones de mi mente. Sé que está ahí. Es la fuente del constante malestar que me persigue, la tendencia a mirar por encima del hombro, la aparentemente ligera ansiedad que siento ante una carta inesperada o una llamada de teléfono. Algo en mí espera ser “pillado”. Pero este juicio de mí mismo es la causa de más que mis sentimientos personales de malestar. Es también la causa de todos mis “pensamientos de muerte, asesinato o ataque” (3:1). Mi miedo a la muerte viene de mi culpa enterrada. Mis ataques instintivos a los que me rodean son un mecanismo de defensa que he desarrollado para evitar el juicio por mis “pecados”. Mi deseo de tomar la vida de otros para mí (en casos extremos, asesinato) viene de la sensación de que a mí me falta algo.

Y todo ello contribuye a mi percepción del mundo, ésa es la razón por la que veo “las escenas de miedo y los clamores de batalla” por todas partes. Si mi mente estuviera en paz, si me hubiera perdonado a mí mismo, vería el mundo de manera diferente. Lo vería sin estos filtros que deforman la visión. Vería el mundo real. Todo lo que “dicha mente” vería es “seguridad, amor y dicha” (3:2).

Sin culpa en mi mente, “¿Qué podría haber que ella quisiese condenar? ¿Y contra qué querría juzgar?” (3:3). La culpa en mi mente me ha llevado a la locura, y el mundo demente que veo es el resultado de esa culpa. Por esa razón “el Espíritu Santo sabe que la salvación es escapar de la culpabilidad” (T.14.III.13:4). Si en mi mente no hubiera culpa, no vería culpa en el mundo, porque toda la culpa que veo es la proyección de la mía propia. Cuando hoy vea a alguien culpable, cuando lo juzgue, que me recuerde a mí mismo: “Nunca odias a tu hermano por sus pecados, sino únicamente por los tuyos” (T.31.III.1:5). El problema que veo no está ahí fuera, en el mundo, sino dentro de mi propia mente. Que me vuelva entonces al Espíritu Santo y pida Su ayuda para eliminar la culpa de mi mente, para que ya no pueda impedir mi percepción del mundo real. Que hoy, y todos los días, mi objetivo sea “Una mente que está en paz consigo misma”. De esa mente, libre de culpa, la visión del mundo real surgirá de manera natural, sin ningún esfuerzo, pues estaré viendo con claridad por primera vez.




TEXTO

 

III. La zona fronteriza


1. La complejidad no forma parte de Dios. 2¿Cómo podría formar parte de Él cuando Él sólo conoce lo que es uno? 3Él solamente conoce una sola creación, una sola realidad, una sola verdad y un solo Hijo. 4Nada puede estar en conflicto con lo que es uno solo. 5¿Cómo iba a poder haber entonces complejidad en Él? 6¿Entre qué habría que decidir? 7Pues el conflicto es lo que da lugar a las alternativas. 8La verdad es simple: es una sola y no tiene opuestos. 9¿Y cómo iba a poder presentarse la discordia ante su simple pre­sencia y dar lugar a la complejidad allí donde únicamente existe la unicidad? 10La verdad no elige, pues no existen alternativas entre las que elegir. 11Y sólo si las hubiera, podría ser la elección un paso necesario en el avance hacia la unicidad. 12En lo que es todo no hay cabida para nada más. 13Sin embargo, esta inmensidad se encuentra más allá del alcance de este plan de estudios. 14No es necesario, pues, que nos detengamos en algo que no puede ser captado de inmediato.

2. Existe una zona fronteriza en el pensamiento que se encuentra entre este mundo y el Cielo. 2No es un lugar, y cuando llegas a ella, te das cuenta de que está fuera de los confines del tiempo. 3Ahí es adonde se llevan todos los pensamientos, donde se recon­cilian los valores conflictivos y donde todas las ilusiones se depo­sitan ante la verdad y se juzgan como falsas. 4Esta zona fronteriza está justo más allá de las puertas del Cielo. 5Ahí todo pensa­miento se vuelve puro y totalmente simple. 6Ahí se niega el pecado y en su lugar se recibe todo lo que simplemente es.

3. Éste es el final de la jornada. 2Nos hemos referido a ese lugar como el mundo real. 3Sin embargo, hay una contradicción en esto, en el sentido de que las palabras implican la idea de una realidad limitada, una verdad parcial, un segmento del universo hecho realidad. 4Esto se debe a que el conocimiento no ataca a la percepción. 5Ambos se llevan sencillamente el uno ante el otro, y sólo uno de ellos continúa más allá de la puerta donde se encuen­tra la Unicidad. 6La salvación es una zona fronteriza donde los conceptos de lugar y tiempo, así como el de elegir tienen aún significado, si bien se puede ver que son temporales, que están fuera de lugar y que toda elección ya se ha llevado a cabo.

4. Ninguna creencia que el Hijo de Dios albergue puede ser des­truida. 2Pero lo que es verdad para él tiene que llevarse ante la última comparación que él jamás tendrá que hacer: la última posible evaluación, el juicio final sobre este mundo. 3Se trata del juicio de la verdad con respecto a la ilusión, y el del conocimiento con respecto a la percepción: "No tiene ningún significado y no existe". 4Esto no es algo que tú decidas. 5Es la simple declaración de un simple hecho. 6Pero en este mundo no hay hechos simples porque todavía no está claro lo que es lo mismo y lo que es dife­rente. 7Esta distinción es lo único que se debe tener en cuenta a la hora de tomar cualquier decisión. 8Pues en ella radica la diferen­cia entre los dos mundos. 9En este mundo, elegir se vuelve impo­sible. 10En el mundo real, se simplifica.

5. La salvación se detiene justo antes del umbral del Cielo, pues sólo la percepción necesita salvación. 2El Cielo jamás se perdió, y, por lo tanto, no se puede salvar. 3Mas ¿quién puede elegir entre su deseo del Cielo y su deseo del infierno a menos que reconozca que no son lo mismo? 4Reconocer la diferencia es la meta de aprendizaje que este curso se ha propuesto. 5No irá más allá de este objetivo. 6Su único propósito es enseñar qué es lo mismo y qué es diferente, sentando así las bases sobre las que hacer la única elección que se puede hacer.

6. Este mundo complejo y super-complicado no te ofrece nin­guna base sobre la que elegir. 2Pues nadie comprende lo que es lo mismo, y todo el mundo parece estar eligiendo entre alternativas que realmente no existen. 3El mundo real es la esfera de la elec­ción hecha realidad, no en el resultado final, sino en la percepción de las alternativas entre las que se puede elegir. 4La idea de que hay alternativas entre las que elegir es una ilusión. 5Aun así, dentro de esta ilusión yace el des-hacimiento de todas las ilusio­nes, incluida ella.

7. ¿No se parece esto a tu función especial, en la que la separa­ción se subsana al pasar de lo que antes era el propósito de ser especial a lo que ahora es el de estar unido? 2Todas las ilusiones son una. 3Y en el reconocimiento de este hecho radica el que pue­das abandonar todo intento de elegir entre ellas y de hacerlas diferentes. 4¡Qué fácil es elegir entre dos cosas que obviamente son distintas! 5En esto no hay conflicto. 6Abandonar una ilusión que se reconoce como tal no puede ser un sacrificio. 7Cuando se desposee de realidad a aquello que nunca fue verdad, ¿cómo iba a ser difícil renunciar a ello y elegir lo que, por ende, no puede sino ser real?


IV. El lugar que el pecado dejó vacante


1. En este mundo el perdón es el equivalente de lo que en el Cielo es la justicia. 2El perdón transforma el mundo del pecado en un mundo simple, en el que se puede ver el reflejo de la justicia que emana desde más allá de la puerta tras la cual reside lo que carece de todo límite. 3No hay nada en el amor ilimitado que pudiese necesitar perdón. 4Y lo que en el mundo es caridad, más allá de la puerta del Cielo pasa a ser simple justicia. 5Nadie perdona a menos que haya creído en el pecado y aún crea que hay mucho por lo que él mismo necesita ser perdonado. 6El perdón se vuelve de esta manera el medio por el que aprende que no ha hecho nada que necesite perdón. 7El perdón siempre descansa en el que lo concede, hasta que reconoce que ya no lo necesita más. 8De este modo, se le reinstaura a su verdadera función de crear, que su perdón le ofrece nuevamente.

2. El perdón convierte el mundo del pecado en un mundo de glo­ria, maravilloso de ver. 2Cada flor brilla en la luz, y en el canto de todos los pájaros se ve reflejado el júbilo del Cielo. 3No hay tris­teza ni divisiones, pues todo se ha perdonado completamente. 4Y los que han sido perdonados no pueden sino unirse, pues nada se interpone entre ellos para mantenerlos separados y aparte. 5Los que son incapaces de pecar no pueden sino percibir su unidad, pues no hay nada que se interponga entre ellos para alejar a unos de otros. 6Se funden en el espacio que el pecado dejó vacante, en jubiloso reconocimiento de que lo que es parte de ellos no se ha mantenido aparte y separado.

3. El santo lugar en el que te encuentras no es más que el espacio que el pecado dejó vacante. 2En su lugar ves alzarse ahora la faz de Cristo. 3¿Quién podría contemplar la faz de Cristo y no recor­dar a Su Padre tal como Éste realmente es? 4¿Y quién que temiese al amor, podría pisar la tierra en la que el pecado ha dejado un sitio para que se erija un altar al Cielo que se eleve muy por encima del mundo hasta llegar más allá del universo y tocar el Corazón de toda la creación? 5¿Qué es el Cielo, sino un himno de gratitud, de amor y de alabanza que todo lo creado le canta a la Fuente de su creación? 6El más santo de los altares se erige donde una vez se creyó reinaba el pecado. 7Y a él vienen todas las luces del Cielo, para ser reavivadas y para incrementar su gozo. 8Pues en este altar se les restituye lo que habían perdido y recobran todo su fulgor.

4. Los milagros que el perdón deposita ante las puertas del Cielo no son insignificantes. 2Aquí el Hijo de Dios Mismo viene a reci­bir cada uno de los regalos que lo acerca más a su hogar. 3Ni uno solo de ellos se pierde, y a ninguno se le atribuye más valor que a otro. 4Cada uno de esos regalos le recuerda el amor de su Padre en igual medida que el resto. 5cada uno le enseña que lo que él temía, es lo que más ama. 6¿Qué otra cosa, salvo un milagro, podría hacerle cambiar de mentalidad de modo que comprenda que el amor no puede ser temido? 7¿Qué otro milagro puede haber aparte de éste? 8¿Y qué otra cosa se podría necesitar para que el espacio entre vosotros desaparezca?

5. Donde antes se percibía el pecado se alzará un mundo que se convertirá en el altar de la verdad, y allí tú te unirás a las luces del Cielo y entonarás con ellas su himno de gratitud y alabanza. 2tal como ellas vienen a ti para completarse a sí mismas, así tú te dirigirás a ellas con el mismo propósito. 3Pues no hay nadie que pueda oír el himno del Cielo sin añadir el poder de su voz a él, haciéndolo así aún más dulce. 4todos se unirán al himno ante el altar que fue erigido en el pequeño espacio que el pecado proclamaba que era suyo. 5lo que entonces era minúsculo se habrá expandido hasta convertirse en un himno excelso en el que todo el universo se habrá unido cual una sola voz.


6. Esa pequeña mácula de pecado que aún se interpone entre vo­sotros está demorando el feliz momento en el que las puertas del Cielo se abrirán. 2¡Cuán pequeño es el obstáculo que te impide disponer de la riqueza del Cielo! 3¡Y cuán grande será el gozo en el Cielo cuando te unas al imponente coro en alabanza al Amor de Dios!






domingo, 21 de octubre de 2018

21 OCTUBRE: Mi cuerpo es algo completamente neutro.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 294


Mi cuerpo es algo completamente neutro.


1. Soy un Hijo de Dios. 2¿Cómo iba a poder ser también otra cosa? 3¿Acaso creó Dios lo mortal y lo corruptible? 4¿De qué le sirve al bienamado Hijo de Dios lo que ha de morir? 5Sin embargo, lo que es neutro no puede ver la muerte, pues allí no se han depositado pensamientos de miedo, ni se ha hecho de ello una parodia del amor. 6La neutralidad del cuerpo lo protege mientras siga siendo útil. 7Una vez que no tenga ningún propósito, se dejará a un lado. 8No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado. 9Es que simple­mente no tiene ninguna función, es innecesario, y, por consi­guiente, se le desecha. 10Haz que hoy no vea en él más que esto: algo que es útil por un tiempo y apto para servir, que se conserva mientras pueda ser de provecho, y luego es reemplazado por algo mejor.

2. Mi cuerpo, Padre, no puede ser Tu Hijo. 2Y lo que no ha sido creado no puede ser ni pecaminoso ni inocente; ni bueno ni malo. 3Déjame, pues, valerme de este sueño para poder ser de ayuda en Tu plan de que despertemos de todos los sueños que urdimos.








Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Esta frase resume la actitud del Curso hacia el cuerpo. No es “ni bueno ni malo” (2:2), es neutro. Su valor o que sea perjudicial procede del uso que hagamos de él, del propósito al que sirve.

Hay una actitud hacia el cuerpo que lo ve como bueno, siempre merecedor de que respetemos sus deseos. Si alguien me excita sexualmente, debería satisfacer ese deseo. Si tengo hambre, debería comer; si estoy cansado, debería dormir. Toda represión de los deseos físicos está equivocada. Este punto de vista identifica incorrectamente mi cuerpo con mi ser. Convierte al cuerpo no sólo en algo bueno sino en Dios.

Hay otra actitud hacia el cuerpo que lo considera malvado. Por lo tanto, debo dominar y reprimir todos mis impulsos. Este punto de vista niega que el cuerpo es en cierto modo una expresión de mi ser. Considera al cuerpo un demonio. Produce culpa sin fin por cualquier deseo físico.

El Curso dice que el cuerpo no es ni bueno ni malo. Es neutro. No es ni pecaminoso ni inocente. Su única utilidad es la de despertar del sueño, o comunicar la salvación. Este enfoque no comete el error de identificarme con mi cuerpo. No me hace sentir mal por tener impulsos, ni por ignorar algunos de esos impulsos. Ni exalta ni condena al cuerpo. Acepta el cuerpo como un instrumento, útil para el propósito de la verdad y nada más. No ve ningún propósito en las metas corporales en sí.

La lección afirma: “Soy un Hijo de Dios” (1:1). Y no soy “otra cosa”, “mortal y corruptible” (1:2-3). Dios no creó el cuerpo mortal y corruptible, y al Hijo de Dios no le sirve de nada lo que va a morir (1:4). Sin embargo, si se ve el cuerpo como algo neutro, “no puede ver la muerte” (1:5). ¿Por qué? Porque “allí no se han depositado pensamientos de miedo, ni se ha hecho de ello una parodia del amor” (1:5). Sentimos la muerte (aparentemente) cuando consideramos al cuerpo como malvado (“pensamientos de miedo”) o como bueno (“una parodia del amor”). Considerar al cuerpo neutro “lo protege mientras siga siendo útil” (1:6). En otras palabras, para la mente que ha sanado, el cuerpo no puede morir hasta que haya hecho su trabajo. Dura tanto como sea necesario a la mente para sus propósitos de sanación en este mundo, y luego simplemente “se dejará a un lado” porque ya no tiene “ningún propósito” (1:7). Esto no es muerte sino simplemente el fin del cuerpo. Como dice “La Canción de la Oración”: “Lo llamamos muerte pero es la libertad” (C.3.II.3:1).

Cuando una mente que ha sanado ya no necesita más el cuerpo, el cuerpo simplemente se deja a un lado. “No es que haya enfermado, esté viejo o lesionado. Es que simplemente no tiene ninguna función, es innecesario y, por consiguiente, se le desecha” (1:8-9). Ha habido unos pocos que han sentido esta especie de fin del cuerpo que no es muerte. Robert me dice que ha leído de un monje tibetano que un día anunció a sus seguidores que su trabajo con el cuerpo estaba casi terminado y que abandonaría el cuerpo en unos pocos meses. Incluso dio la fecha exacta. Y aquel mismo día se sentó en meditación en la postura de loto y sencillamente lo abandonó. No estaba “enfermo, viejo o lesionado”. Sencillamente su cuerpo ya no era necesario.

¿Cómo podemos alcanzar un estado tan elevado y una muerte tan dulce (si se le puede llamar “muerte”)? La lección indica que nuestro camino está en poco a poco ir considerando a nuestro cuerpo como “algo que es útil por un tiempo y apto para servir, que se conserva mientras pueda ser de provecho, y luego es reemplazado por algo mejor” (1:10). No es ni una carga ni una meta en sí mismo. Sólo es un instrumento. Lo usamos en este sueño para “ser de ayuda en Tu plan de que despertemos de todos los sueños que urdimos” (2:3), y para nada más que eso. Considerar neutro al cuerpo es lo que lo protege mientras sea útil en este plan. Cuando nuestra mente está de acuerdo con el plan de Dios, valoramos el cuerpo por su utilidad para llevar a cabo el plan, y no por sí mismo. Ni lo exaltamos ni abusamos de él. No luchamos por conservar el cuerpo ni por abandonarlo. Sólo lo usamos para llevar a cabo nuestra función.


¿Qué es el mundo real? (Parte 4)

L.pII.8.2:3-6

Cuando vemos el mundo real, “Allí sólo hay reposo” (2:3). No hay conflicto, no hay “lucha”. Pienso que cuando vea el mundo real, habrá muy poco o ninguna sensación de prisa. Hay una actitud hacia la espiritualidad que infunde lo que es casi un modo de pánico: “¡Tenemos que arreglar las cosas, tenemos que hacerlo bien, inmediatamente!”. Esto no es reposo. La visión del mundo real es una visión tranquila, que nos llena de la seguridad de que “Nada real puede ser amenazado” (T.In.2:2) y, por lo tanto, no hay necesidad de pánico.

“No se oyen gritos de dolor o de pesar, pues allí nada está excluido del perdón” (2:4). No creo que esto signifique que nos volvamos indiferentes al sufrimiento del mundo. En el Texto, el Curso nos dice: “El amor siempre responde, pues es incapaz de negar una petición de ayuda, o de no oír los gritos de dolor que se elevan hasta él desde todos los rincones de este extraño mundo que construiste, pero que realmente no deseas” (T.13.VII.4:3). Lo que pienso que esta línea significa es que los gritos de dolor y sufrimiento no se oyen como testigos del miedo, sino como peticiones de ayuda, como algo que necesita una respuesta de amor en lugar de una respuesta de terror. La mente que ha sanado y ve el mundo real no se angustia por los gritos de dolor y sufrimiento porque sabe que “nada está excluido del perdón” (2:4). Nada está sin esperanza.

Y las escenas que se ven son apacibles, pues sólo escenas y sonidos felices pueden llegar hasta la mente que se ha perdonado a sí misma. (2:5-6)

Debajo de los sonidos de miedo, la mente que se ha perdonado a sí misma oye los himnos de gratitud (L.293.2:2). La canción del amor es más alta que el canto fúnebre del miedo. Todo lo que se ve lleva la nota de la salvación.


Hay una manera de contemplarlo todo que te acerca más a Él y a la salvación del mundo. (L.193.13:1)




sábado, 20 de octubre de 2018

20 OCTUBRE: El miedo ya se acabó y lo único que hay aquí es amor.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 293


El miedo ya se acabó y lo único que hay aquí es amor.


1. El miedo ya se acabó porque su fuente ha desaparecido, y con ella, todos sus pensamientos desaparecieron también. 2El amor sigue siendo el único estado presente, cuya Fuente está aquí para siempre. 3¿Cómo iba a parecerme el mundo claro y diáfano, segu­ro y acogedor; cuando todos mis errores pasados lo oprimen y me muestran manifestaciones distorsionadas de miedo? 4Mas en el presente el amor es obvio y sus efectos evidentes. 5El mundo entero resplandece en el reflejo de su santa luz, y por fin percibo un mundo perdonado.

2. Padre no permitas que Tu santo mundo me pase desapercibido hoy, 2ni que mis oídos sean sordos a todos los himnos de gratitud que el mundo entona bajo los sonidos del miedo. 3Hay un mundo real que el presente mantiene a salvo de todos los errores del pasado. 4Y éste es el único mundo que quiero tener ante mis ojos hoy.





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Pienso en el miedo como relacionado con el futuro, sin embargo aquí dice: “El miedo ya se acabó”. Pienso que esto significa algo más que mis experiencias de miedo ya se acabaron. Entendido así, es lo que nos gustaría. Lo que parece decir realmente es que el miedo está en el pasado. El miedo viene del pasado, existe en el pasado únicamente. Cuando el pasado me parece real, “cuando todos mis errores pasados lo oprimen”, entonces tengo miedo. (Y sólo entonces). Lo que temo es que el pasado condiciona el futuro. Si mi pasado está lleno de errores y culpa, y lo considero real, esto produce mi miedo actual al futuro.

La fuente del miedo hace real el pasado en el momento presente.

El Curso nos enseña que: “El pasado que tú recuerdas jamás tuvo lugar” (T.14.IX.1:10). Al principio me resulta difícil decirme a mí mismo: “Las cosas que pienso que sucedieron en el pasado jamás sucedieron, no son reales” Quizá es más fácil decir: “El pasado nunca existió del modo en que yo pienso”. Eso parece más posible, más aceptable. Decir eso es sólo un paso hacia la verdad, pero pienso que puede ser un paso útil. Empezamos aceptando que, al menos, nuestros recuerdos del pasado están distorsionados.

Cada cual puebla su mundo de figuras procedentes de su pasado individual, y ésa es la razón de que los mundos privados difieran tanto entre sí. No obstante, las imágenes que cada cual ve jamás han sido reales, pues están compuestas únicamente de sus reacciones hacia sus hermanos, y no incluyen las reacciones de éstos hacia él. (T.13.V.2:1-2)

Más que eso, el pasado que creemos conocer está lleno de razones para la culpa y el ataque. Recordamos las ofensas que nos han hecho, y las ofensas que hemos hecho nosotros. Esa percepción debe cambiar. Si aceptamos el juicio del Espíritu Santo, la percepción de culpa desaparece. El perdón es una especie de memoria selectiva. Podemos empezar a ver el pasado y todas las cosas del pasado como una expresión de amor o como una petición de ayuda.

Ésta es una especie de posición intermedia. Todavía creemos que el pasado es (o fue) real, pero estamos decidiendo verlo de una manera diferente. La verdad última es que el tiempo no existe, el mundo no existe, los cuerpos no existen. No son nada sino la representación de los pensamientos de nuestra mente.

Una semejanza física me ayuda. ¿Existe la ola de un océano? ¿Es real una ola? En cierto sentido, sí; en otro sentido, no. Una ola no existe separada del océano. Lo que llamamos una ola no es más que la representación de la energía física del agua. El agua, el océano (en este plano físico) son lo que es real, la ola está aquí un momento y al siguiente ha desaparecido, en este momento consta de un conjunto de moléculas de agua y en el siguiente consta de un conjunto de moléculas diferentes. Una ola no existe por sí misma separada de todo lo demás.

Todo el universo físico no es más que una ola en la Mente Eterna. La Mente es todo lo que es real.

En este sentido, nada del pasado es real. Todo el pasado de una ola no existe. La ola que ha pasado ha desaparecido completamente. Donde antes estuvo, ahora todo está en calma y sereno, sin que haya sido afectado por la ola. Las olas no cambian el océano.

Algunos pueden verlo de este modo, de comprender al menos la idea de que el pasado no existe. Otros podemos necesitar la forma más sencilla de “Nunca sucedió como yo pienso. La culpa nunca fue real”. La forma más sencilla llevará finalmente a la comprensión total, así que realmente no importa.

Entonces, cuando siento miedo, lo que tengo que buscar es la creencia en el pasado que hay detrás, quizá escondida, pero está ahí sin duda. Únicamente el pasado me hace tener miedo al futuro. Por esa razón los niños pequeños no tienen miedo, no tienen recuerdos de desastres pasados que puedan provocarles miedo. Cuando sienta miedo, que recuerde que depende de mi percepción del pasado, y que afirme: “Lo que recuerdo nunca sucedió tal como yo pienso. No hay nada que temer”.

Cuando voluntariamente elijo no dejar entrar al pasado en mi presente, “en el presente el amor es obvio y sus efectos evidentes” (1:4). La carga constante del pasado, desenterrando horrores recordados, impide completamente que “me dé cuenta de la presencia del amor”. Todo nuestro aprendizaje no es más que una acumulación de ideas acerca del pasado. Por lo tanto, todo eso no es nada. Empezamos a desaprender, a olvidar voluntariamente lo que pensamos que el pasado nos ha enseñado, y en ello encontramos la percepción verdadera y finalmente el verdadero conocimiento.

El mundo que contemplamos, cuando lo vemos sin el miedo del pasado, es el mundo real. Éste es el mundo que estamos pidiendo ver en esta lección. Debajo de todas las imágenes de miedo, el mundo está cantando “himnos de gratitud” (2:2). La percepción del Espíritu Santo puede atravesar la capa de miedo que hemos puesto sobre la realidad. Cuando compartimos Su percepción, nos damos cuenta de que el pasado ha desaparecido, y vemos y oímos lo que está aquí ahora, cuando “el amor es obvio y sus efectos evidentes”.

Entonces, me uno a la oración: “Éste es el único mundo que quiero tener ante mis ojos hoy” (2:4).


¿Qué es el mundo real? (Parte 3)

L.pII.8.2:1-2

“El mundo real te ofrece una contrapartida para cada pensamiento de infelicidad que se ve reflejado en tu mundo, una corrección segura para las escenas de miedo y los clamores de batalla que pueblan tu mundo” (2:1). Si el mundo real contiene una corrección para cada pensamiento de infelicidad, entonces tiene que consistir en pensamientos felices. La diferencia está en los pensamientos sobre lo que se ve, y no en los objetos que se ven. En esta frase parece que el mundo real es como una colección de vídeos, cada uno con una interpretación diferente de alguna persona o acontecimiento de nuestra vida. Podemos elegir ver los vídeos del Espíritu Santo o los del ego. Las mismas escenas pero con un Director diferente, con un significado diferente para todo.

“El mundo real muestra un mundo que se contempla de otra manera: a través de ojos serenos y de una mente en paz” (2:2). La diferencia está en la paz de la mente que ve. Ésta es la primera de tres referencias al estado de la mente que ve. Las otras dos referencias son: “la mente que se ha perdonado a sí misma” (2:6) y “una mente que está en paz consigo misma” (3:4).

Todos suponemos que nuestras percepciones (interpretaciones) del mundo nos están contando algo real del mundo. La verdad es que nos están contando algo acerca de nuestro propio estado mental. Las imágenes de miedo y los sonidos de lucha que percibimos son únicamente reflejos del miedo y de la lucha dentro de nuestra propia mente. Cuando llevamos nuestra mente a la paz, el mundo toma una apariencia diferente porque nuestra mente está proyectando su propio estado mental sobre el mundo. Que busque la sanación de mi propia mente, y la sanación del mundo se encargará de sí misma.







viernes, 19 de octubre de 2018

19 OCTUBRE: Todo tendrá un desenlace feliz.

AUDIOLIBRO



EJERCICIOS 


LECCIÓN 292


Todo tendrá un desenlace feliz.


1. Las promesas de Dios no hacen excepciones. 2Y Él garantiza que la dicha será el desenlace final de todas las cosas. 3De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso: hasta cuándo vamos a permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya. 4Pues mientras pensemos que esa voluntad es real, no halla­remos el final que Él ha dispuesto sea el desenlace de todos los problemas que percibimos, de todas las tribulaciones que vemos y de todas las situaciones a que nos enfrentamos. 5Mas ese final es seguro. 6Pues la Voluntad de Dios se hace en la tierra, así como en el Cielo. 7Lo buscaremos y lo hallaremos, tal como dispone Su Voluntad, la Cual garantiza que nuestra voluntad se hace.

2. Te damos gracias, Padre, por Tu garantía de que al final todo tendrá un desenlace feliz. 2Ayúdanos a no interferir y demorar así el feliz de­senlace que nos has prometido para cada problema que podamos percibir y para cada prueba por la que todavía creemos que tenemos que pasar.



Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica en las instrucciones de la Segunda Parte del Libro de Ejercicios, o en la Tarjeta de Práctica de este libro.

Comentario

Las promesas de Dios no hacen excepciones. Y Él garantiza que la dicha será el desenlace final de todas las cosas. De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso: hasta cuándo vamos a permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya. (1:1-3)
“De nosotros depende, no obstante, cuándo habrá de lograrse eso”. Siempre volvemos a eso: Cuándo sentiremos el resultado de la dicha en todas las cosas depende de nosotros. Si siento algo que no sea dicha total se debe a mi propia elección de “permitir que una voluntad ajena parezca oponerse a la Suya”. Me parece que es mi propia voluntad la que a veces se opone a la de Dios. Parece que no quiero abandonar las pequeñas comodidades, las complacencias físicas, mentales y emocionales que me concedo continuamente con la ilusión de que las necesito.

La ley de la percepción afirma: “ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté” (T.25.III.1:3). Si veo en mí una voluntad diferente a la de Dios, la veo porque creo que está ahí. Creo que mi voluntad es diferente de la de Dios. Y creo eso porque quiero creerlo. Si soy semejante a Dios en todo, Dios y yo sólo tenemos una Voluntad, y la voluntad ajena que percibo no es nada. ¡Ésa es la verdad exacta! ¡La voluntad ajena no es nada! No existe. Por eso quiero ver “mi” voluntad que se opone a la de Dios, y por eso la veo. El aparente conflicto en mi vida es el intento inútil del ego de aferrarse a su identidad que es completamente ilusoria.

La verdad del asunto es que lo que veo (mi resistencia a la Voluntad de Dios, que es mi perfecta felicidad) no existe. Lo estoy proyectando desde mi mente. Lo que veo es una ilusión de mí mismo. No es real y, por lo tanto, no trae ni pizca de culpa.

Pues mientras pensemos que esa voluntad es real, no hallaremos el final que Él ha dispuesto sea el desenlace de todos los problemas que percibimos, de todas las tribulaciones que vemos y de todas las situaciones a que nos enfrentamos. (1:4)

Nos demos cuenta de ello o no, todos nosotros vamos por ahí la mayor parte del tiempo inquietos por la contracorriente de resistencia a Dios que creemos que existe dentro de nosotros. Pensamos que es real. Leemos Un Curso de Milagros y decidimos ser más amorosos, perdonar más, y luego encontramos una profunda resistencia a esa idea, un muro aparentemente imponente que no nos va a permitir cambiar. Tenemos una adicción que no podemos romper. Descubrimos una relación en la que el perdón es imposible a pesar de todos nuestros esfuerzos. Decidimos que “Hoy no juzgaré nada de lo que suceda”, y luego, diez minutos más tarde, estallamos de ira por una pequeña injusticia. Y sentimos desesperación, sentimos que no podemos hacerlo, que en cierto modo somos incorregibles, que una parte de nosotros está fuera del alcance de la salvación, que una parte de nuestra voluntad se opondrá a Dios sin remedio.

Jesús nos dice que mientras creamos que esta parte de nosotros que parece oponerse a Dios es real, no encontraremos el mundo real. No encontraremos la manera de escaparnos. No encontraremos “el desenlace feliz de todas las cosas”.

Tenemos que llegar al punto en el que somos conscientes de ese nudo cabezota dentro de nosotros y conscientes al mismo tiempo de que no es real. Tenemos que llegar al estado en que lo vemos, lo reconocemos, y nos hacemos responsables de él y, sin embargo lo hacemos sin culpa. Mirar a la oscuridad del ego sin culpa es posible sólo si, mientras miramos, hemos abandonado toda creencia en su realidad. Eso es lo que el Espíritu Santo nos permitirá hacer. Al hacerlo, nos daremos cuenta de que el ego es una ilusión de nosotros mismos proyectada desde nuestra mente, nada más que una ilusión, y por lo tanto no es nada por lo que disgustarnos. “Sí. Veo el nudo de resistencia dentro de mí, pero lo que veo no está realmente ahí. Lo estoy viendo, pero no es real. No cambia nada la realidad. Yo soy el Hijo que Dios ama, aunque ahora no pueda verlo”.

Queremos que el nudo del ego cambie. Queremos que desaparezca ahora mismo. Y mientras creamos en su realidad, no desaparecerá. El ego es incorregible. El perdón a uno mismo supone aceptar eso acerca de nosotros. El ego siempre será el ego, ésa es la mala noticia. Pero el ego no es lo que somos, y ésa es la buena noticia.

Cuando nos damos cuenta de que estamos escuchando al ego, creyendo en la realidad de una voluntad ajena, podemos aprender a no lo tomarlo en serio. Es como si dijéramos: “Otra vez estaba soñando. Ahora elijo despertar”. Y si nos damos cuenta de que todavía no estamos preparados para despertar del todo, si la apariencia de la resistencia en nosotros todavía parece real, podemos decir: “Sí. Veo que todavía no estoy despierto y que todavía parece real, pero al menos me doy cuenta de que estoy soñando”. El ego no tiene ninguna importancia. Como Ken Wapnick dice: “No es gran cosa”. Aunque parezcamos atrapados en el sueño, no tenemos que sentirnos culpables por ello.

Mas ese final es seguro. Pues la Voluntad de Dios se hace en la tierra, así como en el Cielo. Lo buscaremos y lo hallaremos, tal como dispone Su Voluntad, la Cual garantiza que nuestra voluntad se hace. (1:5-7)

Toda la furia del ego, toda la aparente lucha: todo es un sueño. El final es seguro y la locura del ego no le afecta nada. No hay ninguna voluntad que se oponga a la de Dios y, por lo tanto, Su Voluntad y la nuestra se hará. De hecho, mi voluntad y la de Dios son la misma, lo que garantiza el resultado final. La locura del sueño del ego no tiene efectos, igual que un sueño no tiene efectos en el mundo físico. La locura del ego es únicamente un juego de imágenes en la mente, y nada más que eso. Al final no quedará nada más que pura dicha.

Te damos gracias, Padre, por Tu garantía de que al final todo tendrá un desenlace feliz. Ayúdanos a no interferir y demorar así el feliz desenlace que nos has prometido para cada problema que podamos percibir y para cada prueba por la que todavía creemos que tenemos que pasar. (2:1-2)

“Ayúdanos a no interferir”. Ésa es nuestra oración. Resistir al ego, sentirnos culpables por él, luchar por cambiarlo, o despreciarnos a nosotros por su causa, todas ellas son formas de interferencia. Todas ellas hacen que el error de creer en el ego parezca real, creyendo que realmente hay una voluntad ajena dentro de nosotros que se opone a Dios. No interferir es reconocer que el ego es sólo un sueño acerca de nosotros mismos, y que no hay que hacer nada acerca de ello. La fuerza más poderosa “en contra” del ego es el pensamiento: “No importa. No significa nada”. Únicamente llévaselo al Espíritu Santo y deja que Él se encargue. Di: “¡Vaya! Ya estoy soñando otra vez”. Y abandónalo.



¿Qué es el mundo real? (Parte 2)

L.pII.8.1:3-4

El mundo es un símbolo, de miedo o de amor. “Ves tu mundo a través de los ojos del miedo, lo cual te trae a la mente los testigos del terror” (1:3). La voz que elegimos escuchar, dentro de nuestra mente, determina lo que vemos. Si elegimos escuchar al miedo, el mundo que vemos representa al miedo, y está lleno de “los testigos del terror”. El mundo entonces nos dice lo que nosotros le hemos dicho que nos diga.

Cuando escuchamos al miedo, vemos cosas en el mundo que justifican nuestro miedo. Vemos odio, ataque, egoísmo, ira, conflicto y asesinato. Todo esto son interpretaciones de lo que estamos viendo. En cada caso siempre hay otra interpretación posible. Podemos unir nuestra percepción a la del Espíritu Santo, y Él nos permitirá ver el mundo de manera diferente.

“El mundo real sólo lo pueden percibir los ojos que han sido bendecidos por el perdón, los cuales, consecuentemente, ven un mundo donde el terror es imposible y donde no se puede encontrar ningún testigo del miedo” (1:4). Cuando escuchamos al amor o al perdón, vemos cosas en el mundo que justifican nuestro amor. Nada de lo que vemos da testimonio del terror. Imagínate un mundo en el que “el terror es imposible”, donde nada de lo que ves te dice: “¡Ten Miedo!” Ése es el mundo real tal como lo define el Curso. Todo se ve a través de “ojos que han sido bendecidos por el perdón”. La interpretación de todo lo que vemos se vuelve completamente diferente del que estamos acostumbrados.

La mente determina qué mundo vemos. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos elegir lo que queremos ver, y lo veremos. El mundo al que miramos puede haber cambiado o no, pero la interpretación que hacemos de él habrá cambiado totalmente. Ya no veremos más ninguna de las formas de miedo que el ego ha inventado, en su lugar lo único que veremos será amor o petición de amor. Nada de lo que veamos exigirá condena o castigo. Todo lo que veamos pedirá únicamente amor.




TEXTO 


Capítulo 26


LA TRANSICIÓN



I. El "sacrificio" de la unicidad


1. El sacrificio es una idea clave en la "dinámica" del ataque. 2Es el eje sobre el que toda transigencia, todo desesperado intento de cerrar un trato y todo conflicto alcanza un aparente equilibrio. 3Es el símbolo del tema central según el cual alguien siempre tiene que perder. 4El hincapié que hace en el cuerpo es evidente, pues el sacrificio es siempre un intento de minimizar la pérdida. 5El cuerpo en sí es un sacrificio, una renuncia al poder a cambio de quedarte con una pequeña porción de él para ti solo. 6Ver a un hermano en otro cuerpo, separado del tuyo, es la expresión del deseo de ver únicamente una pequeña parte de él y de sacrificar el resto. 7Contempla el mundo y verás que nada está unido a nada más allá de sí mismo. 8Todas las aparentes entidades pue­den acercarse o alejarse un poco, pero no pueden unirse.

2. El mundo que ves está basado en el "sacrificio" de la unicidad. 2Es la imagen de una total desunión y de una absoluta falta de unidad. 3Alrededor de cada entidad se erige una muralla tan só­lida en apariencia, que parece como si lo que se encuentra adentro jamás pudiese salir afuera, y lo que se encuentra afuera jamás pudiese llegar hasta lo que se encuentra oculto allí. 4Cada parte tiene que sacrificar a otra para conservar su propia integridad. 5Pues si se uniesen, cada una perdería su identidad individual, y es mediante esa separación como conservan su individualidad.

3. Lo poco que el cuerpo mantiene cercado se convierte en el yo, el cual se conserva mediante el sacrificio de todo lo demás. 2todo lo demás no puede sino perder esta pequeña parte y perma­necer incompleto a fin de mantener intacta su propia identidad. 3En esta percepción de ti mismo la pérdida del cuerpo sería cier­tamente un sacrificio. 4Pues ver cuerpos se convierte en la señal de que el sacrificio es limitado y de que aún queda algo que es exclusivamente para ti. 5para que esa ínfima parte te perte­nezca, se demarcan límites en todo lo que es externo a ti, así como en lo que crees que es tuyo. 6Pues dar es lo mismo que recibir. 7Y aceptar las limitaciones de un cuerpo es imponer esas mismas limitaciones a cada hermano que ves. 8Pues sólo puedes ver a tu hermano como te ves a ti mismo.

4. El cuerpo supone una pérdida, y, por lo tanto, se puede usar para los fines del sacrificio. 2Y mientras veas a tu hermano como un cuerpo, aparte de ti y separado dentro de su celda, estarás exigiendo que tanto tú como él os sacrifiquéis. 3¿Qué mayor sacrificio puede haber que exigirle al Hijo de Dios que se perciba a sí mismo sin su Padre? 4¿O que su Padre esté sin Su Hijo? 5Sin embargo, todo sacrificio exige que estén separados, y el uno sin el otro. 6El recuerdo de Dios se niega si se le exige a alguien algún sacrificio. 7¿Qué testigo de la plenitud del Hijo de Dios puede verse en un mundo de cuerpos separados, por mucho que él dé testimonio de la verdad? 8Él es invisible en un mundo así. 9Y su himno de unión y de amor no puede oírse en absoluto. 10No obs­tante, se le ha concedido hacer que el mundo retroceda ante su himno y que su visión reemplace a los ojos del cuerpo.

5. Aquellos que quieren ver los testigos de la verdad en vez de los de la ilusión, piden simplemente poder ver en el mundo un propósito que haga que el mundo tenga sentido y significado. 2Sin tu función especial, no tiene ningún significado para ti. 3Sin embargo, se puede convertir en una mina tan rica e ilimitada como el Cielo mismo. 4No hay ni un solo instante en el que la santidad de tu hermano no se pueda ver y con ello añadir abun­dante riqueza a cada diminuto fragmento y a cada pequeña migaja de felicidad que te concedes a ti mismo.

6. Puedes perder de vista la unicidad, pero no puedes sacrificar su realidad. 2Tampoco puedes perder aquello que quieres sacrifi­car ni impedir que el Espíritu Santo lleve a cabo Su misión de mostrarte que la unicidad no se ha perdido. 3Escucha, pues, el himno que te canta tu hermano, y según dejas que el mundo retroceda, acepta el descanso que su testimonio te ofrece en nom­bre de la paz. 4Pero no lo juzgues, pues si lo haces, no oirás el himno de tu liberación ni verás lo que le es dado a él atestiguar a fin de que tú puedas verlo y regocijarte junto con él. 5No dejes que debido a tu creencia en el pecado su santidad sea sacrificada, 6pues sacrificas tu inocencia con la suya, y mueres cada vez que ves en él un pecado por el que él merece morir.

7. Sin embargo, puedes renacer en cualquier instante y recibir vida nuevamente. 2La santidad de tu hermano te da vida a ti que no puedes morir porque Dios conoce su inocencia, la cual tú no puedes sacrificar, tal como tu luz tampoco puede desaparecer porque él no la vea. 3Tú que querías hacer de la vida un sacrificio, y que tus ojos y oídos fuesen testigos de la muerte de Dios y de Su santo Hijo, no pienses que tienes el poder para hacer de Ellos lo que Dios no dispuso que fuesen. 4En el Cielo, el Hijo de Dios no está aprisionado en un cuerpo ni ha sido sacrificado al pecado en soledad. 5tal como él es en el Cielo, así tiene que ser eterna­mente y en todas partes. 6Es por siempre él mismo: nacido de nuevo cada instante, inmune al tiempo y mucho más allá del alcance de cualquier sacrificio de vida o de muerte. 7Pues él no creó ni una ni otra, y sólo una le fue dada por Uno que sabe que Sus dones jamás se pueden sacrificar o perder.

8. La justicia de Dios descansa amorosamente sobre Su Hijo, manteniéndolo a salvo de toda injusticia que el mundo quisiera cometer contra él. 2¿Podrías acaso hacer que sus pecados fuesen reales, y sacrificar así la Voluntad de su Padre con respecto a él? 3No lo condenes viéndolo dentro de la putrescente prisión en la que él se ve a sí mismo. 4Tu función especial es asegurarte de que la puerta se abra, de modo que él pueda salir para verter su luz sobre ti y devolverte el regalo de la libertad al recibirlo de ti. 5¿Y cuál podría ser la función especial del Espíritu Santo, sino la de liberar al santo Hijo de Dios del aprisionamiento que él concibió para negarse a sí mismo la justicia? 6¿Y podría ser tu función una tarea aparte y distinta de la Suya?



II. Muchas clases de error, una sola corrección


1. Es fácil entender las razones por las que no le pides al Espíritu Santo que resuelva todos tus problemas por ti. 2Para Él no es más difícil resolver unos que otros. 3Todos los problemas son iguales para Él, puesto que cada uno se resuelve de la misma manera y con el mismo enfoque. 4Los aspectos que necesitan solución no cambian, sea cual sea la forma que el problema parezca adoptar. 5Un problema puede manifestarse de muchas maneras, y lo hará mientras el problema persista. 6De nada sirve intentar resolverlo de una manera especial. 7Se presentará una y otra vez hasta que haya sido resuelto definitivamente y ya no vuelva a surgir en ninguna forma. 8Sólo entonces te habrás liberado de él.

2. El Espíritu Santo te ofrece la liberación de todos los problemas que crees tener. 2Para Él, todos ellos son el mismo problema por­que cada uno, independientemente de la forma en que parezca manifestarse, exige que alguien pierda y sacrifique algo para que tú puedas ganar. 3Mas sólo cuando la situación se resuelve de tal manera que nadie pierde desaparece el problema, pues no era más que un error de percepción que ahora ha sido corregido. 4Para Él no es más difícil llevar un error ante la verdad que otro. 5Pues sólo hay un error: la idea de que es posible perder y de que alguien puede ganar como resultado de ello. 6Si eso fuese cierto, entonces Dios sería injusto, el pecado posible, el ataque estaría justificado y la venganza sería merecida.

3. Para este único error, en cualquiera de sus formas, sólo hay una corrección. 2Es imposible perder, y creer lo contrario es un error. 3Tú no tienes problemas, aunque pienses que los tienes. 4No podrías pensar que los tienes si los vieses desaparecer uno por uno, independientemente de la magnitud, de la complejidad, del lugar, del tiempo, o de cualquier otro atributo que percibas que haga que cada uno de ellos parezca diferente del resto. 5No pienses que las limitaciones que impones sobre todo lo que ves pueden limitar a Dios en modo alguno.

4. El milagro de la justicia puede corregir todos los errores. 2Todo problema es un error. 3Es una injusticia contra el Hijo de Dios, y, por lo tanto, no es verdad. 4El Espíritu Santo no evalúa las injusti­cias como grandes o pequeñas, mayores o menores. 5Para Él todas están desprovistas de atributos. 6Son equivocaciones por las que el Hijo de Dios está sufriendo innecesariamente. 7Y así, Él simple­mente le arranca los clavos y las espinas. 8No se detiene a juzgar si el dolor es grande o pequeño. 9Él emite un solo juicio: herir al Hijo de Dios sería una injusticia, por lo tanto, no puede ser verdad.

5. Tú que crees que entregarle al Espíritu Santo tan sólo algunos errores y quedarte con el resto te mantiene a salvo, recuerda esto: la justicia es total. 2La justicia parcial no existe. 3Si el Hijo de Dios fuese culpable, estaría condenado y no merecería la misericordia del Dios de la justicia. 4Por lo tanto, no le pidas a Dios que lo castigue porque tú lo consideres culpable y desees verlo muerto. 5Dios te ofrece los medios para que puedas ver su inocencia. 6¿Sería justo que se le castigase porque tú te niegues a ver lo que se encuentra ahí ante ti? 7Cada vez que decides resolver un pro­blema por tu cuenta, o consideras que se trata de un problema que no tiene solución, lo has exagerado y privado de toda espe­ranza de corrección. 8Y así, niegas que el milagro de la justicia pueda ser justo.

6. Si Dios es justo, no puede haber entonces ningún problema que la justicia no pueda resolver. 2Pero tú crees que algunas injusticias son buenas y justas, así como necesarias para tu propia supervi­vencia. 3Éstos son los problemas que consideras demasiado gran­des e irresolubles. 4Pues hay personas a las que les deseas que pierdan, y no hay nadie a quien desees ver completamente a salvo del sacrificio. 5Considera una vez más cuál es tu función especial. 6Se te ha dado un hermano para que veas en él su perfecta inocen­cia. 7Y no le exigirás ningún sacrificio porque no es tu voluntad que él sufra pérdida alguna. 8El milagro de justicia que invocas te envolverá tanto a ti como a él. 9Pues el Espíritu Santo no estará contento hasta que todo el mundo lo reciba, 10ya que lo que le das a Él les pertenece a todos, y por el hecho de tú darlo, Él se asegu­rará de que todos lo reciban por igual.

7. Piensa, entonces, cuán grande será tu liberación cuando estés dispuesto a dejar que todos tus problemas sean resueltos. 2No te quedarás ni con uno solo de ellos, pues no desearás ninguna clase de dolor. 3verás sanar cada pequeña herida ante la benévola visión del Espíritu Santo. 4Pues todas ellas son pequeñas para Él, y no merecen más que un leve suspiro de tu parte antes de que desaparezcan del todo y queden por siempre sanadas y en el olvido. 5Lo que una vez pareció ser un problema especial, un error sin solución o una aflicción incurable, ha sido transformado en una bendición universal. 6El sacrificio ha desaparecido. 7Y en su lugar se puede recordar el Amor de Dios, el cual desvanecerá con su fulgor toda memoria de sacrificio y de pérdida.


8. Es imposible recordar a Dios mientras se tenga miedo de la justicia en lugar de amarla. 2Él no puede ser injusto con nadie ni con nada porque sabe que todo lo que existe es Suyo y que será siempre tal como Él lo creó. 3Todo lo que Él ama no puede sino ser impecable* e inmune al ataque. 4Tu función especial abre de par en par la puerta tras la cual el recuerdo de Su Amor permanece perfectamente intacto e inmaculado. 5Sólo necesitas desear que se te conceda el Cielo en vez del infierno, y todos los cerrojos y barreras que parecen mantener la puerta herméticamente cerrada se desmoronarán y desaparecerán. 6Pues no es la Voluntad de tu Padre que tú ofrezcas o recibas menos de lo que Él te dio cuando te creó con perfecto amor