DESPERTAR AL AMOR

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miércoles, 7 de agosto de 2019

7 AGOSTO: SEXTO REPASO Repaso a las lecciones 199

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS


LECCIÓN 219


No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (199) No soy un cuerpo. 2Soy libre.

3Soy el Hijo de Dios. 4Aquiétate mente mía, y piensa en esto por un, momento. 5Luego regresa a la tierra, sin confusión alguna acerca de quién es aquel a quien mi Padre ama eter­namente como Su Hijo.

6No soy un cuerpo. 7Soy libre.
8Pues aún soy tal como Dios me creó.






Instrucciones para la práctica


Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso



Comentario


Bueno, no tenemos mucha elección hoy. Tenemos que echarle otra mirada al hecho de que no somos un cuerpo.

Pienso que la creencia de que soy un cuerpo es lo que me pone aquí en este mundo, con un cuerpo. Puedo decir que creo que no soy un cuerpo y que entiendo lo que estoy diciendo, pero todavía sigo con un cuerpo. Eso me muestra que mis palabras no coinciden completamente con la profunda creencia de mi mente. La razón por la que el Curso nos ha hecho repetir esta idea durante los últimos veinte días (empezó con la Lección 199) no se debe a que ya la creamos y no la necesitemos; está claro que el Curso reconoce que nuestra creencia de que somos un cuerpo está profundamente enterrada dentro de nosotros, y que la repetición es necesaria para deshacer esa creencia. Recuerda que en la Lección 199 se sugería que hiciéramos de esta idea una parte de nuestra práctica de cada día. Nuestra identificación con nuestro cuerpo es una idea que no resultará fácil sacar.

Es interesante la unión de las palabras “No soy un cuerpo” con las palabras “Soy libre”. Si yo hubiera escrito el Curso, probablemente habría dicho: “No soy un cuerpo. Soy espíritu”, o algo así. ¿Por qué crees que Jesús pone juntos estos dos pensamientos?
El cuerpo es algo que aprisiona. Todos nosotros somos esclavos de nuestro cuerpo. Piensa en cuánto tiempo y energía de nuestra llamada vida en este mundo dedicamos al cuidado del cuerpo. Lo alimentamos, trabajamos para darle alojamiento y vestirlo, lo lavamos, dedicamos habitaciones de nuestra casa únicamente para cuidar de sus necesidades de eliminación y limpieza, compramos todo tipo de artilugios para adornarlo. Nos cortamos las uñas cada semana. Fijamos citas para los cortes de pelo. Mira a la sección de libros de cocina en una librería para hacerte una idea de lo que nos ocupamos del aspecto de la alimentación. Mira en los supermercados, en las tiendas de ropa, en las zapaterías. La mayoría de las tiendas en los centros comerciales están relacionadas con el cuidado del cuerpo. Mira a los gastos que dedicamos al cuidado de la salud y hospitales.

¿Y si no soy un cuerpo? ¿Y si tanto derroche de esfuerzo y atención estuviera mal dirigido? ¿Y si nos estamos concentrando en lo que no tiene importancia? ¿Y si el centro de atención de nuestra vida empezara a cambiar del cuidado del cuerpo al cuidado del espíritu? ¿Si eso sucediera cómo sería mi vida y la tuya? ¿Y si fuera tan constante en buscar instantes santos como en atiborrarme de comida? ¿Y si empezara a hacer pausas varias veces al día para alimentar mi espíritu con la misma frecuencia que dedico a comer, ir al baño, o cuidar el cuerpo? Nos resulta muy fácil decirle a un amigo: “¿Te apetece una taza de café?” ¿Y si nos resultara igual de fácil decirle: “¿Te apetece pasar unos minutos de meditación conmigo?”

Al pensar en esto queda muy claro lo poco equilibradas que están nuestras vidas y lo centradas que están en nuestro cuerpo. Me hace darme cuenta de cuánto nos queda todavía por recorrer. Y puesto que el cambio empieza en la mente, sólo con recordarme a mí mismo tan a menudo como pueda “No soy un cuerpo”, es un buen modo de empezar el gran cambio. Quizá sea útil algo tan sencillo como dejar que mis comidas sean un recordatorio para decir una oración, no porque rezar con la comida la haga mejor, sino porque me ayuda a recordar que necesito el alimento espiritual tanto, o más que el alimento físico. Cada vez que me haga consciente de que estoy dedicando tiempo y esfuerzo al cuidado del cuerpo, que eso me recuerde cuidar también de mi espíritu.

Piensa también en la libertad que tendremos cuando nos demos cuenta de que el cuerpo no es gran cosa. Lo que yo soy no es algo que se desgasta, envejece y muere. Lo que yo soy no es “una vela corta” como lo llamó Shakespeare, sino una eterna estrella brillando en el cielo por toda la eternidad. El cuerpo se merece cuidado porque es un instrumento útil para la situación en la que nos encontramos, pero no más que eso. Como un coche es bueno para el propósito que sirve. Pero el cuerpo no es “yo” como el coche tampoco es “yo” (aunque los anuncios de coche digan lo contrario). Piensa en toda la ansiedad y preocupación constante que se nos quitaría de encima si podemos pensar de este modo. Cambiar nuestra forma de pensar acerca de ello se merece todo el esfuerzo que sea necesario.





TEXTO

II. El pecado en contraposición al error

 


1. Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. 2Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. 3Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. 4La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. 5Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. 6El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura.

2. El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. 2Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. 3El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. 4Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo queDios no creó. 5De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. 6El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. 7Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud.


3. El Hijo de Dios puede estar equivocado, engañarse a sí mismo e incluso usar el poder de su mente contra sí mismo. 2Pero no puede pecar. 3No puede hacer nada que en modo alguno altere su realidad, o que haga que realmente sea culpable. 4Eso es lo que el pecado quisiera hacer, pues ése es su propósito. 5Mas a pesar de toda la salvaje demencia inherente a la idea del pecado, éste sigue siendo imposible. 6Pues el costo del pecado es la muerte, y ¿podría acaso perecer lo que es inmortal?


4. Uno de los principales dogmas de la descabellada religión del ego es que el pecado no es un error sino la verdad, y que la ino­cencia es la que pretende engañarnos. 2La pureza se considera arrogancia, y la aceptación de nuestro ser como algo pecaminoso se percibe como santidad. 3Y es esta doctrina la que sustituye a la realidad del Hijo de Dios tal como su Padre lo creó, y tal como dispuso que fuese para siempre. 4¿Es esto humildad? 5¿O es más bien un intento de desgajar a la creación de la verdad, y de mante­nerla aparte?


5. El ego siempre considerará injustificable cualquier intento de reinterpretar el pecado como un error. 2La idea del pecado es absolutamente sacrosanta en su sistema de pensamiento, y sólo puede abordarse con respeto y temor reverente. 3Es el concepto más "sagrado" del sistema del ego: bello y poderoso, completa­mente cierto, y protegido a toda costa por cada una de las defen­sas que el ego tiene a su disposición. 4Pues en el pecado radica su "mejor" defensa, a la que todas las demás sirven. 5El pecado es su armadura, su protección y el propósito fundamental de la rela­ción especial tal como el ego la interpreta.


6. Puede ciertamente afirmarse que el ego edificó su mundo sobre el pecado. 2Únicamente en un mundo así podría todo ser a la inversa. 3Ésta es la extraña ilusión que hace que las nubes de la culpabilidad parezcan densas e impenetrables. 4La solidez que los cimientos de este mundo parecen tener descansa en ello. 5Pues el pecado ha hecho que la creación, de ser una Idea de Dios, pase a ser un ideal del ego: un mundo que él rige, compuesto de cuerpos inconscientes y capaces de caer presa de la corrupción y decaden­cia más absolutas. 6Si esto es un error, la verdad puede deshacerlo fácilmente, 7pues todo error puede ser corregido sólo con que se le permita a la verdad juzgarlo. 8Pero si al error se le otorga el rango de verdad, ¿ante qué se podría llevar? 9La "santidad" del pecado se mantiene intacta debido únicamente a este extraño mecanismo. 10En cuanto que verdad, el pecado es inviolable, y todo se lleva ante él para ser juzgado. 11Mas si es un error, es él el que tiene que ser llevado ante la verdad. 12Es imposible tener fe en el pecado, pues el pecado es falta de fe. 13Mas es posible tener fe en el hecho de que cualquier error puede ser corregido.


7. No hay un solo baluarte en toda la ciudadela fortificada del ego más celosamente defendido que la idea de que el pecado es real, y de que es la expresión natural de lo que el Hijo de Dios ha hecho de sí mismo y de lo que es. 2Para el ego eso no es un error. 3Pues ésa es su realidad: la "verdad" de la que nunca se podrá escapar. 4Ése es su pasado, su presente y su futuro. 5Pues de alguna manera se las ha arreglado para corromper a su Padre y hacerle cambiar de parecer por completo. 6¡Llora, pues, la muerte de Dios, a Quien el pecado asesinó! 7Este sería el deseo del ego, que en su demencia cree haberlo logrado.



8.¿No preferirías que todo esto no fuese más que una equivoca­ción, completamente corregible, y de la que fuese tan fácil esca­par que rectificarla totalmente sería tan sencillo como atravesar la neblina y llegar hasta al sol? 2Pues eso es todo lo que es. 3Quizá te sientas tentado de coincidir con el ego en que es mucho mejor ser pecador que estar equivocado. 4Mas piensa detenidamente antes de permitirte a ti mismo tomar esa decisión. 5No la tomes a la ligera, pues es la elección entre el Cielo y el infierno







martes, 7 de agosto de 2018

7 AGOSTO: SEXTO REPASO: Repaso de las lección 199

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS


LECCIÓN 219


No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (199) No soy un cuerpo. 2Soy libre.

3Soy el Hijo de Dios. 4Aquiétate mente mía, y piensa en esto por un, momento. 5Luego regresa a la tierra, sin confusión alguna acerca de quién es aquel a quien mi Padre ama eter­namente como Su Hijo.

6No soy un cuerpo. 7Soy libre.
8Pues aún soy tal como Dios me creó.






Instrucciones para la práctica


Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso


Comentario

Bueno, no tenemos mucha elección hoy. Tenemos que echarle otra mirada al hecho de que no somos un cuerpo.

Pienso que la creencia de que soy un cuerpo es lo que me pone aquí en este mundo, con un cuerpo. Puedo decir que creo que no soy un cuerpo y que entiendo lo que estoy diciendo, pero todavía sigo con un cuerpo. Eso me muestra que mis palabras no coinciden completamente con la profunda creencia de mi mente. La razón por la que el Curso nos ha hecho repetir esta idea durante los últimos veinte días (empezó con la Lección 199) no se debe a que ya la creamos y no la necesitemos; está claro que el Curso reconoce que nuestra creencia de que somos un cuerpo está profundamente enterrada dentro de nosotros, y que la repetición es necesaria para deshacer esa creencia. Recuerda que en la Lección 199 se sugería que hiciéramos de esta idea una parte de nuestra práctica de cada día. Nuestra identificación con nuestro cuerpo es una idea que no resultará fácil sacar.

Es interesante la unión de las palabras “No soy un cuerpo” con las palabras “Soy libre”. Si yo hubiera escrito el Curso, probablemente habría dicho: “No soy un cuerpo. Soy espíritu”, o algo así. ¿Por qué crees que Jesús pone juntos estos dos pensamientos?
El cuerpo es algo que aprisiona. Todos nosotros somos esclavos de nuestro cuerpo. Piensa en cuánto tiempo y energía de nuestra llamada vida en este mundo dedicamos al cuidado del cuerpo. Lo alimentamos, trabajamos para darle alojamiento y vestirlo, lo lavamos, dedicamos habitaciones de nuestra casa únicamente para cuidar de sus necesidades de eliminación y limpieza, compramos todo tipo de artilugios para adornarlo. Nos cortamos las uñas cada semana. Fijamos citas para los cortes de pelo. Mira a la sección de libros de cocina en una librería para hacerte una idea de lo que nos ocupamos del aspecto de la alimentación. Mira en los supermercados, en las tiendas de ropa, en las zapaterías. La mayoría de las tiendas en los centros comerciales están relacionadas con el cuidado del cuerpo. Mira a los gastos que dedicamos al cuidado de la salud y hospitales.

¿Y si no soy un cuerpo? ¿Y si tanto derroche de esfuerzo y atención estuviera mal dirigido? ¿Y si nos estamos concentrando en lo que no tiene importancia? ¿Y si el centro de atención de nuestra vida empezara a cambiar del cuidado del cuerpo al cuidado del espíritu? ¿Si eso sucediera cómo sería mi vida y la tuya? ¿Y si fuera tan constante en buscar instantes santos como en atiborrarme de comida? ¿Y si empezara a hacer pausas varias veces al día para alimentar mi espíritu con la misma frecuencia que dedico a comer, ir al baño, o cuidar el cuerpo? Nos resulta muy fácil decirle a un amigo: “¿Te apetece una taza de café?” ¿Y si nos resultara igual de fácil decirle: “¿Te apetece pasar unos minutos de meditación conmigo?”

Al pensar en esto queda muy claro lo poco equilibradas que están nuestras vidas y lo centradas que están en nuestro cuerpo. Me hace darme cuenta de cuánto nos queda todavía por recorrer. Y puesto que el cambio empieza en la mente, sólo con recordarme a mí mismo tan a menudo como pueda “No soy un cuerpo”, es un buen modo de empezar el gran cambio. Quizá sea útil algo tan sencillo como dejar que mis comidas sean un recordatorio para decir una oración, no porque rezar con la comida la haga mejor, sino porque me ayuda a recordar que necesito el alimento espiritual tanto, o más que el alimento físico. Cada vez que me haga consciente de que estoy dedicando tiempo y esfuerzo al cuidado del cuerpo, que eso me recuerde cuidar también de mi espíritu.

Piensa también en la libertad que tendremos cuando nos demos cuenta de que el cuerpo no es gran cosa. Lo que yo soy no es algo que se desgasta, envejece y muere. Lo que yo soy no es “una vela corta” como lo llamó Shakespeare, sino una eterna estrella brillando en el cielo por toda la eternidad. El cuerpo se merece cuidado porque es un instrumento útil para la situación en la que nos encontramos, pero no más que eso. Como un coche es bueno para el propósito que sirve. Pero el cuerpo no es “yo” como el coche tampoco es “yo” (aunque los anuncios de coche digan lo contrario). Piensa en toda la ansiedad y preocupación constante que se nos quitaría de encima si podemos pensar de este modo. Cambiar nuestra forma de pensar acerca de ello se merece todo el esfuerzo que sea necesario.





TEXTO

II. El pecado en contraposición al error

 


1. Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. 2Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. 3Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. 4La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. 5Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. 6El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura.

2. El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. 2Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. 3El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. 4Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo queDios no creó. 5De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. 6El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. 7Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud.


3. El Hijo de Dios puede estar equivocado, engañarse a sí mismo e incluso usar el poder de su mente contra sí mismo. 2Pero no puede pecar. 3No puede hacer nada que en modo alguno altere su realidad, o que haga que realmente sea culpable. 4Eso es lo que el pecado quisiera hacer, pues ése es su propósito. 5Mas a pesar de toda la salvaje demencia inherente a la idea del pecado, éste sigue siendo imposible. 6Pues el costo del pecado es la muerte, y ¿podría acaso perecer lo que es inmortal?


4. Uno de los principales dogmas de la descabellada religión del ego es que el pecado no es un error sino la verdad, y que la ino­cencia es la que pretende engañarnos. 2La pureza se considera arrogancia, y la aceptación de nuestro ser como algo pecaminoso se percibe como santidad. 3Y es esta doctrina la que sustituye a la realidad del Hijo de Dios tal como su Padre lo creó, y tal como dispuso que fuese para siempre. 4¿Es esto humildad? 5¿O es más bien un intento de desgajar a la creación de la verdad, y de mante­nerla aparte?


5. El ego siempre considerará injustificable cualquier intento de reinterpretar el pecado como un error. 2La idea del pecado es absolutamente sacrosanta en su sistema de pensamiento, y sólo puede abordarse con respeto y temor reverente. 3Es el concepto más "sagrado" del sistema del ego: bello y poderoso, completa­mente cierto, y protegido a toda costa por cada una de las defen­sas que el ego tiene a su disposición. 4Pues en el pecado radica su "mejor" defensa, a la que todas las demás sirven. 5El pecado es su armadura, su protección y el propósito fundamental de la rela­ción especial tal como el ego la interpreta.


6. Puede ciertamente afirmarse que el ego edificó su mundo sobre el pecado. 2Únicamente en un mundo así podría todo ser a la inversa. 3Ésta es la extraña ilusión que hace que las nubes de la culpabilidad parezcan densas e impenetrables. 4La solidez que los cimientos de este mundo parecen tener descansa en ello. 5Pues el pecado ha hecho que la creación, de ser una Idea de Dios, pase a ser un ideal del ego: un mundo que él rige, compuesto de cuerpos inconscientes y capaces de caer presa de la corrupción y decaden­cia más absolutas. 6Si esto es un error, la verdad puede deshacerlo fácilmente, 7pues todo error puede ser corregido sólo con que se le permita a la verdad juzgarlo. 8Pero si al error se le otorga el rango de verdad, ¿ante qué se podría llevar? 9La "santidad" del pecado se mantiene intacta debido únicamente a este extraño mecanismo. 10En cuanto que verdad, el pecado es inviolable, y todo se lleva ante él para ser juzgado. 11Mas si es un error, es él el que tiene que ser llevado ante la verdad. 12Es imposible tener fe en el pecado, pues el pecado es falta de fe. 13Mas es posible tener fe en el hecho de que cualquier error puede ser corregido.


7. No hay un solo baluarte en toda la ciudadela fortificada del ego más celosamente defendido que la idea de que el pecado es real, y de que es la expresión natural de lo que el Hijo de Dios ha hecho de sí mismo y de lo que es. 2Para el ego eso no es un error. 3Pues ésa es su realidad: la "verdad" de la que nunca se podrá escapar. 4Ése es su pasado, su presente y su futuro. 5Pues de alguna manera se las ha arreglado para corromper a su Padre y hacerle cambiar de parecer por completo. 6¡Llora, pues, la muerte de Dios, a Quien el pecado asesinó! 7Este sería el deseo del ego, que en su demencia cree haberlo logrado.



8.¿No preferirías que todo esto no fuese más que una equivoca­ción, completamente corregible, y de la que fuese tan fácil esca­par que rectificarla totalmente sería tan sencillo como atravesar la neblina y llegar hasta al sol? 2Pues eso es todo lo que es. 3Quizá te sientas tentado de coincidir con el ego en que es mucho mejor ser pecador que estar equivocado. 4Mas piensa detenidamente antes de permitirte a ti mismo tomar esa decisión. 5No la tomes a la ligera, pues es la elección entre el Cielo y el infierno







lunes, 7 de agosto de 2017

7 AGOSTO: SEXTO REPASO: Repaso de la lección 199

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS


LECCIÓN 219


No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (199) No soy un cuerpo. 2Soy libre.

3Soy el Hijo de Dios. 4Aquiétate mente mía, y piensa en esto por un, momento. 5Luego regresa a la tierra, sin confusión alguna acerca de quién es aquel a quien mi Padre ama eter­namente como Su Hijo.

6No soy un cuerpo. 7Soy libre.
8Pues aún soy tal como Dios me creó.





Instrucciones para la práctica

Ver las instrucciones para la práctica del Sexto Repaso

Comentario

Bueno, no tenemos mucha elección hoy. Tenemos que echarle otra mirada al hecho de que no somos un cuerpo.

Pienso que la creencia de que soy un cuerpo es lo que me pone aquí en este mundo, con un cuerpo. Puedo decir que creo que no soy un cuerpo y que entiendo lo que estoy diciendo, pero todavía sigo con un cuerpo. Eso me muestra que mis palabras no coinciden completamente con la profunda creencia de mi mente. La razón por la que el Curso nos ha hecho repetir esta idea durante los últimos veinte días (empezó con la Lección 199) no se debe a que ya la creamos y no la necesitemos; está claro que el Curso reconoce que nuestra creencia de que somos un cuerpo está profundamente enterrada dentro de nosotros, y que la repetición es necesaria para deshacer esa creencia. Recuerda que en la Lección 199 se sugería que hiciéramos de esta idea una parte de nuestra práctica de cada día. Nuestra identificación con nuestro cuerpo es una idea que no resultará fácil sacar.

Es interesante la unión de las palabras “No soy un cuerpo” con las palabras “Soy libre”. Si yo hubiera escrito el Curso, probablemente habría dicho: “No soy un cuerpo. Soy espíritu”, o algo así. ¿Por qué crees que Jesús pone juntos estos dos pensamientos?
El cuerpo es algo que aprisiona. Todos nosotros somos esclavos de nuestro cuerpo. Piensa en cuánto tiempo y energía de nuestra llamada vida en este mundo dedicamos al cuidado del cuerpo. Lo alimentamos, trabajamos para darle alojamiento y vestirlo, lo lavamos, dedicamos habitaciones de nuestra casa únicamente para cuidar de sus necesidades de eliminación y limpieza, compramos todo tipo de artilugios para adornarlo. Nos cortamos las uñas cada semana. Fijamos citas para los cortes de pelo. Mira a la sección de libros de cocina en una librería para hacerte una idea de lo que nos ocupamos del aspecto de la alimentación. Mira en los supermercados, en las tiendas de ropa, en las zapaterías. La mayoría de las tiendas en los centros comerciales están relacionadas con el cuidado del cuerpo. Mira a los gastos que dedicamos al cuidado de la salud y hospitales.

¿Y si no soy un cuerpo? ¿Y si tanto derroche de esfuerzo y atención estuviera mal dirigido? ¿Y si nos estamos concentrando en lo que no tiene importancia? ¿Y si el centro de atención de nuestra vida empezara a cambiar del cuidado del cuerpo al cuidado del espíritu? ¿Si eso sucediera cómo sería mi vida y la tuya? ¿Y si fuera tan constante en buscar instantes santos como en atiborrarme de comida? ¿Y si empezara a hacer pausas varias veces al día para alimentar mi espíritu con la misma frecuencia que dedico a comer, ir al baño, o cuidar el cuerpo? Nos resulta muy fácil decirle a un amigo: “¿Te apetece una taza de café?” ¿Y si nos resultara igual de fácil decirle: “¿Te apetece pasar unos minutos de meditación conmigo?”

Al pensar en esto queda muy claro lo poco equilibradas que están nuestras vidas y lo centradas que están en nuestro cuerpo. Me hace darme cuenta de cuánto nos queda todavía por recorrer. Y puesto que el cambio empieza en la mente, sólo con recordarme a mí mismo tan a menudo como pueda “No soy un cuerpo”, es un buen modo de empezar el gran cambio. Quizá sea útil algo tan sencillo como dejar que mis comidas sean un recordatorio para decir una oración, no porque rezar con la comida la haga mejor, sino porque me ayuda a recordar que necesito el alimento espiritual tanto, o más que el alimento físico. Cada vez que me haga consciente de que estoy dedicando tiempo y esfuerzo al cuidado del cuerpo, que eso me recuerde cuidar también de mi espíritu.

Piensa también en la libertad que tendremos cuando nos demos cuenta de que el cuerpo no es gran cosa. Lo que yo soy no es algo que se desgasta, envejece y muere. Lo que yo soy no es “una vela corta” como lo llamó Shakespeare, sino una eterna estrella brillando en el cielo por toda la eternidad. El cuerpo se merece cuidado porque es un instrumento útil para la situación en la que nos encontramos, pero no más que eso. Como un coche es bueno para el propósito que sirve. Pero el cuerpo no es “yo” como el coche tampoco es “yo” (aunque los anuncios de coche digan lo contrario). Piensa en toda la ansiedad y preocupación constante que se nos quitaría de encima si podemos pensar de este modo. Cambiar nuestra forma de pensar acerca de ello se merece todo el esfuerzo que sea necesario.






TEXTO



Capítulo 19

LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ




I. La curación y la fe



1. Dijimos anteriormente que cuando una situación se ha dedi­cado completamente a la verdad, la paz es inevitable. 2La consecución de ésta es el criterio por medio del cual se puede determinar con seguridad si dicha dedicación fue total. 3Mas dijimos también que es imposible alcanzar la paz sin tener fe, pues lo que se le entrega a la verdad para que ésta sea su único objetivo, se lleva a la verdad mediante la fe. 4Esta fe abarca a todo aquel que esté invo­lucrado en la situación, pues sólo de esta manera se percibe la situación como significativa y como un todo. 5Y todo el mundo tiene que estar involucrado, pues, de lo contrario, ello implicaría que tu fe es limitada y que tu dedicación no es total.

2. Toda situación que se perciba correctamente se convierte en una oportunidad para sanar al Hijo de Dios. 2Y éste se cura porque tú tuviste fe en él, al entregárselo al Espíritu Santo y liberarlo de cualquier exigencia que tu ego hubiese querido imponerle. 3Ves, por consiguiente, que es libre, y el Espíritu Santo comparte esa visión contigo. 4Y puesto que la comparte, la ha dado, y así, Él cura a través de ti. 5Unirse a Él en un propósito unificado es lo que hace que ese propósito sea real, porque tú lo completas. 6Y esto es curación. 7El cuerpo se cura porque viniste sin él y te uniste a la Mente en la que reside toda curación.

3. El cuerpo no puede curarse porque no puede causarse enfer­medades a sí mismo. 2No tiene necesidad de que se le cure. 3El que goce de buena salud o esté enfermo depende enteramente de la forma en que la mente lo percibe y del propósito para el que quiera usarlo. 4Es obvio que un segmento de la mente puede verse a sí mismo separado del Propósito Universal. 5Cuando esto ocurre, el cuerpo se convierte en su arma, que usa contra ese Propósito para demostrar el "hecho" de que la separación ha tenido lugar. 6De este modo, el cuerpo se convierte en el instru­mento de lo ilusorio, actuando en conformidad con ello: viendo lo que no está ahí, oyendo lo que la verdad nunca dijo y compor­tándose de forma demente, al estar aprisionado por la demencia. 

4. No pases por alto nuestra afirmación anterior de que la falta de fe conduce directamente a las ilusiones. 2Pues percibir a un hermano como si fuese un cuerpo es falta de fe, y el cuerpo no puede ser usado para alcanzar la unión. 3Si ves a tu hermano como un cuerpo, habrás dado lugar a una condición en la que unirse a él es imposible. 4Tu falta de fe en él te ha separado de él y ha impedido vuestra curación. 5De este modo, tu falta de fe se ha opuesto al propósito del Espíritu Santo y ha dado lugar a que se interpongan entre vosotros ilusiones centradas en el cuerpo. 6Y el cuerpo parecerá estar enfermo, pues lo habrás convertido en un "enemigo" de la curación y en lo opuesto a la verdad.

5. No puede ser difícil darse cuenta de que la fe tiene que ser lo opuesto a la falta de fe. 2Mas la diferencia en cómo ambas operan no es tan obvia, aunque se deriva directamente de la diferencia fundamental que existe entre ellas. 3La falta de fe siempre limita y ataca; la fe desvanece toda limitación y brinda plenitud. 4La falta de fe siempre destruye y separa; la fe siempre une y sana. 5La falta de fe interpone ilusiones entre el Hijo de Dios y su Crea­dor; la fe elimina todos los obstáculos que parecen interponerse entre ellos. 6La falta de fe está totalmente dedicada a las ilusiones; la fe, totalmente a la verdad. 7Una dedicación parcial es imposi­ble. 8La verdad es la ausencia de ilusiones, las ilusiones, la ausen­cia de la verdad. 9Ambas no pueden coexistir ni percibirse en el mismo lugar. 10Dedicarte a ambas es establecer un objetivo por siempre inalcanzable, pues parte de él se intenta alcanzar a través del cuerpo, al que se considera el medio por el que se procura encontrar la realidad mediante el ataque. 11La otra parte quiere sanar y, por lo tanto, apela a la mente y no al cuerpo.

6. La transigencia que inevitablemente se hace es creer que el cuerpo, y no la mente, es el que tiene que ser curado. 2Pues este objetivo dividido ha otorgado la misma realidad a ambos, lo cual sería posible sólo si la mente estuviese limitada al cuerpo y divi­dida en pequeñas partes que aparentan ser íntegras, pero que no están conectadas entre sí. 3Esto no le hará daño al cuerpo, pero mantendrá intacto en la mente el sistema de pensamiento ilusorio. 4La mente, pues, es la que tiene necesidad de curación. 5Y en ella es donde se encuentra. 6Pues Dios no concedió la curación como algo aparte de la enfermedad, ni estableció el remedio donde la enfermedad no puede estar. 7La enfermedad y el remedio se encuentran en el mismo lugar, y cuando se ven uno al lado del otro, reconoces que todo intento de mantener a la verdad y a la ilusión en la mente, donde ambas necesariamente están, es estar dedicado a las ilusiones. aMas cuando éstas se llevan ante la ver­dad y se ve que desde cualquier punto de vista son completa­mente irreconciliables con ella, se abandonan.



domingo, 7 de agosto de 2016

7 AGOSTO: SEXTO REPASO Repaso de la lección 199

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS


LECCIÓN 219


No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (199) No soy un cuerpo. 2Soy libre.

3Soy el Hijo de Dios. 4Aquiétate mente mía, y piensa en esto por un, momento. 5Luego regresa a la tierra, sin confusión alguna acerca de quién es aquel a quien mi Padre ama eter­namente como Su Hijo.

6No soy un cuerpo. 7Soy libre.
8Pues aún soy tal como Dios me creó.



viernes, 7 de agosto de 2015

7 AGOSTO: SEXTO REPASO. Repaso de la lección 199

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS

LECCIÓN 219


No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (199) No soy un cuerpo. 2Soy libre.

3Soy el Hijo de Dios. 4Aquiétate mente mía, y piensa en esto por un, momento. 5Luego regresa a la tierra, sin confusión alguna acerca de quién es aquel a quien mi Padre ama eter­namente como Su Hijo.

6No soy un cuerpo. 7Soy libre.
8Pues aún soy tal como Dios me creó.




TEXTO



Capítulo 19

LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ




I. La curación y la fe



1. Dijimos anteriormente que cuando una situación se ha dedi­cado completamente a la verdad, la paz es inevitable. 2La consecución de ésta es el criterio por medio del cual se puede determinar con seguridad si dicha dedicación fue total. 3Mas dijimos también que es imposible alcanzar la paz sin tener fe, pues lo que se le entrega a la verdad para que ésta sea su único objetivo, se lleva a la verdad mediante la fe. 4Esta fe abarca a todo aquel que esté invo­lucrado en la situación, pues sólo de esta manera se percibe la situación como significativa y como un todo. 5Y todo el mundo tiene que estar involucrado, pues, de lo contrario, ello implicaría que tu fe es limitada y que tu dedicación no es total.

2. Toda situación que se perciba correctamente se convierte en una oportunidad para sanar al Hijo de Dios. 2Y éste se cura porque tú tuviste fe en él, al entregárselo al Espíritu Santo y liberarlo de cualquier exigencia que tu ego hubiese querido imponerle. 3Ves, por consiguiente, que es libre, y el Espíritu Santo comparte esa visión contigo. 4Y puesto que la comparte, la ha dado, y así, Él cura a través de ti. 5Unirse a Él en un propósito unificado es lo que hace que ese propósito sea real, porque tú lo completas. 6Y esto es curación. 7El cuerpo se cura porque viniste sin él y te uniste a la Mente en la que reside toda curación.

3. El cuerpo no puede curarse porque no puede causarse enfer­medades a sí mismo. 2No tiene necesidad de que se le cure. 3El que goce de buena salud o esté enfermo depende enteramente de la forma en que la mente lo percibe y del propósito para el que quiera usarlo. 4Es obvio que un segmento de la mente puede verse a sí mismo separado del Propósito Universal. 5Cuando esto ocurre, el cuerpo se convierte en su arma, que usa contra ese Propósito para demostrar el "hecho" de que la separación ha tenido lugar. 6De este modo, el cuerpo se convierte en el instru­mento de lo ilusorio, actuando en conformidad con ello: viendo lo que no está ahí, oyendo lo que la verdad nunca dijo y compor­tándose de forma demente, al estar aprisionado por la demencia. 

4. No pases por alto nuestra afirmación anterior de que la falta de fe conduce directamente a las ilusiones. 2Pues percibir a un hermano como si fuese un cuerpo es falta de fe, y el cuerpo no puede ser usado para alcanzar la unión. 3Si ves a tu hermano como un cuerpo, habrás dado lugar a una condición en la que unirse a él es imposible. 4Tu falta de fe en él te ha separado de él y ha impedido vuestra curación. 5De este modo, tu falta de fe se ha opuesto al propósito del Espíritu Santo y ha dado lugar a que se interpongan entre vosotros ilusiones centradas en el cuerpo. 6Y el cuerpo parecerá estar enfermo, pues lo habrás convertido en un "enemigo" de la curación y en lo opuesto a la verdad.

5. No puede ser difícil darse cuenta de que la fe tiene que ser lo opuesto a la falta de fe. 2Mas la diferencia en cómo ambas operan no es tan obvia, aunque se deriva directamente de la diferencia fundamental que existe entre ellas. 3La falta de fe siempre limita y ataca; la fe desvanece toda limitación y brinda plenitud. 4La falta de fe siempre destruye y separa; la fe siempre une y sana. 5La falta de fe interpone ilusiones entre el Hijo de Dios y su Crea­dor; la fe elimina todos los obstáculos que parecen interponerse entre ellos. 6La falta de fe está totalmente dedicada a las ilusiones; la fe, totalmente a la verdad. 7Una dedicación parcial es imposi­ble. 8La verdad es la ausencia de ilusiones, las ilusiones, la ausen­cia de la verdad. 9Ambas no pueden coexistir ni percibirse en el mismo lugar. 10Dedicarte a ambas es establecer un objetivo por siempre inalcanzable, pues parte de él se intenta alcanzar a través del cuerpo, al que se considera el medio por el que se procura encontrar la realidad mediante el ataque. 11La otra parte quiere sanar y, por lo tanto, apela a la mente y no al cuerpo.

6. La transigencia que inevitablemente se hace es creer que el cuerpo, y no la mente, es el que tiene que ser curado. 2Pues este objetivo dividido ha otorgado la misma realidad a ambos, lo cual sería posible sólo si la mente estuviese limitada al cuerpo y divi­dida en pequeñas partes que aparentan ser íntegras, pero que no están conectadas entre sí. 3Esto no le hará daño al cuerpo, pero mantendrá intacto en la mente el sistema de pensamiento ilusorio. 4La mente, pues, es la que tiene necesidad de curación. 5Y en ella es donde se encuentra. 6Pues Dios no concedió la curación como algo aparte de la enfermedad, ni estableció el remedio donde la enfermedad no puede estar. 7La enfermedad y el remedio se encuentran en el mismo lugar, y cuando se ven uno al lado del otro, reconoces que todo intento de mantener a la verdad y a la ilusión en la mente, donde ambas necesariamente están, es estar dedicado a las ilusiones. aMas cuando éstas se llevan ante la ver­dad y se ve que desde cualquier punto de vista son completa­mente irreconciliables con ella, se abandonan.

jueves, 7 de agosto de 2014

7 AGOSTO: SEXTO REPASO. Repaso de la leccion 199

AUDIOLIBRO

EJERCICIOS

No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

1. (199) No soy un cuerpo. 2Soy libre.
3Soy el Hijo de Dios. 4Aquiétate mente mía, y piensa en esto por un, momento. 5Luego regresa a la tierra, sin confusión alguna acerca de quién es aquel a quien mi Padre ama eter­namente como Su Hijo.
6No soy un cuerpo. 7Soy libre.
8Pues aún soy tal como Dios me creó.




TEXTO



Capítulo 19

LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ



I. La curación y la fe



1. Dijimos anteriormente que cuando una situación se ha dedi­cado completamente a la verdad, la paz es inevitable. 2La consecución de ésta es el criterio por medio del cual se puede determinar con seguridad si dicha dedicación fue total. 3Mas dijimos también que es imposible alcanzar la paz sin tener fe, pues lo que se le entrega a la verdad para que ésta sea su único objetivo, se lleva a la verdad mediante la fe. 4Esta fe abarca a todo aquel que esté invo­lucrado en la situación, pues sólo de esta manera se percibe la situación como significativa y como un todo. 5Y todo el mundo tiene que estar involucrado, pues, de lo contrario, ello implicaría que tu fe es limitada y que tu dedicación no es total.

2. Toda situación que se perciba correctamente se convierte en una oportunidad para sanar al Hijo de Dios. 2Y éste se cura porque tú tuviste fe en él, al entregárselo al Espíritu Santo y liberarlo de cualquier exigencia que tu ego hubiese querido imponerle. 3Ves, por consiguiente, que es libre, y el Espíritu Santo comparte esa visión contigo. 4Y puesto que la comparte, la ha dado, y así, Él cura a través de ti. 5Unirse a Él en un propósito unificado es lo que hace que ese propósito sea real, porque tú lo completas. 6Y esto es curación. 7El cuerpo se cura porque viniste sin él y te uniste a la Mente en la que reside toda curación.

3. El cuerpo no puede curarse porque no puede causarse enfer­medades a sí mismo. 2No tiene necesidad de que se le cure. 3El que goce de buena salud o esté enfermo depende enteramente de la forma en que la mente lo percibe y del propósito para el que quiera usarlo. 4Es obvio que un segmento de la mente puede verse a sí mismo separado del Propósito Universal. 5Cuando esto ocurre, el cuerpo se convierte en su arma, que usa contra ese Propósito para demostrar el "hecho" de que la separación ha tenido lugar. 6De este modo, el cuerpo se convierte en el instru­mento de lo ilusorio, actuando en conformidad con ello: viendo lo que no está ahí, oyendo lo que la verdad nunca dijo y compor­tándose de forma demente, al estar aprisionado por la demencia. 

4. No pases por alto nuestra afirmación anterior de que la falta de fe conduce directamente a las ilusiones. 2Pues percibir a un hermano como si fuese un cuerpo es falta de fe, y el cuerpo no puede ser usado para alcanzar la unión. 3Si ves a tu hermano como un cuerpo, habrás dado lugar a una condición en la que unirse a él es imposible. 4Tu falta de fe en él te ha separado de él y ha impedido vuestra curación. 5De este modo, tu falta de fe se ha opuesto al propósito del Espíritu Santo y ha dado lugar a que se interpongan entre vosotros ilusiones centradas en el cuerpo. 6Y el cuerpo parecerá estar enfermo, pues lo habrás convertido en un "enemigo" de la curación y en lo opuesto a la verdad.

5. No puede ser difícil darse cuenta de que la fe tiene que ser lo opuesto a la falta de fe. 2Mas la diferencia en cómo ambas operan no es tan obvia, aunque se deriva directamente de la diferencia fundamental que existe entre ellas. 3La falta de fe siempre limita y ataca; la fe desvanece toda limitación y brinda plenitud. 4La falta de fe siempre destruye y separa; la fe siempre une y sana. 5La falta de fe interpone ilusiones entre el Hijo de Dios y su Crea­dor; la fe elimina todos los obstáculos que parecen interponerse entre ellos. 6La falta de fe está totalmente dedicada a las ilusiones; la fe, totalmente a la verdad. 7Una dedicación parcial es imposi­ble. 8La verdad es la ausencia de ilusiones, las ilusiones, la ausen­cia de la verdad. 9Ambas no pueden coexistir ni percibirse en el mismo lugar. 10Dedicarte a ambas es establecer un objetivo por siempre inalcanzable, pues parte de él se intenta alcanzar a través del cuerpo, al que se considera el medio por el que se procura encontrar la realidad mediante el ataque. 11La otra parte quiere sanar y, por lo tanto, apela a la mente y no al cuerpo.

6. La transigencia que inevitablemente se hace es creer que el cuerpo, y no la mente, es el que tiene que ser curado. 2Pues este objetivo dividido ha otorgado la misma realidad a ambos, lo cual sería posible sólo si la mente estuviese limitada al cuerpo y divi­dida en pequeñas partes que aparentan ser íntegras, pero que no están conectadas entre sí. 3Esto no le hará daño al cuerpo, pero mantendrá intacto en la mente el sistema de pensamiento ilusorio. 4La mente, pues, es la que tiene necesidad de curación. 5Y en ella es donde se encuentra. 6Pues Dios no concedió la curación como algo aparte de la enfermedad, ni estableció el remedio donde la enfermedad no puede estar. 7La enfermedad y el remedio se encuentran en el mismo lugar, y cuando se ven uno al lado del otro, reconoces que todo intento de mantener a la verdad y a la ilusión en la mente, donde ambas necesariamente están, es estar dedicado a las ilusiones. aMas cuando éstas se llevan ante la ver­dad y se ve que desde cualquier punto de vista son completa­mente irreconciliables con ella, se abandonan.