DESPERTAR AL AMOR

lunes, 3 de junio de 2019

3 JUNIO: Me cuento entre los ministros de Dios.

AUDIOLIBRO 


 

EJERCICIOS



LECCION 154

Me cuento entre los ministros de Dios.


1. No seamos hoy ni arrogantes ni falsamente humildes. 2Ya hemos superado tales necedades. 3No podemos juzgarnos a no­sotros mismos, ni hace falta que lo hagamos. 4Eso no es sino apla­zar la decisión y posponer entregarnos de lleno al ejercicio de nuestra función. 5Nuestro papel no es juzgar nuestra valía, ni tampoco podríamos saber cuál es el mejor papel para nosotros o qué es lo que podemos hacer dentro de un plan más amplio que no podemos captar en su totalidad. 6Nuestro papel se nos asigna en el Cielo, no en el infierno. 7Y lo que pensamos que es debili­dad puede ser fortaleza, y lo que creemos que es nuestra forta­leza a menudo es arrogancia.

2. Sea cual sea el papel que se te haya asignado, fue seleccionado por la Voz que habla por Dios, Cuya función es asimismo hablar por ti. 2El Espíritu Santo escoge y acepta tu papel por ti, toda vez que ve tus puntos fuertes exactamente como son, y es igualmente consciente de dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo. 3Él no actúa sin tu consentimiento. 4Pero no se deja engañar con respecto a lo que eres, y escucha solamente Su Voz en ti.

3. Mediante esta capacidad Suya de oír una sola Voz, la Cual es la Suya Propia, es como tú por fin cobras conciencia de que en ti solo hay una Voz. 2Y esa sola Voz te asigna tu función, te la comu­nica, y te proporciona las fuerzas necesarias para poder entender lo que es, para poder llevar a cabo lo que requiere, así como para poder triunfar en todo lo que hagas que tenga que ver con ella. 3Dios se une a Su Hijo en esto, y Su Hijo se convierte de este modo en el mensajero de la unidad junto con Él.

4. Esta unión de Padre e Hijo, a través de la Voz que habla por Dios, es lo que hace que la salvación sea algo aparte del mundo. 2Ésta es la Voz que habla de leyes que el mundo no obedece, y la que promete salvarnos de todo pecado y abolir la culpabilidad de la mente que Dios creó libre de pecado. 3Ahora esta mente vuelve a cobrar conciencia de Aquel que la creó y de su eterna unión consigo misma. 4Y así, su Ser es la única realidad en la que su voluntad y la de Dios están unidas.

5. El mensajero no escribe el mensaje que transmite. 2Tampoco cuestiona el derecho del que lo escribe, ni pregunta por qué razón ha escogido aquellos que han de recibir el mensaje del que él es portador. 3Sólo necesita aceptarlo, llevárselo a quienes va destinado y cumplir con su cometido de entregarlo. 4Si trata de determinar cuáles deben ser los mensajes, cuál es su propósito o adónde se deben llevar, no estará desempeñando debidamente su papel de portador de la Palabra.

6. Hay una diferencia fundamental en el papel que desempeñan los mensajeros del Cielo que los distingue de los mensajeros del mundo. 2Los mensajes que transmiten van dirigidos en primer lugar a ellos mismos. 3Y es únicamente en la medida en que los pueden aceptar para sí que se vuelven capaces de llevarlos aún más lejos, y de transmitirlos allí donde se dispuso que fueran recibidos. 4Al igual que los mensajeros del mundo, ellos no escri­bieron los mensajes de los que son portadores, pero se convier­ten, en rigor, en los primeros que los reciben, a fin de prepararse para dar.

7. Un mensajero terrenal cumple su misión transmitiendo todos los mensajes de que es portador. 2Los mensajeros de Dios desem­peñan su papel aceptando Sus mensajes como si fuesen para ellos mismos, y demuestran que han entendido los mensajes al trans­mitírselos a otros. 3No eligen ningún papel que no les haya sido asignado por Su autoridad. 4Y de esta forma, se benefician con cada mensaje que transmiten.

8. ¿Queréis recibir los mensajes de Dios? 2Pues así es como os convertís en Sus mensajeros. 3Sois nombrados ahora. 4Sin embargo, os demoráis en transmitir los mensajes que habéis reci­bido. 5Y de esta forma, no os dais cuenta de que son para vosotros, y así, no los reconocéis. 6Nadie puede recibir, y comprender qué ha recibido, hasta que no dé. 7Pues sólo al dar puede aceptar que ha recibido.

9. Vosotros que sois ahora los mensajeros de Dios, recibid Sus mensajes. 2Pues eso es parte de la función que se os asignó. 3Dios no ha dejado de ofreceros lo que necesitáis, ni ello ha dejado de aceptarse. 4No obstante, hay otra parte de la tarea que se os ha señalado que todavía tiene que llevarse a cabo. 5Aquel que reci­bió los mensajes de Dios por vosotros quisiera que vosotros tam­bién los recibierais. 6Pues de esta manera os identificáis con Él y reivindicáis lo que es vuestro.

10.   Esta unión es lo que nos proponemos reconocer hoy. 2No trata­remos de mantener nuestras mentes separadas de Aquel que habla por nosotros, pues es nuestra propia voz la que oímos cuando le prestamos atención a Él. 3Únicamente Él puede hablar­nos a nosotros y hablar por nosotros, uniendo en una sola Voz el recibir y el dar de la Palabra de Dios; el dar y el recibir de Su Voluntad.

11. Nuestra práctica de hoy consiste en darle a Él lo que es Su Voluntad tener, de manera que podamos reconocer los dones que nos hace. 2Él necesita nuestra voz para poder hablar a través de nosotros. 3Necesita nuestras manos para que acepten Sus mensa­jes y se los lleven a quienes Él nos indique. 4Necesita nuestros pies para que éstos nos conduzcan allí donde Su Voluntad dis­pone que vayamos, de forma que aquellos que esperan acongoja­dos puedan por fin liberarse. 5Y necesita que nuestra voluntad se una a la Suya, para que podamos ser los verdaderos receptores de los dones que Él otorga.

12. Aprendamos sólo esta lección el día de hoy: que no reconoce­remos lo que hemos recibido hasta que no lo demos. 2Has oído esto cientos de veces y de cien maneras diferentes, y, sin embargo, todavía no lo crees. 3Mas ten por seguro esto: hasta que no lo creas, recibirás miles y miles de milagros, pero no sabrás que Dios Mismo no se ha quedado con ningún regalo que tú ya no poseas, ni le ha negado a Su Hijo la más mínima bendición. 4¿Qué significado puede tener esto para ti a no ser que te hayas identificado con el Hijo y con lo que es suyo?

13. Nuestra lección de hoy reza así:

2Me cuento entre los ministros de Dios, y me siento agradecido de disponer de los medios a través de los cua­les puedo llegar a reconocer que soy libre.

14. El mundo retrocederá a medida que iluminemos nuestras men­tes y reconozcamos la veracidad de estas santas palabras. 2Pues constituyen el mensaje que hoy nos envía nuestro Creador. 3Ahora demostraremos cómo han cambiado lo que pensábamos de noso­tros mismos y de lo que nuestra función era. 4Pues al demostrar que no aceptamos ninguna voluntad que no sea la que comparti­mos, los numerosos dones que nuestro Creador nos otorga apare­cerán de inmediato ante nuestra vista y llegarán a nuestras manos, y así reconoceremos lo que hemos recibido.




Instrucciones para la práctica

Propósito: Ser ministro de Dios en este mundo, ofrecerle a Él nuestra Voz, manos y pies. Por medio de esto nos unimos a Su Voluntad y con todos los regalos contenidos en Su Voluntad.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.

Repite: “Me cuento entre los ministros de Dios, y me siento agradecido de disponer de los medios a través de los cuales puedo llegar a reconocer que soy libre”. “Los medios” se refiere a dar los mensajes de Dios a tus hermanos. Pasa el periodo de práctica dejando que la verdad de estas palabras se adentre en tu mente. Deja que el mundo se pierda de vista mientras concentras toda tu atención en estas palabras. Déjalas que iluminen tu mente, déjalas que cambien tu mente. Haz esto en cualquier modo que te sirva.

El propósito de este periodo de práctica es prepararte para usar esos “medios” (salir y atender a tus hermanos). A diferencia de otras lecciones, el punto principal de esta lección está en lo que harás después de la sesión de práctica. Durante el día, demuestra que has entendido las palabras que has practicado al ofrecerle a Dios tu voz, para que Él pueda hablar palabras de amor a tus hermanos a través de ti. Ofrécele a Él tus manos, para que Él pueda usarlas para entregar mensajes de amor a tus hermanos. Ofrécele a Él tus pies, para que Él pueda dirigirlos allí donde alguien esté necesitado.

Al hacer esto, estás uniendo tu voluntad a la Voluntad de Dios. Y cuando Su Voluntad sea la tuya, todos los regalos contenidos en Su Voluntad serán tuyos también. Al ser Su instrumento ganarás Sus tesoros.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten).

Repite la idea y luego siéntate en quietud y silencio, y espera a Dios. Pregúntale cómo quiere que atiendas a tus hermanos en la hora que va a comenzar, y luego escucha atentamente la respuesta de Su Voz.

Comentario

Tal como la veo, esta lección me dice dos cosas importantes: Mi función en la tierra es ser un ministro (o mensajero) de Dios, y la forma concreta que esa función tiene ya está determinada, no por mí, sino por el Espíritu Santo. Como mensajero, mi función es recibir los mensajes de Dios para mí mismo, y luego darlos como me dirija el Espíritu Santo. Al dar los mensajes, reconoceré y entenderé los mensajes que he recibido.

El Espíritu Santo me conoce hasta lo más profundo. Él conoce mis puntos fuertes y débiles; Él conoce el “plan más amplio” (1:5) que yo no conozco; Él sabe cómo utilizar mejor mis puntos fuertes, “dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo” (2:2). Por lo tanto, es poco sensato intentar valorarme a mí mismo o dirigir cómo debo cumplir mi función en este mundo, y es mucho más acertado ponerme en Sus manos. Por esto, “no elijo ningún papel que no me haya sido asignado por Su autoridad” (7:3). Él elige mi función por mí, me dice cuál es, me da fuerza para llevarla a cabo y para tener éxito en todo lo que esté relacionado con ella (3:2).

Una parte importante del programa de entrenamiento del Libro de Ejercicios es aprender a escuchar Su Voz y aceptar Su autoridad. Aprender a escuchar Su Voz no es algo que viene sin esfuerzo. Ciertamente, se precisa esfuerzo y un gran deseo de aprender (T.5.II.3:9-10). Al principio puedo sentir que no sé como escuchar Su Voz, pero por eso es precisamente por lo que necesito esta práctica. Cuando empiezo, no sé cómo distinguir la Voz del Espíritu Santo de la voz de mi propio ego; necesito entrenamiento para distinguirlas, y se aprende equivocándose. Pero si sigo las instrucciones de este libro, aprenderé.

El segundo punto es realmente animarme a aceptar la función que Dios me ha dado, que es ser Su mensajero:

Él necesita nuestra voz para poder hablar a través de nosotros. Necesita nuestras manos para que acepten Sus mensajes y se los lleven a quienes Él nos indique. Necesita nuestros pies para que éstos nos conduzcan allí donde Su Voluntad dispone que vayamos, de forma que aquellos que esperan acongojados puedan por fin liberarse. Y necesita que nuestra voluntad se una a la Suya, para que podamos ser los verdaderos receptores de los dones que Él otorga. (11:2-5)

Está claro que Él me dirige concretamente, eligiendo dónde voy físicamente, a quién hablo, y lo que digo. Sin embargo, lo importante es que yo acepte esta función general de “mensajero” para mi vida; si la acepto, los detalles vendrán.

Hay un proceso de tres pasos claramente definidos en esta lección: 1) recibir, 2) dar, y 3) reconocer.


  • Primero, yo recibo el mensaje para mí mismo, lo acepto, y lo aplico a mi propia vida. Acepto la Expiación para mí mismo, viendo que la apariencia de culpa dentro de mí es una ilusión, y reconociendo la inocencia que oculta. Acepto con Dios mi aceptación. Abandono mis ideas falsas y de culpa acerca de mí mismo.



  • Segundo, doy el mensaje a todos los que el Espíritu Santo me envía. Esto puede ser con palabras, con acciones, o simplemente con la actitud de compasión y aceptación que muestro a aquellos con los que me encuentro. Doy el mensaje que he recibido. Les muestro la misericordia que Dios me ha demostrado. Veo en ellos lo que he empezado a ver en mí mismo.



  • Tercero, como resultado de dar, reconozco la realidad de lo que he recibido. “Nadie puede recibir, y comprender qué ha recibido, hasta que no dé” (8:6). Dar el mensaje lo fortalece y le da validez en mi propia mente. “No reconoceremos lo que hemos recibido hasta que no lo demos” (12:1).


El segundo paso es una parte fundamental de todo el proceso. Sin dar el mensaje, el proceso no puede completarse; mi propio reconocimiento de la salvación no puede completarse. No es suficiente recibir los mensajes de Dios. “No obstante, hay otra parte de la tarea que se os ha señalado que todavía tiene que llevarse a cabo” (9:4). Los mensajes deben darse, compartirse, para ser recibidos completamente. Debo aceptar mi función como mensajero de Dios si quiero entender lo que he recibido.

Date cuenta de que las instrucciones para la práctica están adaptadas de la Lección 153, donde se nos dijo: “Hoy practicamos siguiendo un formato que vamos a utilizar por algún tiempo” (L.153.15:1). Estas instrucciones seguirán hasta que se den nuevas en la Lección 171 (Quinto Repaso), y se aplicarán a las Lecciones 181-200 también.



TEXTO

IV. Tu papel en la Expiación

 

1. Cuando aceptas la inocencia de un hermano ves la Expiación en él. 2Pues al proclamarla en él haces que sea tuya y ves lo que buscabas. 3Mas no verás el símbolo de la inocencia de tu hermano refulgiendo en él mientras todavía creas que no se encuentra en él. 4Su inocencia es tu Expiación. 5Concédesela, y te darás cuenta de la verdad de lo que has reconocido. 6No obstante, para que la verdad pueda ser recibida, tiene primero que ofrecerse, del mismo modo en que Dios se la dio primero a Su Hijo. 7El primero en el tiempo no significa nada, pero el Primero en la eternidad es Dios el Padre, Quien es a la vez Primero y Uno. 8Más allá del Primero no hay ningún otro, pues no hay ninguna secuencia, ni segundo ni tercero, ni nada excepto el Primero.

2. Tú que perteneces a la Primera Causa, que fuiste creado por Él a Su Semejanza y como parte de Él, eres mucho más que simple­mente inocente. 2El estado de inocencia es sólo la condición en la que lo que nunca estuvo ahí ha sido eliminado de la mente pertur­bada que pensó que sí estaba ahí. 3Ese estado, y sólo ese estado, es lo que tienes que alcanzar, con Dios a tu lado. 4Pues hasta que no lo alcances, seguirás creyendo que estás separado de Él. 5Tal vez sientas Su Presencia a tu lado, pero no podrás saber que eres uno con Él. 6Esto no se puede enseñar. 7El aprendizaje se ocupa única­mente de la condición en la que ello ocurre por su cuenta.

3. Cuando hayas permitido que todo lo que empaña a la verdad en tu santísima mente sea des-hecho y, consecuentemente, te alces en gracia ante tu Padre, Él se dará a Sí Mismo a ti como siempre lo ha hecho. 2Darse a Sí Mismo es lo único que Él sabe, y así, todo conocimiento consiste en eso. 3Pues lo que Él desconoce no existe, y, por consiguiente, no se puede dar. 4No pidas ser perdonado, pues eso ya se te concedió. 5Pide, más bien, cómo aprender a per­donar y a restituir en tu mente inmisericorde lo que siempre ha sido. 6La Expiación se vuelve real y visible para los que la ponen en práctica. 7Esa es tu única función en la tierra, y debes aprender que eso es lo único que te interesa aprender. 8Hasta que no lo aprendas te sentirás culpable, 9pues en última instancia y sea cual fuere la forma en que tu culpabilidad se manifieste, ésta procede de no llevar a cabo tu función en la Mente de Dios con toda tu mente. 10¿Cómo ibas a poder escapar de esa culpabilidad si dejas de cumplir tu función aquí?

4. No tienes que comprender lo que es la creación para hacerlo que tienes que hacer antes de que ese conocimiento cobre sentido para ti. 2Dios no rompe barreras, pues no las creó. 3Cuando las abandonas, desaparecen. 4Dios no puede fracasar, pues jamás ha fracasado en nada. 5Decide que Dios está en lo cierto con respecto a ti, y que eres tú el que está equivocado. 6Él te creó de Sí Mismo, si bien, dentro de Sí Mismo. 7Él sabe lo que eres. 8Recuerda que no hay alternativa a Él. 9No puede haber nadie, por lo tanto, que no goce de Su Santidad, ni nadie que no merezca Su perfecto Amor. 10No dejes de llevar a cabo tu función de amar en un lugar falto de amor que fue engendrado de las tinieblas y el engaño, pues así es como se deshacen las tinieblas y el engaño. 11No te falles a ti mismo, antes bien, ofrécele a Dios y a ti mismo Su irreprochable Hijo. 12A cambio de este pequeño regalo de aprecio por Su Amor, Dios Mismo intercambiará tu regalo por el Suyo.

5. Antes de tomar cualquier decisión por tu cuenta, recuerda que ya has decidido ir en contra de tu función en el Cielo, y luego reflexiona detenidamente acerca de si quieres tomar decisiones aquí. 2Tu única función aquí es decidir en contra de decidir qué es lo que quieres, reconociendo que no lo sabes. 3¿Cómo ibas a poder, entonces, decidir qué es lo que debes hacer? 4Deja todas las decisiones en manos de Uno que habla por Dios y a favor de tu función tal como Él la conoce. 5De este modo, Él te enseñará a eliminar la tremenda carga que te has echado encima al no amar al Hijo de Dios y al tratar de enseñarle culpabilidad en vez de amor. 6Abandona ese frenético y demente afán que te priva del gozo de vivir con tu Dios y Padre, y de despertar felizmente a Su Amor y a Su Santidad, las cuales, conjuntamente, constituyen lo que es verdad en ti y hacen que seas uno con Él.

6. Una vez que has aprendido a decidir con Dios, tomar decisio­nes se vuelve algo tan fácil y natural como respirar. 2No requiere ningún esfuerzo, y se te conducirá tan tiernamente como si te es tuviesen llevando en brazos por un plácido sendero en un día de verano. 3Decidir parece ser algo difícil debido únicamente a tu propia volición. 4El Espíritu Santo no se demorará en contestar cada pregunta que le hagas con respecto lo que debes hacer. 5Él lo sabe. 6El te lo dirá y luego lo hará por ti, 7Y tú, que estás can­sado, verás que ello es más reparador que dormir, 8pues puedes llevar tu culpabilidad a tus sueños, pero no ahí.

7. A menos que seas inocente no puedes conocer a Dios, cuya Voluntad es que lo conozcas. 2Por lo tanto, tienes que ser inocente. 3Mas si no aceptas las condiciones necesarias para saberlo, es que has negado a Dios y no lo reconoces, si bien, te rodea por todas partes. 4A Dios no se le puede conocer sin Su Hijo, cuya inocencia es la condición en la que se le puede conocer. 5Aceptar que Su Hijo es culpable es una negación del Padre tan absoluta que impide que el conocimiento pueda ser reconocido por la misma mente en la que Dios Mismo lo depositó. 6¡Si tan sólo escuchases y te dieses cuenta de cuán absolutamente imposible es esto! 7No dotes a Dios de atributos que tú comprendes. 8Tú no lo creaste, y cualquier cosa que comprendas no forma parte de Él.

8. Tu tarea no es construir la realidad. 2La realidad está aquí sin que tú la hayas tenido que construir, pero no sin ti. 3Tú que has tratado de renunciar a ti mismo y que tan poco has valorado Dios, escúchame hablar en favor de ti y de É: 4No puedes com­prender cuánto te ama tu Padre, pues en tu experiencia mundana no hay paralelo que te pueda ayudar a comprenderlo. 5En la tie­rra no hay nada comparable, ni nada que jamás hayas sentido aparte de Él se parece en lo más mínimo a Su Amor. 6Tú no pue­des ni siquiera dar una bendición con perfecta dulzura. 7¿No te gustaría conocer a Uno que da para siempre, y que lo único que sabe es dar?        

9. Los Hijos del Cielo viven en la luz de la bendición de su Padre, pues saben que están libres de pecado. 2La Expiación fue estable­cida como un medio de restaurar la inocencia en las mentes que la habían negado, y que, por lo tanto, se habían negado el Cielo sí mismas. 3La Expiación te muestra la verdadera condición del Hijo de Dios. 4No te enseña lo que eres, o lo que tu Padre es5El Espí­ritu Santo, que lo recuerda por ti, te enseña sencillamente a elimi­nar los obstáculos que se interponen entre ti y lo que sabes. 6Su memoria es tuya. 7Si recuerdas lo que has fabricado estarás recordando lo que no es nada. 8El recuerdo de la realidad se encuentra en Él, y, por lo tanto, en ti.

10. Los culpables y los inocentes son totalmente incapaces de entenderse entre sí. 2Cada uno percibe al otro diferente de como se percibe sí mismo, lo cual impide que pueda haber comunica­ción entre ellos, pues cada uno ve al otro de modo distinto de como se ve a sí mismo. 3Dios sólo se puede comunicar con el Espíritu Santo en tu mente porque sólo Él comparte el conoci­miento de lo que tú eres con Dios. 4sólo el Espíritu Santo puede contestarle a Dios por ti porque sólo Él sabe lo que es Dios. 5Todo lo demás que has puesto dentro de tu mente no existe, pues, lo que no está en comunicación con la Mente de Dios jamás ha exis­tido. 6La  comunicación con Dios es vida. 7Sin ella nada puede existir en absoluto.



Instrucciones para la práctica

Propósito: Ser ministro de Dios en este mundo, ofrecerle a Él nuestra Voz, manos y pies. Por medio de esto nos unimos a Su Voluntad y con todos los regalos contenidos en Su Voluntad.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.
Repite: “Me cuento entre los ministros de Dios, y me siento agradecido de disponer de los medios a través de los cuales puedo llegar a reconocer que soy libre”. “Los medios” se refiere a dar los mensajes de Dios a tus hermanos. Pasa el periodo de práctica dejando que la verdad de estas palabras se adentre en tu mente. Deja que el mundo se pierda de vista mientras concentras toda tu atención en estas palabras. Déjalas que iluminen tu mente, déjalas que cambien tu mente. Haz esto en cualquier modo que te sirva.
El propósito de este periodo de práctica es prepararte para usar esos “medios” (salir y atender a tus hermanos). A diferencia de otras lecciones, el punto principal de esta lección está en lo que harás después de la sesión de práctica. Durante el día, demuestra que has entendido las palabras que has practicado al ofrecerle a Dios tu voz, para que Él pueda hablar palabras de amor a tus hermanos a través de ti. Ofrécele a Él tus manos, para que Él pueda usarlas para entregar mensajes de amor a tus hermanos. Ofrécele a Él tus pies, para que Él pueda dirigirlos allí donde alguien esté necesitado.
Al hacer esto, estás uniendo tu voluntad a la Voluntad de Dios. Y cuando Su Voluntad sea la tuya, todos los regalos contenidos en Su Voluntad serán tuyos también. Al ser Su instrumento ganarás Sus tesoros.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten).
Repite la idea y luego siéntate en quietud y silencio, y espera a Dios. Pregúntale cómo quiere que atiendas a tus hermanos en la hora que va a comenzar, y luego escucha atentamente la respuesta de Su Voz.

Comentario

Tal como la veo, esta lección me dice dos cosas importantes: 

  • Mi función en la tierra es ser un ministro (o mensajero) de Dios, y la forma concreta que esa función tiene ya está determinada, no por mí, sino por el Espíritu Santo.
  • Como mensajero, mi función es recibir los mensajes de Dios para mí mismo, y luego darlos como me dirija el Espíritu Santo. Al dar los mensajes, reconoceré y entenderé los mensajes que he recibido.

El Espíritu Santo me conoce hasta lo más profundo. Él conoce mis puntos fuertes y débiles; Él conoce el “plan más amplio” (1:5) que yo no conozco; Él sabe cómo utilizar mejor mis puntos fuertes, “dónde se puede hacer mejor uso de ellos, con qué propósito, a quién pueden ayudar y cuándo” (2:2). Por lo tanto, es poco sensato intentar valorarme a mí mismo o dirigir cómo debo cumplir mi función en este mundo, y es mucho más acertado ponerme en Sus manos. Por esto, “no elijo ningún papel que no me haya sido asignado por Su autoridad” (7:3). Él elige mi función por mí, me dice cuál es, me da fuerza para llevarla a cabo y para tener éxito en todo lo que esté relacionado con ella (3:2).

Una parte importante del programa de entrenamiento del Libro de Ejercicios es aprender a escuchar Su Voz y aceptar Su autoridad. Aprender a escuchar Su Voz no es algo que viene sin esfuerzo. Ciertamente, se precisa esfuerzo y un gran deseo de aprender (T.5.II.3:9-10). Al principio puedo sentir que no sé como escuchar Su Voz, pero por eso es precisamente por lo que necesito esta práctica. Cuando empiezo, no sé cómo distinguir la Voz del Espíritu Santo de la voz de mi propio ego; necesito entrenamiento para distinguirlas, y se aprende equivocándose. Pero si sigo las instrucciones de este libro, aprenderé.

El segundo punto es realmente animarme a aceptar la función que Dios me ha dado, que es ser Su mensajero:

Él necesita nuestra voz para poder hablar a través de nosotros. Necesita nuestras manos para que acepten Sus mensajes y se los lleven a quienes Él nos indique. Necesita nuestros pies para que éstos nos conduzcan allí donde Su Voluntad dispone que vayamos, de forma que aquellos que esperan acongojados puedan por fin liberarse. Y necesita que nuestra voluntad se una a la Suya, para que podamos ser los verdaderos receptores de los dones que Él otorga. (11:2-5)

Está claro que Él me dirige concretamente, eligiendo dónde voy físicamente, a quién hablo, y lo que digo. Sin embargo, lo importante es que yo acepte esta función general de “mensajero” para mi vida; si la acepto, los detalles vendrán.

Hay un proceso de tres pasos claramente definidos en esta lección: 1) recibir, 2) dar, y 3) reconocer.

  • Primero, yo recibo el mensaje para mí mismo, lo acepto, y lo aplico a mi propia vida. Acepto la Expiación para mí mismo, viendo que la apariencia de culpa dentro de mí es una ilusión, y reconociendo la inocencia que oculta. Acepto con Dios mi aceptación. Abandono mis ideas falsas y de culpa acerca de mí mismo.
  • Segundo, doy el mensaje a todos los que el Espíritu Santo me envía. Esto puede ser con palabras, con acciones, o simplemente con la actitud de compasión y aceptación que muestro a aquellos con los que me encuentro. Doy el mensaje que he recibido. Les muestro la misericordia que Dios me ha demostrado. Veo en ellos lo que he empezado a ver en mí mismo.
  • Tercero, como resultado de dar, reconozco la realidad de lo que he recibido. “Nadie puede recibir, y comprender qué ha recibido, hasta que no dé” (8:6). Dar el mensaje lo fortalece y le da validez en mi propia mente. “No reconoceremos lo que hemos recibido hasta que no lo demos” (12:1).

El segundo paso es una parte fundamental de todo el proceso. Sin dar el mensaje, el proceso no puede completarse; mi propio reconocimiento de la salvación no puede completarse. No es suficiente recibir los mensajes de Dios. “No obstante, hay otra parte de la tarea que se os ha señalado que todavía tiene que llevarse a cabo” (9:4). Los mensajes deben darse, compartirse, para ser recibidos completamente. Debo aceptar mi función como mensajero de Dios si quiero entender lo que he recibido.

Date cuenta de que las instrucciones para la práctica están adaptadas de la Lección 153, donde se nos dijo: “Hoy practicamos siguiendo un formato que vamos a utilizar por algún tiempo” (L.153.15:1). Estas instrucciones seguirán hasta que se den nuevas en la Lección 171 (Quinto Repaso), y se aplicarán a las Lecciones 181-200 también.





TEXTO

IV. Tu papel en la Expiación

 

1. Cuando aceptas la inocencia de un hermano ves la Expiación en él. 2Pues al proclamarla en él haces que sea tuya y ves lo que buscabas. 3Mas no verás el símbolo de la inocencia de tu hermano refulgiendo en él mientras todavía creas que no se encuentra en él. 4Su inocencia es tu Expiación. 5Concédesela, y te darás cuenta de la verdad de lo que has reconocido. 6No obstante, para que la verdad pueda ser recibida, tiene primero que ofrecerse, del mismo modo en que Dios se la dio primero a Su Hijo. 7El primero en el tiempo no significa nada, pero el Primero en la eternidad es Dios el Padre, Quien es a la vez Primero y Uno. 8Más allá del Primero no hay ningún otro, pues no hay ninguna secuencia, ni segundo ni tercero, ni nada excepto el Primero.

2. Tú que perteneces a la Primera Causa, que fuiste creado por Él a Su Semejanza y como parte de Él, eres mucho más que simple­mente inocente. 2El estado de inocencia es sólo la condición en la que lo que nunca estuvo ahí ha sido eliminado de la mente pertur­bada que pensó que sí estaba ahí. 3Ese estado, y sólo ese estado, es lo que tienes que alcanzar, con Dios a tu lado. 4Pues hasta que no lo alcances, seguirás creyendo que estás separado de Él. 5Tal vez sientas Su Presencia a tu lado, pero no podrás saber que eres uno con Él. 6Esto no se puede enseñar. 7El aprendizaje se ocupa única­mente de la condición en la que ello ocurre por su cuenta.

3. Cuando hayas permitido que todo lo que empaña a la verdad en tu santísima mente sea des-hecho y, consecuentemente, te alces en gracia ante tu Padre, Él se dará a Sí Mismo a ti como siempre lo ha hecho. 2Darse a Sí Mismo es lo único que Él sabe, y así, todo conocimiento consiste en eso. 3Pues lo que Él desconoce no existe, y, por consiguiente, no se puede dar. 4No pidas ser perdonado, pues eso ya se te concedió. 5Pide, más bien, cómo aprender a per­donar y a restituir en tu mente inmisericorde lo que siempre ha sido. 6La Expiación se vuelve real y visible para los que la ponen en práctica. 7Esa es tu única función en la tierra, y debes aprender que eso es lo único que te interesa aprender. 8Hasta que no lo aprendas te sentirás culpable, 9pues en última instancia y sea cual fuere la forma en que tu culpabilidad se manifieste, ésta procede de no llevar a cabo tu función en la Mente de Dios con toda tu mente. 10¿Cómo ibas a poder escapar de esa culpabilidad si dejas de cumplir tu función aquí?

4. No tienes que comprender lo que es la creación para hacerlo que tienes que hacer antes de que ese conocimiento cobre sentido para ti. 2Dios no rompe barreras, pues no las creó. 3Cuando las abandonas, desaparecen. 4Dios no puede fracasar, pues jamás ha fracasado en nada. 5Decide que Dios está en lo cierto con respecto a ti, y que eres tú el que está equivocado. 6Él te creó de Sí Mismo, si bien, dentro de Sí Mismo. 7Él sabe lo que eres. 8Recuerda que no hay alternativa a Él. 9No puede haber nadie, por lo tanto, que no goce de Su Santidad, ni nadie que no merezca Su perfecto Amor. 10No dejes de llevar a cabo tu función de amar en un lugar falto de amor que fue engendrado de las tinieblas y el engaño, pues así es como se deshacen las tinieblas y el engaño. 11No te falles a ti mismo, antes bien, ofrécele a Dios y a ti mismo Su irreprochable Hijo. 12A cambio de este pequeño regalo de aprecio por Su Amor, Dios Mismo intercambiará tu regalo por el Suyo.

5. Antes de tomar cualquier decisión por tu cuenta, recuerda que ya has decidido ir en contra de tu función en el Cielo, y luego reflexiona detenidamente acerca de si quieres tomar decisiones aquí. 2Tu única función aquí es decidir en contra de decidir qué es lo que quieres, reconociendo que no lo sabes. 3¿Cómo ibas a poder, entonces, decidir qué es lo que debes hacer? 4Deja todas las decisiones en manos de Uno que habla por Dios y a favor de tu función tal como Él la conoce. 5De este modo, Él te enseñará a eliminar la tremenda carga que te has echado encima al no amar al Hijo de Dios y al tratar de enseñarle culpabilidad en vez de amor. 6Abandona ese frenético y demente afán que te priva del gozo de vivir con tu Dios y Padre, y de despertar felizmente a Su Amor y a Su Santidad, las cuales, conjuntamente, constituyen lo que es verdad en ti y hacen que seas uno con Él.

6. Una vez que has aprendido a decidir con Dios, tomar decisio­nes se vuelve algo tan fácil y natural como respirar. 2No requiere ningún esfuerzo, y se te conducirá tan tiernamente como si te es tuviesen llevando en brazos por un plácido sendero en un día de verano. 3Decidir parece ser algo difícil debido únicamente a tu propia volición. 4El Espíritu Santo no se demorará en contestar cada pregunta que le hagas con respecto lo que debes hacer. 5Él lo sabe. 6El te lo dirá y luego lo hará por ti, 7Y tú, que estás can­sado, verás que ello es más reparador que dormir, 8pues puedes llevar tu culpabilidad a tus sueños, pero no ahí.

7. A menos que seas inocente no puedes conocer a Dios, cuya Voluntad es que lo conozcas. 2Por lo tanto, tienes que ser inocente. 3Mas si no aceptas las condiciones necesarias para saberlo, es que has negado a Dios y no lo reconoces, si bien, te rodea por todas partes. 4A Dios no se le puede conocer sin Su Hijo, cuya inocencia es la condición en la que se le puede conocer. 5Aceptar que Su Hijo es culpable es una negación del Padre tan absoluta que impide que el conocimiento pueda ser reconocido por la misma mente en la que Dios Mismo lo depositó. 6¡Si tan sólo escuchases y te dieses cuenta de cuán absolutamente imposible es esto! 7No dotes a Dios de atributos que tú comprendes. 8Tú no lo creaste, y cualquier cosa que comprendas no forma parte de Él.

8. Tu tarea no es construir la realidad. 2La realidad está aquí sin que tú la hayas tenido que construir, pero no sin ti. 3Tú que has tratado de renunciar a ti mismo y que tan poco has valorado Dios, escúchame hablar en favor de ti y de É: 4No puedes com­prender cuánto te ama tu Padre, pues en tu experiencia mundana no hay paralelo que te pueda ayudar a comprenderlo. 5En la tie­rra no hay nada comparable, ni nada que jamás hayas sentido aparte de Él se parece en lo más mínimo a Su Amor. 6Tú no pue­des ni siquiera dar una bendición con perfecta dulzura. 7¿No te gustaría conocer a Uno que da para siempre, y que lo único que sabe es dar?        

9. Los Hijos del Cielo viven en la luz de la bendición de su Padre, pues saben que están libres de pecado. 2La Expiación fue estable­cida como un medio de restaurar la inocencia en las mentes que la habían negado, y que, por lo tanto, se habían negado el Cielo sí mismas. 3La Expiación te muestra la verdadera condición del Hijo de Dios. 4No te enseña lo que eres, o lo que tu Padre es5El Espí­ritu Santo, que lo recuerda por ti, te enseña sencillamente a elimi­nar los obstáculos que se interponen entre ti y lo que sabes. 6Su memoria es tuya. 7Si recuerdas lo que has fabricado estarás recordando lo que no es nada. 8El recuerdo de la realidad se encuentra en Él, y, por lo tanto, en ti.

10. Los culpables y los inocentes son totalmente incapaces de entenderse entre sí. 2Cada uno percibe al otro diferente de como se percibe sí mismo, lo cual impide que pueda haber comunica­ción entre ellos, pues cada uno ve al otro de modo distinto de como se ve a sí mismo. 3Dios sólo se puede comunicar con el Espíritu Santo en tu mente porque sólo Él comparte el conoci­miento de lo que tú eres con Dios. 4sólo el Espíritu Santo puede contestarle a Dios por ti porque sólo Él sabe lo que es Dios. 5Todo lo demás que has puesto dentro de tu mente no existe, pues, lo que no está en comunicación con la Mente de Dios jamás ha exis­tido. 6La  comunicación con Dios es vida. 7Sin ella nada puede existir en absoluto.





domingo, 2 de junio de 2019

2 JUNIO: En mi indefensión radica mi seguridad.

AUDIOLIBRO 


 

EJERCICIOS


LECCION 153

En mi indefensión radica mi seguridad.



1. Tú que te sientes amenazado por este mundo cambiante, por sus cambios de fortuna y amargas ironías, por sus fugaces relacio­nes y por todos los "regalos" que únicamente te presta para más tarde arrebatártelos, presta mucha atención a lo que aquí decimos. 2El mundo no ofrece ninguna seguridad. 3Está arraigado en el ata­que. aY todos los "regalos" que aparentemente ofrecen seguridad no son más que engaños. 4El mundo no hace sino atacar una y otra vez. 5Es imposible gozar de paz mental allí donde el peligro ace­cha de ese modo.

2. El mundo no puede sino ponerte a la defensiva. 2Pues la ame­naza produce ira, y la ira hace que el ataque parezca razonable, que ha sido honestamente provocado y que está justificado por haber sido en defensa propia. 3Una actitud defensiva, no obs­tante, supone una doble amenaza. 4Pues da testimonio de la debi­lidad, y establece un sistema de defensas que simplemente no es viable. 5Ahora los débiles se debilitan aún más, pues hay traición afuera y una traición todavía mayor adentro. 6La mente se halla ahora confusa, y no sabe adónde dirigirse para poder escapar de sus propias imaginaciones.

3. Es como si estuviera encerrada dentro de un círculo, dentro del cual otro círculo la atenaza, y dentro de ése, otro más, hasta que finalmente pierde toda esperanza de poder escapar. 2Los ciclos de ataque y defensa, y de defensa y ataque, convierten las horas y los días en los círculos que atenazan a la mente como gruesos anillos de acero reforzado, los cuales retornan, mas sólo para iniciar todo el proceso de nuevo. 3No parece haber respiro ni final para este aprisionamiento que atenaza cada vez más a la mente.

4. El precio de las defensas es el más alto de los que exige el ego. 2La locura que reina en ellas es tan aguda que la esperanza de recobrar la cordura parece ser sólo un sueño fútil y encontrarse más allá de lo que es posible. 3La sensación de amenaza que el mundo fomenta es mucho más profunda, y sobrepasa en tal manera cualquier intensidad o frenesí que jamás te hayas podido imaginar, que no tienes idea de toda la devastación que ello ha ocasionado.

5. Tú eres su esclavo. 2No sabes lo que haces del miedo que le tienes. 3Tú que sientes su mano de hierro atenazándote el cora­zón, no entiendes lo mucho que has tenido que sacrificar. 4No te das cuenta de cómo has saboteado la santa paz de Dios con tu actitud defensiva. 5Pues ves al Hijo de Dios como víctima del ataque de las fantasías y de los sueños e ilusiones que él mismo forjó, indefenso ante su presencia y necesitado de defensas en forma de más fantasías y más sueños en los que las ilusiones de que está a salvo lo consuelen.

6. La indefensión es fortaleza. 2Da testimonio de que has recono­cido al Cristo en ti. 3Tal vez recuerdes que el texto afirma que siempre eliges entre la fortaleza de Cristo y tu propia debilidad, la cual se ve como algo aparte de Él. 4La indefensión jamás puede ser atacada porque reconoce una fuerza tan inmensa, que ante ella el ataque es absurdo, o un juego tonto que un niño cansado jugaría cuando tiene tanto sueño que ya ni se acuerda de lo que quiere. 

7. Cualquier actitud defensiva implica debilidad. 2Proclama que has negado al Cristo y que ahora temes la ira de Su Padre. 3¿Qué puede salvarte ahora del delirio de un dios iracundo, cuya ate­rrante imagen crees ver tras todos los males del mundo? 4¿Qué otra cosa sino las ilusiones podrían defenderte ahora, cuando son las ilusiones contra lo que estás luchando?

8. Hoy no vamos a jugar tales juegos infantiles. 2Pues nuestro verdadero propósito es salvar al mundo, y no estamos dispuestos a intercambiar el gozo infinito que nos brinda llevar a cabo nues­tra función por insensateces. 3No vamos a dejar que la felicidad se nos escape debido a que un fragmento de un sueño absurdo haya cruzado nuestras mentes y hayamos confundido las figuras que en él aparecen con el Hijo de Dios y al fugaz instante que dicho sueño duró con la eternidad.

9. Hoy miraremos más allá de los sueños, y reconoceremos que no necesitamos defensas porque fuimos creados inexpugnables, sin ningún pensamiento, deseo o sueño en el que el ataque pudiera tener sentido alguno. 2Ahora nos es imposible temer, pues hemos dejado atrás todos los pensamientos temerosos. 3Y en la indefensión nos erguimos protegidos, con la tranquila certeza de que ahora estamos a salvo, seguros de la salvación; seguros de que llevaremos a cabo el propósito que hemos elegido, a medida que nuestro ministerio vaya impartiendo su santa bendición por todo el mundo.

10. Permanece muy quedo por un instante y piensa en silencio cuán santo es tu propósito, cuán seguro descansas y cuán invul­nerable eres en su luz. 2Los ministros de Dios han elegido dejar que la verdad more con ellos. 3¿Quién es más santo que ellos? 4¿Quién podría estar más seguro de que su felicidad está plena­mente garantizada? 5¿Y quién podría estar más fuertemente pro­tegido? 6¿Qué defensa podrían necesitar los que se cuentan entre los elegidos de Dios, al haber sido ésa Su elección, así como la de ellos?

11. La función de los ministros de Dios es ayudar a sus hermanos a elegir lo mismo que ellos eligieron. 2Dios los ha elegido a todos, pero muy pocos se han dado cuenta de que Su Voluntad es la de ellos. 3Y mientras no enseñes lo que has aprendido, la salvación seguirá esperando y las tinieblas mantendrán al mundo inexora­blemente aprisionado. 4Y no reconocerás que la luz ha venido a ti y que ya te has escapado. 5Pues no verás la luz hasta que se la ofrezcas a todos tus hermanos. 6Y al ellos tomarla de tus manos, reconocerás que es tu luz.

12. Podría decirse que la salvación es un juego que juegan niños felices. 2Fue diseñada por Uno que ama a Sus Hijos y que desea sustituir sus temibles juguetes por juegos felices que les enseñan que el juego del miedo ya se acabó. 3El juego que Dios les ofrece les enseña lo que es la felicidad porque en él nadie pierde. 4Todo aquel que participa no puede sino ganar, y con su victoria queda asegurada la victoria de todos los demás. 5Los niños abandonan gustosamente el juego del miedo cuando reconocen los benefi­cios que brinda la salvación.

13. Tú que has jugado a haber perdido toda esperanza, a haber sido abandonado por tu Padre y a haberte quedado solo y aterrorizado en un mundo temible, enloquecido por el pecado y la culpabili­dad, sé feliz ahora. 2Ese juego ha acabado. 3Ahora ha llegado un tiempo sereno en el que guardamos los juegos de la culpabilidad, y ponemos bajo llave para siempre nuestros extraños e infantiles pensamientos de pecado, apartándolos de las puras y santas men­tes de las criaturas del Cielo y del Hijo de Dios.

14. Nos detenemos sólo por un instante más para jugar nuestro último juego feliz en esta tierra. 2Y luego pasamos a ocupar el lugar que nos corresponde allí donde mora la verdad y donde los juegos no tienen sentido. 3Y así acaba la historia. 4Permite que este día haga que su último capítulo se acerque más al mundo, para que cada cual comprenda que el cuento que lee en el que se habla de un destino aterrador, de esperanzas truncadas, de irriso­rias defensas contra una venganza de la que no hay escapatoria, no es sino su propia fantasía delirante. 5Los ministros de Dios han venido a despertarlo de los sueños tenebrosos que esa histo­ria ha evocado en la confusa y desconcertada memoria que él tiene de ese cuento distorsionado. 6El Hijo de Dios puede por fin sonreír al darse cuenta de que no es verdad.

15. Hoy practicamos siguiendo un formato que vamos a utilizar por algún tiempo. 2Comenzaremos cada día concentrando nues­tra atención en el pensamiento diario el mayor tiempo posible. 3Cinco minutos es lo mínimo que dedicaremos a prepararnos para un día en el que la salvación es nuestro único objetivo. 4Diez sería mejor; quince, todavía mejor. 5Y a medida que las distracciones que nos desvían de nuestro propósito vayan disminuyendo, nos daremos cuenta de que media hora aún es muy poco tiempo para pasar con Dios. 6Y no estaremos dispuestos a concederle por la noche, felizmente y llenos de gratitud, menos tiempo de eso.

16. A medida que recordemos ser fieles a la Voluntad que compar­timos con Dios, nuestra creciente paz aumentará con el transcu­rrir de cada hora. 2Habrá ocasiones en las que tal vez un minuto o incluso menos será lo máximo que podamos dedicarle cuando el reloj marque las horas. 3A veces se nos olvidará por completo. 4Y en otras ocasiones asuntos mundanos acapararán nuestra aten­ción y nos resultará imposible distanciarnos de ellos por un momento para centrar nuestros pensamientos en Dios.

17. Sin embargo, cuando podamos hacerlo, seremos fieles a nues­tro cometido como ministros de Dios, recordando nuestra misión y Su Amor cada hora. 2Y nos sentaremos en silencio a esperarlo y a escuchar Su Voz que nos dirá lo que Él desea que hagamos durante la hora siguiente, mientras le damos las gracias por todos los regalos que nos concedió en la que acaba de transcurrir. 

18. Con el tiempo y la práctica nunca más dejarás de pensar en Él o de oír Su amorosa Voz guiando tus pasos por serenos rumbos por los que caminarás en un estado de absoluta indefensión. 2Pues sabrás que el Cielo va contigo. 3No permitirás que tu mente se aparte de Él un solo instante, aun cuando tu tiempo transcurra ofreciéndole la salvación al mundo. 4¿Dudas acaso de que Él no vaya a hacer que esto sea posible para ti que has elegido llevar a cabo Su plan para la salvación del mundo, así como para la tuya?

19. Nuestro tema de hoy es nuestra indefensión. 2Nos revestimos de ella mientras nos preparamos para afrontar el día. 3Nos alza­mos fuertes en Cristo, y dejamos que nuestra debilidad desaparezca, al recordar que Su fortaleza mora en nosotros. 4A lo largo del día nos recordaremos a nosotros mismos que Él permanece a nuestro lado y que nuestra debilidad nunca carece del apoyo de Su fortaleza. 5Invocaremos Su fortaleza cada vez que sintamos que la amenaza de nuestras defensas socava nuestra certeza de propósito. 6Nos detendremos por un momento, al oírle decir: "Aquí estoy".

20. Tu práctica empezará a adquirir ahora la vehemencia del amor, para ayudarte a evitar que tu mente se desvíe de su propósito. 2No tengas miedo ni timidez. 3No hay duda de que alcanzarás tu objetivo final. 4Los ministros de Dios jamás pueden fracasar, pues el amor, la fortaleza y la paz que irradia desde ellos a todos sus hermanos proceden de Él. 5Ésos son los dones que Él te ha dado. 6Estar libre de toda defensa es todo lo que necesitas darle a cam­bio. 7Dejas a un lado únicamente lo que nunca fue real, a fin de contemplar a Cristo y ver Su impecabilidad.



Instrucciones para la práctica

Propósito: Aprender que “la indefensión es fortaleza” (6:1), pues descansa en la consciencia de la fortaleza de Cristo en nosotros, una fortaleza tan grande que nunca puede ser atacada.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Por lo menos cinco minutos; lo ideal es treinta minutos o más.
Esta práctica parece la misma que la de ayer, en la que dejabas a un lado todas las ideas de ti mismos que te describen como débil, y deja que la consciencia de tu verdadero Ser surja en ti. Aquí, haces lo mismo, con una importancia especial en ponerte en contacto con Su fortaleza en ti. Si tienes éxito, te darás cuenta de que no tienes necesidad de defensas pues fuiste creado de manera que nada puede atacarte. Deja que el rato de la mañana sea tu preparación para un día sin defensas. Envuélvete en la fortaleza de Cristo.

Recordatorios cada hora: Uno o dos minutos, a la hora en punto, (menos si las circunstancias no lo permiten). 

  • Repite la idea, recordando que mientras lo haces Cristo está a tu lado, dándote Su fortaleza, haciendo que no sean necesarias las defensas. 
  • Luego siéntate en quietud y silencio, y espera a Dios. Dale gracias por Sus regalos de la hora que ha pasado. Y deja que Su Voz te diga lo que Él quiere que hagas en esta hora que empieza.

Respuesta a la tentación: Cada vez que sientas la tentación de defenderte.
Repite la idea como un modo de llamar a la fortaleza de Cristo en ti. Luego “detente por un momento, al oírle decir: "Aquí estoy"” (19:6).

Observaciones generales: El Libro de Ejercicios considera a esta lección un punto decisivo. Aquí se nos dan las instrucciones para ¡las siguientes cuarenta y ocho lecciones! Y se nos dice (en el párrafo 20), que nuestra “práctica empezará a adquirir ahora la vehemencia del amor” (20:1). En lugar de ser un cumplimiento del deber, será una expresión sincera y natural de nuestro corazón. Demos este paso adelante con confianza. Jesús nos pide: “No tengas miedo ni timidez” (20:2), porque sencillamente no podemos fracasar. Dios se asegurará de que lo hagamos nuestro propósito.

Comentario

Con respecto a nuestra práctica, date cuenta de que esta lección da instrucciones a seguir “por algún tiempo” (15:1). Concretamente, la forma de práctica que hoy se da continúa hasta la Lección 170. Se dan una vez y ya no se mencionan salvo brevemente, se supone que recordaremos las instrucciones de esta lección. Date cuenta también de que las instrucciones -acerca de lo que tenemos que hacer en estos periodos de cinco a treinta minutos cada día- no son muy claras. En su mayor parte se resumen en “concentrando nuestra atención en el pensamiento diario el mayor tiempo posible” (15:2). Se nos dice que nuestra “práctica empezará a adquirir ahora la vehemencia del amor” (20:1). Las sesiones más largas de práctica se convierten en “tiempo para pasar con Dios” (15:5), ¡disfrutamos tanto de Su Presencia que media hora es demasiado poco! Hasta cierto punto, para ahora, nuestra práctica ha pasado de ser una sesión obligada a una cita con nuestro Amado. Si eso no nos ha sucedido todavía, lo hará: “No hay duda de que alcanzarás tu objetivo final” (20:3).

La lección empieza señalando que este mundo no es un lugar seguro: “está arraigado en el ataque” (1:3). La paz mental en este mundo es imposible (1:5). Por todas partes hay cosas que nos hacen ponernos a la defensiva (2:1-2). Pero las defensas afectan no sólo a lo que está fuera de nosotros, también nos afectan a nosotros. Refuerzan nuestra sensación de debilidad (2:4), y puesto que a la larga no funcionan (2:4), nos engañan. Nos traiciona el mundo de fuera y nuestras propias defensas (2:5-6).

Es como si (la mente) estuviera encerrada dentro de un círculo, dentro del cual otro círculo la atenaza, y dentro de ése, otro más, hasta que finalmente pierde toda esperanza de poder escapar. (3:1)

Estamos atrapados en círculos concéntricos de ataque y defensa, nos sentimos incapaces de romper el ciclo de ataque-defensa (3:2-3).
No nos damos cuenta de lo profundamente que el mundo a nuestro alrededor amenaza a nuestra mente. Si hacemos un esfuerzo por imaginarnos a alguien profundamente atrapado en un arrebato de miedo intenso: “la sensación de amenaza que el mundo fomenta es mucho más profunda, y sobrepasa en tal manera cualquier intensidad o frenesí que jamás te hayas podido imaginar, que no tienes idea de toda la devastación que ello ha ocasionado” (4:3). El Curso dice que todos nosotros vivimos en un pánico ciego, disfrazado de un fingido estado superficial de estar en calma. Pánico es todo lo que hay justo debajo de la superficie. Piensa en las cosas que nos amenazan constantemente, y la atención que les prestamos en nuestra vida personal y en los medios de comunicación. Desastre nuclear. Pandillas callejeras. Conductores borrachos. Todos los conductores. Políticos corruptos. La avariciosa estructura de poder. Amenaza de derrumbamiento económico. Aditivos en los alimentos, reducción de la capa de ozono, alimentos sin vitaminas, aumento de hormonas en la leche, nitratos en la panceta, colesterol, grasas saturadas, suministro de agua contaminada, sequía, olas de calor, tormentas de nieve, inundaciones, huracanes, tornados, terremotos, invasión de extraterrestres, medios de comunicación falsos, insectos en nuestro hogar, cuerpos que envejecen, relaciones amorosas o de negocios que no son de fiar, sida, cáncer, ataque al corazón (la lista puede seguir sin fin). Y no hemos empezado a hablar de la amenaza de invasión extranjera o de los golpes económicos, enemistades raciales, o intolerancia religiosa.

Somos esclavos de la amenaza del mundo (5:1). “No sabes lo que haces del miedo que le tienes. Tú que sientes su mano de hierro atenazándote el corazón, no entiendes lo mucho que has tenido que sacrificar” (5:2-3). Intenta imaginarte, por un momento, como sería estar sin ninguno de esos miedos sobre las cosas que hemos mencionado. Si te pareces a mí, ni siquiera puedes imaginártelo. ¡Nos hemos acostumbrado tanto al zumbido inconsciente del miedo! Tampoco nos damos cuenta de cuánto daño le hemos hecho a nuestra propia paz con nuestra constante postura defensiva (5:4).
La elección que esta lección nos ofrece (6:3) es entre dos cosas: el “juego tonto” (6:4) de las defensas, al que juegan niños cansados cuando tienen tanto sueño que ya ni se acuerdan de lo que quieren (¡un poco parecido a como me siento yo ahora!), y el “juego que juegan niños felices” (12:1), un juego feliz que nos enseña que el juego del miedo se ha terminado. El juego feliz es la “salvación” (12:1), o cumplir la función de un ministro de Dios en el mundo, ofreciendo la luz a todos nuestros hermanos. Resumiendo, podemos pasar nuestro tiempo intentando defendernos, o podemos abandonar nuestras defensas y extender la mano al mundo con amor. Ésas son las únicas elecciones.

El juego de las defensas es un juego de muerte. En las defensas “la locura que reina en ellas es tan aguda que la esperanza de recobrar la cordura parece ser sólo un sueño fútil y encontrarse más allá de lo que es posible” (4:2). Las defensas nos aprisionan al ciclo de ataque-defensa que no termina nunca.

La indefensión se basa en la realidad de lo que somos. “No necesitamos defensas porque fuimos creados inexpugnables” (9:1). Es testigo de nuestra fortaleza. Como ministros de Dios, estamos protegidos. No necesitamos defensas porque somos “los que se cuentan entre los elegidos de Dios, al haber sido ésa Su elección, así como la nuestra” (10:6).


Elegir la indefensión es elegir la fortaleza de Cristo, en lugar de nuestra debilidad. Lo que nos pone en una posición que no puede ser atacada es extender la mano para sanar, en lugar de encogernos hacia adentro en defensa propia. Nuestra verdadera seguridad está, no en proteger lo que tenemos, sino en darlo y compartirlo, porque esto nos identifica firmemente con el Cristo.

sábado, 1 de junio de 2019

1 JUNIO: Tengo el poder de decidir.

AUDIOLIBRO 



 

EJERCICIOS


LECCION 152

Tengo el poder de decidir.



1. Nadie puede sufrir pérdida alguna a menos que ésa haya sido su propia decisión. 2Nadie sufre dolor salvo cuando él mismo así lo decide. 3Nadie puede estar afligido, sentir temor o creer que está enfermo a menos que eso sea lo que desea. 4Y nadie muere sin su propio consentimiento. 5Jamás ocurre nada que no sea una representación de tus deseos, ni se te niega nada de lo que eliges. 6He aquí tu mundo, completo hasta el más ínfimo detalle. 7He aquí toda la realidad que tiene para ti. 8Mas es sólo ahí donde se encuentra la salvación.

2. Tal vez creas que ésta es una postura extrema o demasiado abarcadora para poder ser verdad. 2Mas ¿podría la verdad hacer excepciones? 3Si se te ha dado todo, ¿cómo podría ser real perder? 4¿Puede acaso el dolor ser parte de la paz, o el pesar de la dicha? 5¿Cómo podrían el miedo y la enfermedad adentrarse en una mente en la que moran el amor y la santidad perfecta? 6La verdad tiene que abarcarlo todo, si es que es la verdad. 7No aceptes opuestos ni excepciones, pues hacer eso es contradecir la verdad. 

3. La salvación es el reconocimiento de que la verdad es verdad, y de que nada más lo es. 2Has oído esto antes, pero puede que todavía no hayas aceptado ambas partes de la aseveración. 3Sin la primera, la segunda no tiene sentido. 4Pero sin la segunda, la primera deja de ser verdad. 5La verdad no puede tener opuestos. 6No se puede hacer suficiente hincapié en esto o pensar en ello con demasiada frecuencia. 7Pues si lo que no es verdad fuese tan cierto como lo que es verdad, entonces parte de la verdad sería falsa 8y la verdad dejaría de tener significado. 9Sólo la verdad es verdad, y lo que es falso, falso es.

4. Ésta es la más simple de las distinciones, si bien, la más ambi­gua. 2Mas no porque sea una distinción difícil de percibir, 3sino porque se halla oculta tras una amplia gama de opciones que no parecen proceder enteramente de ti. 4Y así, la verdad parece tener algunos aspectos que ponen en entredicho su consistencia, si bien no parecen ser contradicciones que tú mismo hayas introducido. 

5. Tal como Dios te creó, tú no puedes sino seguir siendo inmuta­ble; y los estados transitorios son, por definición, falsos. 2Eso incluye cualquier cambio en tus sentimientos, cualquier alteración de las condiciones de tu cuerpo o de tu mente; así como cualquier cambio de conciencia o de tus reacciones. 3Esta condi­ción de abarcamiento total es lo que distingue a la verdad de la mentira, y lo que mantiene a lo falso separado de la verdad, y como lo que es.

6. ¿No es acaso extraño que consideres arrogante pensar que fuiste tú quien fabricó el mundo que ves? 2Dios no lo creó. 3De eso puedes estar seguro. 4¿Qué puede saber Él de lo efímero, del pecado o de la culpabilidad? a¿Qué puede saber de los temero­sos, de los que sufren y de los solitarios; o de la mente que vive dentro de un cuerpo condenado a morir? 5Pensar que Él ha crea­do un mundo en el que tales cosas parecen ser reales es acusarlo de demente. 6Él no está loco. 7Sin embargo, sólo la locura da lugar a semejante mundo.

7. Pensar que Dios creó el caos, que contradice Su Propia Volun­tad, que inventó opuestos a la verdad y que le permite a la muerte triunfar sobre la vida es arrogancia. 2La humildad se daría cuenta de inmediato de que estas cosas no proceden de Él. 3¿Y sería posi­ble acaso ver lo que Dios no creó? 4Pensar que puedes, es creer que puedes percibir lo que la Voluntad de Dios no dispuso que existiera. 5¿Y qué podría ser más arrogante que eso?

8. Seamos hoy verdaderamente humildes y aceptemos lo que hemos hecho tal como es. 2Tenemos el poder de decidir. 3Decide únicamente aceptar el papel que te corresponde como co-creador del universo, y todo eso que crees haber fabricado desaparecerá. 4Lo que entonces emergerá en tu conciencia será todo lo que siem­pre ha estado ahí, lo cual ha sido eternamente como es ahora. 5Y entonces pasará a ocupar el lugar de los auto-engaños que inven­taste a fin de usurpar el altar del Padre y del Hijo.

9. Hoy vamos a practicar la verdadera humildad, abandonando la falsa pretensión con la que el ego intenta probar que la humildad es arrogancia. 2Sólo el ego puede ser arrogante. 3Pero la verdad es humilde, puesto que reconoce su propio poder, su inmutabilidad y su eterna plenitud, totalmente abarcadora, la cual es el regalo perfecto que Dios le hace a Su Hijo amado. 4Dejaremos a un lado la arrogancia, que afirma que somos pecadores, culpables, teme­rosos y que estamos avergonzados de lo que somos; y en lugar de ello, elevaremos nuestros corazones con verdadera humildad hasta Aquel que nos creó inmaculados y semejantes a Él en poder y en amor.

10. Tenemos el poder de decidir. 2Y aceptamos de Él aquello que somos, y reconocemos humildemente al Hijo de Dios. 3Reconocer al Hijo de Dios implica asimismo que hemos dejado a un lado todos los conceptos acerca de nosotros mismos y que hemos reco­nocido su falsedad. 4También hemos percibido su arrogancia. 5Y con humildad aceptamos jubilosamente como nuestros el esplen­dor del Hijo de Dios, su mansedumbre, su perfecta pureza, el Amor de su Padre, así como su derecho al Cielo y a liberarse del infierno.

11. Ahora nos unimos en gozoso reconocimiento de que las menti­ras son falsas y de que sólo la verdad es verdad. 2Al levantarnos pensaremos únicamente en la verdad, y pasaremos cinco minutos practicando sus caminos, alentando a nuestras temerosas mentes con lo siguiente:

3Tengo el poder de decidir.
4Hoy me aceptaré a mí mismo  tal como la Voluntad de mi Padre dispuso que yo fuese.

5Luego aguardaremos en silencio, abandonando todo auto-engaño, según le pedimos humildemente a nuestro Ser que se revele ante nosotros. 6Y Aquel que nunca nos abandonó volverá de nuevo a nuestra conciencia, agradecido de poder devolverle a Dios Su morada, tal como siempre debió ser.

12. Espéralo pacientemente hoy, e invítalo cada hora con las pala­bras con las que diste comienzo al día, el cual se debe concluir con esa misma invitación a tu Ser. 2La Voz de Dios te contestará, pues Él habla en tu nombre y en el de tu Padre. 3Él sustituirá todos tus frenéticos pensamientos por la paz de Dios, los auto-engaños por la verdad de Dios y tus ilusiones acerca de ti mismo por el Hijo de Dios.



Instrucciones para la práctica

Propósito: Ser verdaderamente humilde, y dejar a un lado todas las ideas acerca de mí mismo, que con arrogancia afirman que soy débil y pecador, y aceptar el poder de mi verdadero Ser.

Práctica de la mañana/ noche: cinco minutos.
Repite estas frases: “Tengo el poder de decidir. Hoy me aceptaré a mí mismo tal como la Voluntad de mi Padre dispuso que yo fuese”. Puedes también expresarlo de esta manera: “Con el poder ilimitado de mi decisión, aceptaré el poder ilimitado de mi Ser”.
Luego pasa un rato abandonando tus ideas acerca de ti mismo, que son solo mentiras que te has dicho acerca de quién eres. Dicen que eres débil, a merced de un mundo que tú no hiciste. Dicen que eres pecador, y deberías avergonzarte de lo que eres. Deja a un lado todas esas ideas sobre ti, reconociendo que su pequeñez es sólo arrogancia, ya que suponen que Dios se equivoca acerca de ti.
Luego espera en silencio, mientras humildemente pides a tu Ser que se muestre a ti en toda Su grandeza y poder, Su inmutabilidad (que no ha cambiado), y Su plenitud. Eleva tu corazón a tu Creador con verdadera humildad, y permítele que te muestre el infinito Hijo que Él creó en ti. Espera que Su Voz responda y sustituya tus falsas ideas con la comprensión de tu verdadero Ser. Cada vez que tu mente se distraiga, repite de nuevo las frases del comienzo, y vuelve a esperar.

Más corto: Cada hora.
Haz una versión corta de la práctica larga, invitando a la comprensión de tu Ser con estas palabras: “Tengo el poder de decidir. Hoy me aceptaré a mí mismo tal como la Voluntad de mi Padre dispuso que yo fuese”.

Comentario

La petición central de esta lección es “aceptar el papel que (me) corresponde como co-creador del universo” (8:3). Por medio de sus conclusiones lógicas, intenta convencerme para que acepte el hecho de que yo inventé el mundo que veo (6:1). “Jamás ocurre nada que no sea una representación de tus deseos, ni se te niega nada de lo que eliges” (1:5).

Si eso es cierto, y lo acepto, entonces tiene sentido el pensamiento principal de la lección: “Tengo el poder de decidir”. Mi elección hace al mundo. Lo que le da a nuestra ilusión de sufrimiento, pecado, y muerte tal aparente solidez es que creemos que existe fuera de los límites de nuestro poder, que no somos responsables de él. Sin embargo, si puedo aceptar que yo inventé lo que es, entonces puedo reconocer la posibilidad de ejercer el mismo poder de decisión para hacerlo desaparecer. Si niego que yo lo inventé, no puedo deshacerlo.

Sin embargo, si reconozco que yo he inventado el mundo que veo, estoy aceptando al mismo tiempo que Dios no lo hizo. Lo absurdo de la idea de que Dios creó este mundo se afirma claramente aquí:

Pensar que Dios creó el caos, que contradice Su Propia Voluntad, que inventó opuestos a la verdad y que le permite a la muerte triunfar sobre la vida es arrogancia. La humildad se daría cuenta de inmediato de que estas cosas no proceden de Él. (7:1-2)

Si no son de Él, tienen que ser de mí propia cosecha (mis fabricaciones o invenciones, el resultado de mi poder de decisión y, por lo tanto, son cosas que puedo deshacer).
Aplicado a mí mismo, estas ideas significan que todavía debo ser completo, que mis errores no me han cambiado:

Tal como Dios te creó, tú no puedes sino seguir siendo inmutable; y los estados transitorios son, por definición, falsos. Eso incluye cualquier cambio en tus sentimientos, cualquier alteración de las condiciones de tu cuerpo o de tu mente; así como cualquier cambio de conciencia o de tus reacciones. (5:1-2)

Me encantan esas palabras “los estados transitorios son, por definición, falsos”. Si cambia, no es real. ¡Ah! ¿Qué le hace esto a cualquier preocupación que yo pueda tener acerca de mis altibajos de estado de ánimo? ¿De envejecer? ¿De la enfermedad? ¿Del dinero? (¡“Transitorio” parece tan adecuado con respecto al dinero!) ¿Y sobre los cambios de mi consciencia? Transitorios, por lo tanto, falsos. ¿Cambios en la manera en que respondo al Curso? Transitorios, por lo tanto, falsos. La verdad es verdad, y sólo la verdad es verdad; todos los cambios son “contradicciones que (yo) mismo he introducido” (4:4).

He empezado a aprender que cuando me siento mal, por la razón que sea, puedo recordarme a mí mismo que este sentimiento es transitorio y, por lo tanto, falso; nada por lo que yo deba preocuparme. Esto no siempre expulsa mi sentimiento de estar mal, pero me impide sentirme culpable por estar mal, o por sentirme preocupado acerca de que algo va muy mal en mí. Como resultado, el sentimiento negativo no dura tanto como solía hacerlo, porque ya no continúo añadiendo capas de condena a mí mismo al sentimiento de estar mal.

Esta actitud de algún modo me aparta de los sentimientos o cambios transitorios de mi consciencia. En lugar de actuar desde el sentimiento, empiezo a actuar sobre él, con dulzura y perdón compasivo. Algunos han expresado la diferencia de palabras al decir cosas como “mi cuerpo está enfermo” en lugar de “yo estoy enfermo”, o “estoy sintiendo una depresión” en lugar de “estoy deprimido”. En lugar de confundir el pensamiento o el sentimiento “conmigo”, soy consciente del “yo” aquí, constante y que no cambia, aunque esté experimentando este estado mental transitorio o pasajero. “Yo” soy distinto, y no me identifico con el pasajero cambio que mi mente me muestra. Y en esa situación, puedo reconocer: “Tengo el poder de decidir”